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domingo, 13 de febrero de 2011

El crimen de la calle Bordadores

Ayer, gracias al magnífico programa de José Luis Garci en Telemadrid, Cine en blanco y negro, tuve la suerte de ver El crimen de la calle Bordadores una película de Edgar Neville de la que ni siquiera había oído hablar. Quede bastante deslumbrado por lo que me pareció ver, aunque eso que yo ví no fue lo mismo que, según sus opiniones, habían visto los contertulios del programa de Garci, ni lo que otros críticos, según puede comprobar en una inspección somera, habían visto en la película. A mi me pareció, con toda claridad, una película sobre algunos de los defectos españoles, irónica, suave, como es de esperar en Neville, pero suficientemente explícita al respecto. Para empezar se trata de una película que se refiere, con modificaciones bastante siginificativas, a un caso real que apasionó a la opinión pública española, al crimen de la calle Fuencarral que interesó mucho, por ejemplo, a Pérez Galdós.
Lo primero que Neville censura, tal como yo lo ví, es la tradición de chismorreo; a continuación muestra como sobre base tan endeble se edifica un fanatismo popular que da en divisiones y enfrentamientos que merecerían fundamentos más sólidos, si es que pudieran consentirse en algún caso. Luego muestra la forma en que la prensa habla de estas cosas, sin distinguirse ni un ápice de las pasiones del populacho al que se dirige y del que quiere vivir. Para acabar, la Justicia misma es presa de esa clase de debilidades: no se toma en serio ninguna clase de prueba, carece de cualquier rigor y parece únicamente empeñada en mantener su poder por encima de cualquier causa; de pasada, vemos a policías cobardes y rutinarios, a personajes endebles pero ávidos de protagonismo, y un diverso bestiario de españoles más ridículos que estimables. El tono crítico de Neville es absolutamente evidente en algunas escenas, como la que muestra la rijosidad de los jueces y otros servidores de la judicatura al escuchar el relato de las intimidades de la bella sospechosa.
De una manera muy orteguiana, en esta historia solo se salva un personaje que representa al pueblo anónimo, al desclasado digno y valiente, el personaje de Lola, la billetera, porque quien acaba tomando el protagonismo de la parte final de la película, la criada de la víctima, es vista desde una cierta ambigüedad, de modo que el espectador no llega a saber si ha sido realmente criminal, y, de ser así, ¿con qué motivo? o si, de forma tal vez más verosimil, se convierte en inculpada, simplemente para evitar que las sospechas recaigan sobre Lola en la que cree haber descubierto a la hija que hubo de abandonar y por la que está dispuesta a inmolarse.
Me parece que es frecuente no ver la carga crítica de esta película oculta tras una apariencia de folletón costumbrista. Eso suele pasar con lo más obvio, sobre todo porque tenemos una tendencia a juzgar de las cosas conforme a una plantilla, y esa plantilla, como lo hace ver Neville, es extraordinariamente benévola con nuestros defectos, lo que se convierte en uno de los más graves, en una invitación a imitar, a repetir, a no pensar y a hacer pasar eso por virtud casticista o por alguna otra lindeza. La autocomplacencia sí que puede ser con gran facilidad el refugio más seguro de los auténticos bribones.

No se priven de un servicio de filosofía a la medida 

3 comentarios:

David dijo...

Hola José Luis,

Has despertado el interés, tanto en mí como mi madre (que también te lee), en esta película. Espero que tengamos oportunidad de verla en la segunda sesión del programa de Garci que ofrece La Otra los jueves en horario algo más practicable.

Escribo lo siguiente más por querer tenerlo más localizable para referencia futura que por buscarte las cosquillas ahora. Escribes:

"tenemos una tendencia a juzgar de las cosas conforme a una plantilla, y esa plantilla, como lo hace ver Neville, es extraordinariamente benévola con nuestros defectos, lo que se convierte en uno de los más graves, en una invitación a imitar, a repetir, a no pensar".

Eso puede aplicarse perfectamente a la autocomplacencia de una sociedad que usa sin escrúpulos a otros animales. Es el caso más clamoroso, de hecho, y quizá por ello el más invisible.

Un abrazo,
David

David dijo...

Estoy de acuerdo con todas y cada una de las cosas que apuntas, José Luis. Sólo quiero destacar la asimetría que hay en el tema polémico de la consideración de los animales (tanto en el sentido ontológico como en el moral): la gran mayoría de las personas tiene una concepción de los animales muy influida por nuestra herencia cultural, que también impone una visión de cómo son y deben ser nuestras relaciones con ellos que en general se acepta meramente por inercia. Quienes no encajamos en ese esquema de pensamiento, quienes questionamos la ortodoxia, por lo general hemos reflexionado más sobre los temas en cuestión, y de manera mucho más crítica hacia nuestros propios planteamientos (pues el hecho mismo de no coincidir con la ortodoxia lleva, si se tiene honestidad intelectual, a la revisión constante de las ideas y de su contraste con esa ortodoxia), que la mayoría de quienes aceptan la ortodoxia. La tensión que genera esa discrepancia motiva una reflexión más intensa, o tal vez más insistente (lo cual, como sugieres, lleva al peligro de caer en otras plantillas); y lo normal es que los "no-ortodoxos" hayan considerado las razones de los pocos representantes de la ortodoxia que se molestan en darlas (y en pensarlas) más detenidamente que viceversa. Por ello la ortodoxia haría bien en tener más en cuenta a quienes se salen de ella, por si estuvieran viendo algo que a los demás les está pasando desapercibido. Y quienes estamos fuera debemos intentar agitar a quienes están dentro, para que despierten, aunque sólo sea para que nos miren y nos tomen en serio. Aunque, naturalmente, ello no basta por sí solo como argumento.

José Luis González Quirós dijo...

Para David: en el caso que comentas, como en tantos otros sobre los que hay disputa, es posible que haya plantillas, aunque en ambos lados. Sin embargo, la fuerza retórica que pueda tener la acusación de recurrir al uso de una plantilla se piede un tanto en temas polémicos que se supone han sido estudiados por las partes, aunque no siempre sea el caso. Lo que insinuas es, de todos modos, correcto en el fondo, es decir que hay resistencia a reconsiderar los puntos de vista muy arraigados, pero esa argumentación no basta para sospechar de ellos si existen otras razones que puedan ser consideradas como buenas. Un abrazo,