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miércoles, 2 de febrero de 2011

El disparate como sistema

Los inicios de la democracia en España supusieron un gigantesco intento de normalización que fue seguido con cierto interés en todo el mundo. No solo se trataba de hacer que fuese normal en la política lo que era normal en la calle, según la fórmula que empleó en su momento Adolfo Suárez, sino de hacer que en España dejase de existir un régimen extravagante y comenzásemos a tener un sistema político suficientemente semejante al de las democracias. El objetivo se logró con éxito, y con sacrificio, hasta el punto de que España pasó a convertirse en un país admirado, incluso imitado, y comenzó a suceder que la marca España pudo surcar los mares de la economía internacional con alguna soltura.
Todo eso parece haber terminado de manera más o menos abrupta, y nos encontramos ahora con que el Gobierno tiene que aplicar políticas enteramente contrarias a sus objetivos políticos y a sus programas, con que el país está, en cierta manera, intervenido, porque resulta que nuestro peso económico es ya demasiado elevado como para que se nos pueda dejar caer sin que ocurra una catástrofe que conmueva hasta a los chinos. En cierto modo, hemos tenido suerte, pero no se puede evitar el sonrojo que produce haber llegado hasta esta situación. Es posible que una gran mayoría de ciudadanos no hayan percibido con toda nitidez lo que aquí ha ocurrido, pero es seguro que nuestros técnicos y hombres de empresa, los españoles que han aprendido a luchar en un mercado mundial, están perfectamente al cabo de la calle de esta merma general en la consideración que se nos tiene.
¿Sabremos sacar la lección correspondiente? La política española no ha conseguido una democratización plena, se ha quedado, en muchos aspectos, a medio camino, en una especie de engendro partitocrático, en un sistema en el que las responsabilidades políticas por los errores cometidos no se exigen jamás, basta con volver a ganar y aquí no ha pasado nada, y en el que las responsabilidades judiciales son completamente impensables. Nuestros líderes están más allá del bien y del mal, están a resguardo de cualquier implicación. Todo esto sucede porque los electores desean seguir creyendo a pies juntillas en que los políticos hacen lo que dicen, en lugar de admitir la evidencia de que son extraordinariamente hábiles para ocultarnos lo que hacen. Hay personajes que han obtenido un patrimonio del que no pueden dar cuenta razonable, pero el aparato del estado les protege de lo que supuestamente puede reducirse a meras insinuaciones malévolas mucho más allá de lo que resulta permisible. La Fiscalía ha dado unos ejemplos de parcialidad realmente sobrecogedores, y su pericia para no mirar a donde no conviene es realmente legendaria.
Deberíamos caer en la cuenta de que el altísimo nivel de la indecencia personal que resulta tolerable entre nosotros es consecuencia directa de la irresponsabilidad política, del hecho de que no exijamos cuentas directas a los líderes, de que el electorado acoja de manera indiferente los aciertos y las fechorías porque se limita a juzgar del asunto por razones de índole ideológica, en función de si el afectado es de los nuestros o de los contrarios; y no solo el electorado, sino la mayoría de la prensa que se mueve también con gran soltura e irresponsabilidad en este régimen satelital.
Esta es la causa última de que en España no se castigue el disparate, la administración ineficiente, ni, por supuesto, la corrupción; basta que se disfrace ideológicamente para que todo el mundo tolere o incluso aplauda las mayores tropelías. De repente, por ejemplo, el gobierno descubre que las Cajas son un problema y está dispuesto a proponer una solución distinta cada cuatro semanas sin que pase gran cosa. El problema bastante similar que existió con parte de la banca estadounidense se arregló en apenas seis meses y hay bancos que ya están devolviendo sus préstamos al fisco y dando de nuevo beneficios. Aquí llevamos tres años mareando la perdiz y, por si fuera poco, damos al respetable personal de las Cajas y a sus clientes unos cuantos meses, a ver si se produce un pánico o no pasa nada, que será, imagino, lo que el gobierno espera. Pongo este ejemplo porque es el más reciente, pero se podrían espigar decenas de ellos y, por supuesto, de todos los colores. Mi disparate preferido es el de la alta velocidad, un sistema que cubre capitales tan importantes como Cuenca o Guadalajara, cuando hay ciudades modestas como Berlín o New York que todavía no disponen de él, y que apenas da para pagar los gastos de explotación: ¿será por dinero? Es posible que gracias a Merkel se acaben estas alegrías, pero lo interesante sería que el electorado aprendiese a no premiar el disparate. El día que empecemos a poner en cuarentena las palabras infladas y los despistes intencionados de quienes no quieren que nos enteremos de lo que hacen, habremos empezado a construir realmente una democracia que pueda volver a ser respetable.

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