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jueves, 31 de marzo de 2011

Rubalcaba y el olvido

La larga carrera política de Rubalcaba parecía haber llegado a su culmen al convertirse en el sol naciente, no por tardío poco brillante,  en el declinar del zapaterismo. Pero una súbita inestabilidad, propiciada por la emergencia de una memoria que parecía amortizada por el ritmo trepidante de los tiempos, le coloca ahora a un paso de la extenuación, a punto de caer muerto ante la inminencia de lo inalcanzable de la meta. La revelación del contenido de las Actas de ETA no solo muestra de manera cegadora todo lo que el PSOE es capaz de arrojar por la borda cuando su navío se ve en un aprieto, sino que dibuja un Rubalcaba dispuesto a cargar con cualquier herencia con tal de seguir en esa carrera que ahora le lleva al abismo.  
El recuerdo de lo que hizo lo convierte en un guiñapo, en la caricatura de un líder. No hay que olvidar sus palabras. “ETA será criminal, pero nunca mentirosa”. Ahora no sabe qué decir ante la revelación de sus andanzas en una negociación necia y abocada a fracasar. Es posible que intente balbucir algo  parecido a “los españoles se merecen una ETA que no les mienta”, pero una muestra de su ingenio a destiempo podría ser la gota que colmare el vaso de la condena inapelable. No le valdrá, tampoco, refugiarse en el silencio porque los españoles saben bien que los políticos lenguaraces son tanto más elocuentes cuando nos dicen que nada tienen que decir.
Sobre su destino político se ha vertido un producto altamente tóxico, una verdad tan verosímil como inconveniente, que muestra su falta de escrúpulos, su posibilismo  rayano en la absoluta amoralidad. Con esa carga ha de afrontar, además, los falsos enigmas que rodean al caso Faisán, un asunto que también heredó pero en el que no quiso poner ni un gramo de decencia, confiando, como siempre, en la benevolencia de los fiscales, en la lentitud de la justicia, en el apoyo inequívoco y persistente de la prensa adicta, en la infinita credulidad de sus adictos. Nada bastará, porque lo que finalmente se evidencia es que los socialistas, con Zapatero a la cabeza y con Rubalcaba de especialista en simulaciones, estuvieron dispuestos a lo que fuere con tal de conseguir la apariencia de una rendición de la banda, la fotografía de un final feliz para el desdichadamente llamado proceso de paz. No les importó nada, Navarra tampoco, porque estimaban que el botín a conseguir merecía cualquier clase de dispendios, pero los errores acaban pasando siempre una factura tanto más dolorosa cuanto más a destiempo aparece al cobro.
Rubalcaba es un alquimista de la información, un hombre, sin duda habilidoso, capaz de disimular y de desinformar con la mejor de sus sonrisas, con una sinceridad tan apabullante como falsa. Ha jugado con fuego al imputar a sus adversarios conductas mentirosas porque ha hecho recaer sobre él una demanda especial de credibilidad y cuando, como ahora sucede, se le viene abajo todo el tenderete de sus artimañas, su auténtica condición aparece de manera especialmente obscena y sus mentiras se convierten en insoportables. Por si fuese poca carga tener que soportar las recomendaciones de Botín, ha caído sobre el PSOE la evidencia de lo que tan persistentemente negaron: su arreglo con ETA, su necia convicción de que podrían convertir a criminales avezados en sumisos concejales de izquierda dispuestos a apoyarles en cualquier tripartito. Ha caído sobre Rubalcaba todo el artificio de una legislatura lamentable, y pronto deseará que todo se disuelva en el olvido, pero ya es tarde también para esa salida piadosa. 
[Editorial de La Gaceta]

miércoles, 30 de marzo de 2011

Lo que Botín no dice

Con gran aparato, digno de su significado, se ha reunido el todavía presidente Zapatero con los cuarenta grandes empresarios del país, designados por Moncloa, en un acto que, a los que peinamos canas,  nos recuerda, inevitablemente, los saraos del franquismo y, muy en especial, a esos cuarenta de Ayete que el dictador designaba directamente durante su veraneo en San Sebastián, para que defendiesen con denuedo los intereses generales de los españoles, es decir, lo mismo que habrá hecho cualquiera de estos cuarenta que se haya  atrevido a alzar su desinteresada voz ante un cónclave tan selecto.
Según la prensa, el señor Botín, presidente del Banco de Santander, le sugirió al señor presidente del gobierno que se dejase de embelecos sucesorios, que agotase la legislatura y que siguiese el calendario de reformas. Es difícil que un hombre tan importante como es el banquero cántabro se vaya a meter en berenjenales sin tener muy claro lo que está en juego. Lo que ya no está tan claro, es que los españoles alcancen a comprender con nitidez lo que significa esta clase de aquelarres, un síntoma más, y particularmente elocuente, de que en nuestra Monarquía constitucional la democracia está muy embarrancada.
¿Se pueden sentir los españoles representados por el señor Botín o por cualquiera de los muy ilustres capitanes que compartieron la mesa de reuniones con Zapatero, Rubalcaba y Salgado? No parece. ¿Es razonable pensar que lo que allí se sugiera al presidente suponga un beneficio general, especialmente si estuviere en abierta contradicción con los complejos intereses allí arracimados? Tampoco es razonable suponerlo.
¿Qué imagen trasmite una reunión de ese porte? Muy sencillamente, la de que en España todo se cuece al margen del Parlamento, y ello, sobre todo, porque lo que, según este gobierno tan singular, está en juego, es el marco de estabilidad de las grandes empresas, y, muy en especial de la Banca, que hay que mantener a todo trance, y ello aunque se masacre a los pensionistas, se rebaje el sueldo a los funcionarios, se suban los impuestos de manera inmisericorde y se aumenten sin contemplación alguna los gastos y tarifas con que se benefician ese selecto grupo de empresarios, la luz, los teléfonos, el gas, los negocios de los constructores, o los márgenes bancarios.
Técnicamente, esa reunión es la viva imagen de la plutocracia que gobierna España, mejor dicho de cómo esa plutocracia está dispuesta a lo que sea, incluso a mantener a un gobierno notoriamente incompetente, con tal de que se le asegure la obtención de las ventajas que necesitan para mantener en píe negocios no siempre bien gestionados pero admirablemente cobijados bajo el paraguas protector del poder político, en especial cuando, como es el caso, ese poder tiene bien sujeto al movimiento sindical.
Esa es la realidad que explica que en España se aplique sistemáticamente la más desconsiderada ley del embudo para defender los intereses de las grandes empresas, mientras se aplican políticas financieras y fiscales muy lesivas para las medianas y pequeñas, para los autónomos y para toda clase de personas dependientes de un empleo. Que un Banco, por poner un ejemplo del día, pueda indemnizar a un directivo por supuesto despido con millones de euros, y que ese mismo directivo llegue a otro Banco para reducir de manera brutal su plantilla, sin ninguna clase de indemnizaciones, es algo inconcebible en una sociedad mínimamente acostumbrada a aplicar las leyes de manera equitativa, pero aquí todo es harina para los grandes y poderosos, y todo es mohína para los más indefensos. Este es el calendario de reformas que, con toda razón, defiende Botín, porque sabe muy bien lo que  le interesa a su Banco, una institución que puede ganar miles de millones mientras España se arruina, o lo que interesa a Telefónica, o casi a cualquiera de esos cuarenta principales.
Lo que no dijo Botín, porque no le interesaba, es que esa reunión fue un acto obsceno de ostentación de poder y de desprecio a las instituciones, pero fue obsceno no tanto por los empresarios, de los que hay poco que esperar, sino por los políticos que parecían presidir el pretencioso evento, naturalmente sin prensa ni taquígrafos. Es un auténtico misterio que haya quienes piensen que se puede seguir votando a tales sujetos sin tener un interés personal a cambio; solo se comprende, a medias, si se hacen ejercicios de política comparada, pero ni con esas, la verdad.
El lema político de esa reunión bien podría haber sido algo así como “a Dios rogando y con el mazo dando”, el señor Zapatero ofreciéndose como gestor de los intereses de los grandes de España, no confundir con los grandes intereses de España, y dispuesto a seguir atizando estopa a los que no se enteran, a los que no irán nunca a esos salones, a la carne de cañón que quiere seguir creyendo que sólo un tipo tan versátil como Zapatero les puede defender de la codicia de los poderosos.

martes, 29 de marzo de 2011

Una imagen de la guerra civil

Encontrarás dragones  es una película de Roland Joffe que afronta dos temas que en España resultan habitualmente polémicos; en primer lugar, es una especie de biografía de la primera juventud de San Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei, pero, aunque sea como mero recurso, la película aborda también nuestra guerra civil. El elemento de unión entre ambos temas es la historia, entiendo que enteramente inventada, de un amigo de la infancia del santo. Desde el punto de vista artístico la película es irregular y, aunque muchas de sus imagenes son impactantes, me parece que las tres historias no están del todo bien articuladas, lo que afecta especialmente al ritmo narrativo, un poco confuso y reiterativo, en ocasiones, aunque Joffe logre llevarlas a un final bastante emotivo. Es decir que la película resulta, para los amantes del cine, un tanto decepcionante, precisamente porque de Joffe se puede esperar lo mejor y creo que, en esta ocasión, el tema le ha podido y no ha sido capaz de alcanzar la altura que tanto él como los temas merecían.
Sobre la imagen que se da de San Josemaría creo que no hay mucho que objetar, responde fielmente a la imagen que de él puedan hacerse los miles de seguidores que tiene en todo el mundo y entiendo que, para la época retratada, debe acercarse bastante a lo que realmente fue su vida en esos momentos. De hecho, alguno de los productores de la película son del Opus Dei, de manera que  es razonable que hayan buscado y conseguido ese objetivo. 
Me interesa resaltar, lo que es un tema distinto, si bien no del todo, la forma como se trata la guerra civil. De las imágenes de Joffe se puede deducir un tratamiento de la guerra excesivamente ad usum delphini, muy edulcorado al gusto que hoy en día resulta más habitual: una guerra terrible sin buenos ni malos, pero con la peculiaridad, muy al gusto del espectador internacional, imagino, de que los rojos son tratados de una forma bastante idealizada, mientras que buena parte de los nacionales se tratan más de acuerdo con la  imagen que se ha hecho de ellos, que no corresponde de ningún modo con la imagen que ellos se hacían de sí mismos, ni tampoco, lógicamente, con la imagen que desearían ver sus numerosos partidarios. Tengo varios amigos que me han hecho llegar esta observación en forma de queja amarga sobre el papel que la película asigna a los nacionales, militarotes fríos y con un punto de crueldad, frente al romanticismo idealista y fraternal de los revolucionarios, y, aunque he tratado de consolarles, explicando que no se trata de otra cosa que de dar una imagen convencional sobre la guerra española, es esta clase de explicaciones lo que les pone más nerviosos. Según ellos, los productores deberían haber sido un poco menos neutrales al tratar de la guerra. Me parece que se trata de una objeción atinada, aunque la discusión de fondo que habría que llevar a cabo para enjuiciar debidamente un tema tan espinoso, excede a mis fuerzas y a las circunstancias de este texto, pero quiero dejar apuntada la queja, aún sin compartirla por completo, puesto que creo que el objetivo de la película puede autorizar ese tipo de ligerezas, pero me parece de justicia recordar que, de la misma manera que hubo evidentes excesos en los vencedores militares de la guerra, andando el tiempo, tal vez hayamos llegado a dar por buena una visión excesivamente angelical de aquel conflicto lo que, aunque tenga evidentes ventajas políticas, puesto que no creo que haya que incitar a los españoles a repetir ninguna cruzada, puede llevar a cometer ciertos excesos de supuesto equilibrio que me parece de justicia reseñar. 

lunes, 28 de marzo de 2011

Sortu, Bildu y la ley

Sin negar la habilidad de los abogados de ETA para tratar de obviar los más que razonables obstáculos que la legislación opone a la legalización de los amigos políticos de la banda, parece evidente que el camino directo, la mera legalización por los tribunales ha de ser descontado, incluso en la versión venidera del Tribunal Constitucional. Sería, desde luego, bastante escandaloso que la notoria continuidad de Sortu con organizaciones que han merecido su ilegalización, tras procesos sometidos a todas las garantías imaginables, y a las que incluso han considerado como terroristas diversos organismos internacionales, no fuese suficiente motivo para cerrar el paso a ese nuevo disfraz de los mismos enemigos de la democracia que siempre han pretendido la justificación, el enaltecimiento y la colaboración de los crímenes de ETA, del terrorismo puro y duro.

Parece altamente probable que, sin embargo, los de Sortu encuentren una salida lateral para alcanzar sus propósitos, mediante la colaboración de un partido legal como lo es EA. Si esto llegase a suceder,  se haría evidente que el Estado democrático ha defendido los intereses de la paz, de la democracia y de la libertad con decisión, pero con escasa pericia. No vale conformarse con el argumento de que “hecha la ley hecha la trampa”, un dicho que muestra lo muy acostumbrados que estamos al uso torticero de la justicia; habría que reconocer que la legislación no estuvo hecha con el suficiente rigor. Como es obvio, además de este presunto fallo en las previsiones jurídicas en defensa de la decencia política, de la paz ciudadana, y del orden constitucional, lo que está ocurriendo aquí es que diversos partidos pretenden sacar provecho de la situación que Sortu está forzando.

El PSOE juega a aparecer formalmente enfrentado a los designios de los terroristas y de sus amigos, pero sería ingenuo ignorar que está manejando este asunto con un tacticismo evidente y que, como es su costumbre, no pierde de vista en ningún momento sus conveniencias electorales que admiten diversas especies de acomodación a las circunstancias del caso. Es evidente que unos están defendiendo lo que les conviene con vistas al electorado general, y otros están diciendo lo que les parece más oportuno con vistas a las elecciones inmediatas en Euskadi y, como todo el mundo puede comprobar, el concierto es disonante. 

Por otra parte, el juez Martín Pallín, en uno de sus ratos libres en la cruzada que le ocupa en defensa de Garzón y tratando de tildar de fascistas a sus compañeros del Tribunal Supremo, se ha manifestado partidario de olvidarse de lo que dice la ley para admitir a Sortu  en el juego democrático, dando a entender que, detrás de ellos, puede haber miles de votos. Se trata de una tesis que no sorprende en un magistrado capaz de confundir cuanto convenga a sus intereses, porque la cuestión esencial es si el grupo que lo promueve cumple con los requisitos mínimos exigibles para formar parte de una democracia que se respete, y no parece. La democracia ha sido muchas veces débil con el terror y no debería serlo una vez más. Es un problema de dignidad y de valor, cualidades que escasean más de lo que debieran.

domingo, 27 de marzo de 2011

Storytelling

El viernes pasado asistí, en el Seminario de investigación de la ECH, a una interesante presentación sobre storytelling a cargo de , Antonio Hernández Nieto, uno de sus antiguos alumnos, y miembro muy activo del Seminario. Antonio se apoyó en el libro de Christian Salmon del mismo título, y nos proporcionó un buen número de ejemplos prácticos y accesibles de esta nueva técnica de comunicación y de sus peligros, especialmente cuando se pone al servicio del poder, es decir, siempre, o casi siempre.
Detrás de la invención de este nuevo marbete hay un francés denunciando lo perversos que son los americanos, una tradición ya vieja. Salmon afirma que el storytelling es la clave de un “nuevo orden narrativo”, capaz de domesticar a la opinión pública y adueñarse de los individuos que, como todo el mundo sabe, solo deben seguir a los buenos maestros, franceses, por supuesto. Salmon muestra lo peligroso que es el asunto recogiendo unas revelaciones que, en un momento de debilidad, le hizo el malvado Bush a un periodista progre en el verano de 2002: “Usted cree que las soluciones emergen de su juicioso análisis de la realidad observable [...] El mundo ya no funciona realmente así. Ahora somos un imperio, y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y mientras usted estudia esta realidad, juiciosamente como desea, actuamos de nuevo y creamos otras realidades nuevas, que asimismo puede usted estudiar, y así son las cosas. Somos los actores de la historia”. Cosa grave, como se ve, incluso a primera vista.
No discuto la gravedad del caso, aun sin ser francés, pero no acabo de ver claro la novedad del enfoque. Creo que se trata de un cóctel en el que se mezclan sabores  ya añejos, especialmente de los gestaltistas, ciertos recuerdos de Mac Luhan y un bastante de la cosa de las metáforas de Lakoff y Johnson, especialmente a partir de las aplicaciones políticas de Lakoff que anduvo por aquí asesorando a Zapatero, y al que no sé si considerar un algo responsable de que Zapatero pretendiese que nos creyésemos que lo de la crisis era un invento de la derecha, pretensión que ha tenido el éxito que todos conocemos porque ganó en el 2008, aunque, la verdad, no sé si ha servido de mucho. Tampoco sé si Botín ha leído a Lakoff, o tiene a Salmon como asesor, porque es difícil inventarse historias más breves que las que se le ocurren al tío, como ese “Zapatero, siga usted” del último fin de semana. Y que conste que me parece que lo dice con la mejor de las intenciones, por supuesto.

sábado, 26 de marzo de 2011

Iniquidad, o granujas que andan sueltos

Una de las iniquidades más irritantes de nuestro sistema económico y legal es la que permite una rotunda desigualdad de trato dependiendo de en qué posición te encuentres en la escala laboral. A mi no me parecen muy defendibles las indemnizaciones por despido, y creo que el sistema de protección social debería estar articulado de otro modo, porque no entiendo que el emprendedor tenga que pagar un plus que le puede llevar a la ruina cuando se vea en la necesidad de cerrar su negocio, o de reducirlo de tamaño. Ahora bien, lo que me parece escandaloso, inadmisible, cínico y absolutamente intolerable, es que se apliquen, en este caso y en otros, pero centrémonos en éste,  reglas distintas a los directivos y a los simples trabajadores, esto es que se regateen las indemnizaciones de los trabajadores mientras se pagan jugosas  indemnizaciones a los chicos listos que mandan, simplemente para sentar precedente cuando les llegue el turno a los ejecutores momentáneos de esos ajustes millonarios.
Un caso reciente me parece literalmente inadmisible. Resulta que un tal Jaime Echegoyen, que  anunció el 22 de octubre del año pasado su salida voluntaria como consejero delegado de Bankinter, y que parece haber sido suficientemente habilidoso para cobrar una indemnización muy jugosa, es el mismo Jaime Echegoyen que está al frente de la división de Banca minorista de Barclays, sin haber respetado, por cierto, ninguna forma de cuarentena o incompatibilidad moral entre ambos empleos. Lo que es de una iniquidad realmente intolerable es que este personaje, que se ha llevado una indemnización bastante sustanciosa, oscuramente acordada entre amiguetes, y a expensas de los accionistas de Bankinter, esté tratando ahora mismo de poner en la calle a centenares de trabajadores de Barclays, que de ninguna manera pueden considerarse responsables de los malos pasos en los que se metió el Banco, sin ninguna clase de contemplaciones, y saltándose la praxis habitual de esa institución que había tenido hasta la fecha una imagen respetable. Iniquidad o ley del embudo, que toleramos a estos pajarracos financieros de los que lo único que consta con certeza es su infinita cara dura, su creencia de que el guante blanco habilita para cualquier clase de atropellos, como, desgraciadamente, suele suceder. Barclays, que es un banco que presume de principios,  debería tomar nota de que los códigos éticos no se deben aplicar solo a los débiles y a los tontos, y de que, cuando se hacen mal las cosas, no se debería acudir a personajes sin escrúpulos, sino tratar de rectificar sin tirar por la borda un patrimonio más valioso que unas pérdidas coyunturales, aunque la cultura financiera de España no sea la corriente en Inglaterra, ciertamente.

viernes, 25 de marzo de 2011

El laberinto libio

Metidos de hoz y coz en una acción bélica que se justifica con una serie de eufemismos de corto alcance, los españoles deberíamos caer en la cuenta de hasta qué punto vivimos ensimismados, ajenos al mundo, a nuestro patio trasero. Ocupamos la frontera sur de una Europa desunida y apenas podemos escribir cinco nombres de ciudades norteafricanas; nuestra opinión pública lo ignora todo sobre un continente que se acerca en pateras, y nuestra acción exterior, si es que existe, se dedica a que el presidente de turno pueda hacer entradas bajo palio.
Uno de los secretos de nuestra crisis económica, de las dificultades que vamos a tener para salir de ella, es que los españoles ignoramos el lugar que ocupamos en el mundo y nuestros gobiernos se dedican a hacer y decir memeces en relación con el exterior, la última, pero no la menor, la de la Alianza de las Civilizaciones que no sé si servirá para poner una pegatina pacifista en nuestros cazas.
No es fácil saber qué puede acabar pasando en un conflicto tan oscuro para nosotros como el libio, y otros que puedan seguirle; lo único seguro es que nosotros no sabemos qué estamos haciendo allí y que somos incapaces de imaginar, siquiera, que es lo que pudiera venirnos mejor. Se trata de una situación perfecta para ensayar ante ella toda clase de declamaciones, pero en algún momento llegarán las consecuencias y, me temo, nos dejarán tan sorprendidos como impotentes. Yo no creo que éste sea el sino de España, pero estoy seguro que es el destino que merece una nación que se abandona a gobiernos tan menudos, a políticas tan lelas. 
¿Quieren colarse en el Pentágono?

jueves, 24 de marzo de 2011

Japón

Los muertos y desaparecidos en Japón son decenas de miles, y en Occidente especulamos sobre el humo negro que sale de un reactor. Ha habido un tonto que ha hablado de Apocalipsis y varios memos más que han acusado al gobierno japonés de mentir. Me recuerda el dicho de un amigo: "a Noé le vas a hablar tu de diluvios": quién les habrá hecho creer que  podríamos considerar más fiables sus neuras y bellaquerías que a la ejemplar serenidad de unos japoneses arrasados pero decididos a hacer lo que hay que hacer, a aguantar, a sobreponerse a una naturaleza cruel, y a una opinión internacional absolutamente venal, y tan acostumbrada a la estupidez que ya no es ni siquiera capaz de distinguir lo que importa, lo que es admirable. No servirá de nada, pero quiero dejar un testimonio humilde, admirado, sincero y envidioso por la calma y el vigor de los japoneses, con su gobierno a la cabeza, por la solidaridad y la dignidad con la que han afrontado una desgracia a la que algunos quieren añadir un morbo necio y completamente innecesario.  
Sobre los límites del copyright

miércoles, 23 de marzo de 2011

El círculo vicioso


Hace ya muchos años, nada menos que en 1915, Ortega y Gasset se lamentaba, en un artículo en la revista España, recogido luego en sus Escritos políticos, de la creación de la Universidad de Murcia: “Que en esta hora, tan adecuada para una reforma hondísima de nuestra vida nacional, lo único que se haya creado sea una Universidad más, equivale a un golpe fatal que recibimos los ortodoxos del optimismo”. Ortega no tenía nada contra Murcia, pero no estaba conforme con que las fuerzas vivas de la región se hubiesen salido con la suya y creasen una universidad, básicamente, para mostrar su poderío. Pensaba entonces Ortega que mejor harían los españoles en arreglar las seis universidades existentes, alguna al menos, que en intentar crear una más que seguramente heredaría los defectos de las otras. Desde entonces ha llovido mucho y es posible que en la misma Murcia haya más de las seis universidades que en 1915 había en toda España. Seguramente la metástasis universitaria ha tenido algunos efectos positivos, pero lo esencial es comprender el motivo del disgusto del filósofo.

Desde entonces, las cosas no han hecho sino empeorar. Tenemos unas administraciones que gastan sin ton ni son, que no se paran en pequeñeces y desconocen, por completo, cualquier especie de austeridad. Unos y otros han llenado el paisaje español de autopistas con tráfico escaso, de polideportivos casi vacíos, de bibliotecas sin libros, o de parlamentos y un sinfín de instituciones del más variado tipo con funciones casi completamente inexplicables. Los únicos beneficiarios netos de todo ese proceso han sido los líderes del potente sector de la construcción y la obra civil, gente meritoria y valiosa, sin duda, aunque diste de estar claro por qué razones todo un país tiene que tirar la casa por la ventana para construir lo que no está claro que necesitemos. Presumimos de tener la red de alta velocidad más extensa del mundo, pero nadie nos dice que es la menos rentable, la más deficitaria, la más inverosímil.

Cuando vienen a España, son muchos los que se extrañan de que nos quejemos de la crisis, de tan relucientes que están una buena parte de nuestros signos externos; a cambio, como se sabe, nuestra deuda es sideral, nuestra competitividad da risa, nuestro democracia renquea asfixiada por las cúpulas de los partidos, los habitantes de las ciudades se hacinan como si dispusiésemos de menos espacio que los japoneses,  y el terreno escasea, y tiene unos precios de escándalo, aunque España esté medio vacía. Las autoridades hacen recaer sobre él su virtus prohibitiva, lo que produce una escasez artificial que ha sido, a fin de cuentas, una razón primordial de la espantosa indigestión económica que nos tiene al borde del desastre. Es asombroso que, a día de hoy, millones de españoles sigan sin comprender que la única razón por la que han de comprar su vivienda a precios absurdos, y pasar largos años de su vida pagando hipotecas muy onerosas, es el prohibicionismo del suelo, que multiplica por varios enteros su valor en el mercado y beneficia, sobre todo, al poder municipal al otorgarle un sistema de financiación irregular.

La creación de escasez en el suelo es una de las causas básicas del sobreprecio del terreno, de la especulación urbanística, del boom inmobiliario, de la corrupción política, y del escaso aprecio de los españoles por obtener dinero de manera más razonable y productiva. Recuerdo lo que me decía un amigo hace ya muchos años: no merece la pena trabajar si, al final, voy a ganar más dinero con la venta de un solar que con el esfuerzo de mi empresa durante treinta años.

El problema con el que ahora nos enfrentamos colectivamente es que hemos creado un sistema público de tamaño monstruoso, que se ha multiplicado por cinco desde los inicios de la democracia, y que nuestra economía real no produce lo suficiente como para alimentar a este monstruo, al ogro filantrópico del que habló Octavio Paz. Necesitamos una cura de austeridad, un régimen de descreimiento en los beneficios que podamos recibir de los gobiernos, que salen a un precio que, al final, es inasumible, y proceder a recortar en cuanto se pueda los poderes discrecionales de los políticos, su abundancia barroca. Necesitamos, en cierto modo, volver a empezar, pensar que la democracia no es el maná sino un procedimiento muy razonable para resolver nuestros conflictos, pero que jamás podrá funcionar correctamente si no hay una poliarquía, si los jueces no son capaces de juzgar conforme a una ley igual para todos, si las universidades no dejan de crecer para dedicarse a competir y mejorar, si los periódicos no dejan de cantar las excelencias de sus padrinos políticos y se dedican a informar honrada y valientemente. ¡Cuánto nos queda por hacer para salir de este infernal círculo vicioso! Quiero creer que si alguien nos hablase con valor y claridad,  podríamos romper ese dogal que nos impide crecer y respirar.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 22 de marzo de 2011

Un síntoma inequívoco

Que los sectores más radicales y más demagógicos de la izquierda, por ejemplo los intelectuales y artistas de la ceja, empiecen a estar contra Zapatero es un síntoma inequívoco de que le saben perdedor. Estas gentes tienen un instinto infalible y nunca muerden la mano que les da de comer, son perros viejos, heredan el instinto pedigüeño y zalamero, cuando conviene, de pícaros y cómicos de la legua, de viejos vividores. Si ahora salen de nuevo a la calle es porque saben que han de preparar el terreno para los que vienen, que no se crean éstos que lo suyo les va a salir de rositas. La derecha, que a veces parece tonta sin remedio, se dedica a afearles su conducta censurando que no salgan a la calle con el "no a la guerra" ante esta  hazaña bélica tan humanista, en opinión de los ministros que parecen haberse vuelto del PP, a ver si cae algo de tipo institucional en lo que venga. Pues ya lo ven, empiezan a salir los de la ceja, los artistas revolucionarios, los incondicionales. Olfatean el fin de un ciclo, y siguen mansamente las consignas memas de los de enfrente para que éstos no se olviden de que existen, y de que son capaces de enfrentarse hasta a un gobierno moribundo. 


Otra idea equivocada sobre la edición digital

lunes, 21 de marzo de 2011

Azores y los azares

Los aviones españoles se han paseado por el cielo de Libia y, como es propio de caballeros, no han hecho otra cosa que mostrar su estilizada estampa. Ahora una fragata y un submarino harán lo propio, en los mares, claro.
La guerra de Zapatero está dejando como un sainete realista a la guerra de Gila, lástima que los más jóvenes no la recuerden. Es lógico que pase con una guerra que, según nos dicen, no lo es, o lo es por casualidad, de manera azarosa, sin propósito de hacer daño ni de causar mal. Por eso hablo de azares en lugar de Azores. Tal vez en Azores no estuvimos bien, pero al menos se sabía para qué se estaba; ahora lo único cierto es que vamos detrás de Sarkozy que, además, es más bajito que ZP. Pues yo, que quieren que les diga, para ir de jesusera (dícese de quienes acompañan a alguien para decir aquello de Amén, Jesús, prefiero correr tras los EEUU que suelen saber lo que quieren, y además lo dicen. No creo que Sarkozy sepa lo que quiere, aunque seguro que sabe lo que no quiere, pero no imagino que le haya dicho a ZP ni una ni otra cosa, porque desde el episodio de la silla, Sarkozy sabe que, tratándose de ZP, puede contar con aquello de que ”si tú me dices ven, lo dejo todo” que es tan poético y tan sacrificado.


domingo, 20 de marzo de 2011

Decimos guerra

Los españoles nos hemos anunciado mundo adelante como un país pasional, y ha debido haber quienes lo crean. Otro mito favorable que exportamos es el de la improvisación, una especie de hermana tonta de la creatividad. No creo que hubiésemos podido llegar muy lejos postulando nuestra capacidad crítica o nuestro espíritu lógico: la cosa es tan grave que se trata de dos actitudes que suscitan el denuesto casi universal entre hispanos; tanto a la derecha como a la izquierda, entre tradicionalistas o revolucionarios, con conservadores o progresistas, hay una especie de acuerdo no escrito que lo de pensar es muestra de debilidad mental, de falta de carácter. Fíjense las hermosas  campañas que nos perderíamos si fuésemos un poco más analíticos: ¡cómo íbamos a defender al juez Garzón!, o ¡cómo podríamos dejar de comparar el asalto a la capilla de la UCM con los sucesos previos a la guerra civil!, por ejemplo; hay que reconocer que solo de pensarlo se le erizan a uno los cabellos.
Bueno, a lo que iba. Decimos “guerra” y se nos nublan las escasas entendederas; los de derecha se dedican a comparar esta guerra, que para los de cierta izquierda no lo es, con la que según ellos no fue, es decir con la de Aznar en Irak, y los de izquierda, entiéndase que es por decir algo, se dedican a explicar que esta guerra no lo es porque la ordena la ONU y la dirige Sarkozy que, aunque sea de derechas, es francés, que siempre se computa como progresista.
En medio, una absoluta incapacidad para hablar de lo que sería lógico ocuparse, desde si hay algo como el interés nacional que se esté jugando en Libia, hasta para qué queremos un presupuesto militar si todo lo que han de hacer los soldados sea poner tiritas y dar palmadas en la espalda. ¡Lejos de nosotros la funesta manía de pensar!, como le dijeron los de la universidad de Cervera al deseado Fernando. ¡Y luego dicen que abandonamos la tradición en manos de la peligrosa vaciedad moderna! Nosotros decimos guerra, o decimos Chernobyl y ya está todo resuelto.

sábado, 19 de marzo de 2011

El entierro de León



El ministro de Fomento ha clausurado un paso a nivel en León. Se ve que la necesidad aprieta porque la supresión de un paso a nivel no solía dar derecho a la presencia de un jerarca de tanto copete, pero todos sabemos que León es lugar de reconquista. Por si el paso a nivel fuese poco, el ministro ha anunciado la construcción de la nueva estación leonesa, subterránea, por supuesto. Dejando aparte la triquiñuela política, me gustaría subrayar el odio que los españoles seguimos profesando al ferrocarril: siempre que podemos lo soterramos, lo quitamos de la vista. Podría pensarse que es para ganar espacio que, como todos sabemos, es algo muy escaso en España, pero me temo que hay algo más. Me parece que con el tren nos pasa algo parecido a lo que les ocurre a los progres con la energía nuclear, que se nos nubla la vista. Hay que echarle imaginación para considerar que una vía ferroviaria, incluso la más transitada, sea más peligrosa que una carretera cualquiera, pero, como decíamos ayer, también el gas es más mortífero que la energía nuclear y nadie se echa a correr en presencia de una bombona. Nosotros somos así, muy nuestros y los trenes a los túneles que estropean el paisaje, y no dejan cruzar al otro lado.
¡El dinero que nos hemos gastado en soterrar vías!, claro que es parte del chollo tradicional que los constructores tienen con los gobernantes, ese sí que es un gobierno de coalición. España es un país disparatado y gasta el dinero de la manera más inútil y tonta que pueda concebirse; el tren es solo un motivo para ejercitar ese salero incontenible de los gobiernos, pero los ciudadanos nos prestamos pacientemente a esa clase de moderneces sin reparar que a países tan atrasados como EEUU, Inglaterra o Alemania no se les ha ocurrido nunca esa genialidad del soterramiento. ¡Trenes no, bases fuera!



viernes, 18 de marzo de 2011

La bula nuclear

La oposición a la energía nuclear suele incluir una dispensa general de razonamientos, lo que es doblemente lamentable, porque resulta que haberlos, haylos.
A propósito de Japón, y bajo el liderazgo de desinteresados franceses y alemanes, siempre concienzudos y sutiles, hemos alcanzado un grado de histeria realmente digno de mejor causa: lo nuclear, ahí es nada. En medio del paroxismo se menciona habitualmente Chernobyl, y entonces se produce algo así como un fenómeno de conversión súbita de los dubitativos. Yo creía recordar que lo de Chernobyl no fue tampoco para tanto, pero, por si acaso, me fui a verlo en la Britannica, que me dejo frío y con síndrome de carencia de cifras, y también en Wikipedia, que pensé sería más impresionista, pero quiá: en ambos casos vi confirmadas mis sospechas de que el caso era de una exageración más que notable. Resulta que muertos, lo que se dice muertos, ha habido 32 en la gran catástrofe ucraniana. Esto me recuerda al chiste del centinela que avisa al capitán del fuerte en el Far West de que se acercan los indios, y, al ser preguntado por su número, respondió que 2004; ante tan extraña cifra, el comandante  quiso estar al tanto del método de conteo, y el centinela le explicó que había visto claramente a 4, y luego como a unos 2000. En el caso de Chernobyl, los conteos posteriores no son ni menos imprecisos, ni tienen menos voluntad de alarma, la causa lo merece, pero padecen del mismo síndrome de imprecisión que el centinela a la hora del computo. Mucho hablar de decenas, centenares o millares de afectados, pero ni una sola cifra precisa que llevarse al coleto, ni el más ligero dato mortuorio, nada que supere en precisión a la información de que algunos resultaron muertos, destino que nos espera a todos, me parece.
Yo no puedo evitar quedarme estupefacto ante este extraño estreñimiento contable, y ante una situación tan desagradablemente comparativa para lo nuclear, porque resulta que, por citar solo el caso de España, el gas, que es una energía que no parece amenazante, ha causado miles de muertos en los últimos años. Es decir que ha muerto más gente en el camping de los Alfaques en una sola jornada que todas las víctimas de la energía nuclear a lo largo del mundo en una década. No quiero seguir porque no soy un experto en esta clase de datos, pero me gustaría continuar teniendo una cierta capacidad de asombrarme cuando no me salen las cuentas y, me parece evidente que el pánico nuclear está reñido con las prácticas contables generalmente aceptadas. 
¡Menos lobos con las redes sociales!

jueves, 17 de marzo de 2011

Dogmatismo y mercado político

Si se pregunta a los españoles cómo valoran a los políticos, su respuesta no es nada halagüeña; algunos pensarán que este es un fenómeno reciente, pero bastará echar un vistazo a lo que ocurría en los primeros años de la democracia para certificar que ese desapego tiene  raíces más hondas de lo que parece. Lo que ocurre es que, quien más y quien menos, se acuerda de la resonante victoria electoral del PSOE en 1982, una mayoría absoluta con 202 diputados sobre un total de 350, e interpreta ese dato como una muestra de entusiasmo con los políticos de entonces, lo que no sería cierto. Los socialistas se beneficiaron entonces del suicido de la UCD, y de que muchos pensaran que esa era la mejor manera de ahuyentar para siempre los fantasmas del tejerazo, pero poco más.

En general, pues, los políticos españoles son juzgados conforme a unos criterios muy exigentes, y, sin que yo pretenda ninguna apología especial de su trabajo, si querría advertir que, en el caso de que decidieran pasar de las musas al teatro, seguramente ninguno de esos severos críticos obtendría mejores resultados que los que habitualmente se adjudican a los que, de hecho, ocupan actualmente el escenario político.

Hay varias razones para que esto sea así. La primera de ellas es que cada español tiene una ideología muy peculiar, y es por comparación con esa su plantilla como juzga el rendimiento de los que supone suyos, lo que, como es previsible, le conduce prontamente al desencanto. Ni que decir tiene que los adversarios están condenados de antemano. Una segunda razón está, a mi modo de ver, en que el voto de los españoles y sus tendencias políticas está mayoritariamente determinado por creencias y fidelidades, es decir, es muy poco flexible. Si los españoles pudiesen desprenderse de su voto, y votar algo distinto a lo que votaron, no tendrían tanta tendencia a desesperar de los políticos. Lo malo es que, como se sabe, las posibilidades de voto son habas contadas, y eso tampoco favorece la movilidad, consolida el cainismo y las formas muy extremas de polarización, lo que, en consecuencia, hace que los templados de cualquier partido sean vistos, por lo general, como gente sin convicciones ni valor. 

Hay dos fenómenos que me parece conviene examinar para entender el comportamiento electoral de los españoles. El primero es el de las discusiones sobre fútbol, en las que la mayor parte de la gente es incapaz de renunciar a la premisa mayor de que es verdad lo que favorece a su equipo, y falso lo que le perjudica, planteamiento que, entre otras cosas, impide el placer del deleite con el fútbol ajeno y el gustazo, aún mayor, de no estar sometido a servidumbres atávicas. Un segundo asunto es la popularización del tipo de debates que constituyen eso que llamamos la televisión basura, allí donde toda inmundicia tiene su asiento, un espacio público en el que todo queda reducido al insulto, al vocerío, a la sal gruesa y sin el mínimo gusto, y en el que ni siquiera es concebible que alguien escuche, y menos que trate de comprender, lo que diga la víctima, el adversario. Lo malo es que esta clase de criterios de debate y de identificación no están reducidos exclusivamente a temas menores, sino que han adquirido carta de naturaleza en muchos espacios en los que cabría esperar otras conductas, en la vida universitaria, por ejemplo, o en las elecciones internas de los partidos, cuando se celebran, en las que la etiqueta imperante exige acudir a las urnas con la papeleta que a cada cual le entregue el mando.

En resumidas cuentas, lo que seguramente ocurre es que estamos haciendo una democracia en una sociedad en la que abundan más el autoritarismo y las mafias que el debate abierto, características que no son del todo incompatibles con el individualismo que tanto se nos atribuye, y que encajan a la perfección con la tendencia a imponer nuestros criterios por las buenas o por las malas, siempre que se pueda, o, por el contrario, cuando no se pueda, comportarse mansamente, y mirar para otro lado aparentando un desinterés olímpico.

La solución más simple para esta clase de carencias sería alguna especie de milagro, pero no es frecuente que acontezcan. La única alternativa, por tanto, es la de tratar de cambiar las cosas desde abajo, pacientemente, aunque sin pausa. Los partidos políticos no podrán seguir siendo el coto cerrado que son, si los españoles se empeñan en participar activamente en la vida pública, en dar sus opiniones, en debatir, en exigir que las cosas colectivas se discutan públicamente, y con argumentos cada vez mejores, si cada cual, en sus respectivos ámbitos, se dispone a ejercer sin cortapisas su derecho a opinar y a respetar sin dobleces los argumentos que expongan los adversarios, Esa es la única manera en que resultará posible mejorar algo la calidad del mercado político, pero, aunque sea  por primera vez, la revolución tendrá que empezar desde abajo, como todo lo que ha merecido la pena.
[Publicado en El Confidencial

miércoles, 16 de marzo de 2011

Democracia e impuestos


Los que pensamos que hay ocasiones en que la derecha no pone demasiado empeño en ganar las elecciones tenemos razones para hacerlo, fundamentalmente, en la medida en que no se combaten las causas que facilitan un predominio cultural de esa mezcla pringosa de socialdemocracia y populismo con la que suelen conseguir sus éxitos   tanto la izquierda como los nacionalismos.
En cierta ocasión explicaba a mis alumnos las indudables ventajas del modelo universitario americano sobre el europeo, y, por supuesto, sobre el español. Un alumno se atrevió a llevarme la contraria, en un gesto de atrevimiento inaudito, porque, al margen de cualquier retórica, solemos educar a los alumnos en la sumisión repetitiva de lo que diga el profesor, y me dijo que el modelo universitario americano era claramente inaplicable en España; le pregunte por qué y me contestó que por ser carísimo. Aproveche la oportunidad para hacer un cálculo, junto con ellos, de lo que realmente costaba que estuviésemos mantenido esa clase, y de cómo ellos apenas pagaban un pequeño porcentaje de esos costos, es decir que pagan las clases universitarias, sobre todo los que no disfrutan de ellas. Me parece que comprendió el argumento: una enseñanza falsamente gratuita puede ser realmente mediocre, casi enteramente inútil, como desgraciadamente tiende a serlo. Si los alumnos pagasen las clases en lo que valen, la Universidad sería muy de otro modo. Así se explica, por ejemplo, que tengamos las mejores, no es exageración, escuelas privadas de negocios, y unas universidades públicas, en general, de muy baja calidad.
Generalizaré el diagnóstico: los ciudadanos no son conscientes de que ellos pagan cuanto los gobernantes parecen darles, que les sale bastante caro el mecanismo redistribuidor de rentas en que se han convertido los estados del bienestar, sobre todo cuando se dedican a quitar rentas a los modestos y a aumentarlas a los plutócratas, es decir, cuando, por ejemplo, sube sin control la factura de la luz, del gas, del teléfono o de los carburantes, mientras los consejos de administración de esas beneméritas empresas se suben los bonus, de apenas unas decenas de millones de euros, con una alegría contagiosa. No creo que nadie medianamente decente se atreva a negar que algo, más bien mucho, de esto está pasando aquí y ahora.
La derecha podría pensar en algo muy simple, en imitar el modelo americano y obligar a que se separen los precios de los impuestos, de manera que al pagar cien euros por la compra de algo sepamos  con claridad que el objeto cuesta sesenta y que los otros cuarenta se los llevan, los gobiernos, los ayuntamientos, la SGAE y cualesquiera otros beneficiarios de nuestra anónima, involuntaria e ilimitada generosidad. La gente aprendería, por ejemplo, que tiene que ser forzosamente mucho más caro vivir en Madrid, donde el alcalde ha conseguido acumular una deuda sideral, que tendrá que pasarnos al cobro a los sufridos madrileños, que en Valladolid, una ciudad que apenas tiene déficit por lo bien administrada que está. También habría que modificar el IRPF, porque sería esencial que la gente supiese lo que gana de verdad, lo que le cuesta su trabajo al empleador, y no lo que de hecho se lleva a casa, tras ser debidamente sableado por la hacienda y la seguridad social, esas beneméritas instituciones que nos tratan a palos a la que nos descuidemos. Es posible que con medidas de ese tipo subsistieran los masoquistas que prefieren que su dinero lo administren gentes de probada moralidad y eficiencia, como los políticos, y no miro a nadie, pero es seguro que muchos otros empezarían a mirar los servicios públicos con otra cara, y no simplemente a admirarse de lo bueno que es el Estado cuando concede a sus funcionarios tantas ventajas sociales y un régimen laboral que concita las envidias del que tiene que ganarse los euros en un ambiente ligeramente menos estable y más competitivo.
Es una genialidad del estado paternalista que los impuestos sean opacos, que los ciudadanos no caigan en la cuenta de lo que le cuestan las dádivas de los políticos, la cúpula de Barceló en Ginebra,  la aventura olímpica de Gallardón, el teatro del Liceo en Barcelona que pagamos también los de aquí abajo, los puñeteros carteles del plan E de Zapatero, el fiestorro de los  cineastas, a punto de dejar de ser ceja-adictos de avispados que son, o los aviones para que se desplace la Pajín, que siempre tiene prisa porque es muy galáctica.
Muchos siguen pensando que eso son gastos que ellos nos pagan, que el gobierno tiene una máquina de hacer dinero que nos sale gratis, y si que tiene máquina, y la maneja con soltura, pero nos sale carísima, casi cinco millones de parados y  una deuda pública que es alucinante. El cambio de la cultura política imperante, lo que permitirá que haya una democracia real y algo más competida, llegará cuando muchos comprendan que esos excesos no tienen otra finalidad que seguir comprando su credulidad, su inocencia, su voto.
[Publicado en La Gaceta]

martes, 15 de marzo de 2011

Ingeniería de la corrupción

Durante un tiempo pudo parecer que el PSOE de Zapatero era mucho menos proclive a la corrupción que el de González, pero ahora sabemos que tal análisis es engañoso, y que la aparente inactividad de los primeros años ocultaba una intensa dedicación al I+D de la corrupción para poder ir mucho más allá que con el procedimiento que se podría llamar tipo Interior, simplemente, meter la mano en la caja,  del cual Roldán fue, acaso, el practicante más excelso. Los ERE perpetrados en Andalucía dan muestra de una cultura de la corrupción mucho más sofisticada, del surgimiento de una auténtica ingeniería del trinque. No se le puede negar creatividad, imaginación y audacia a un fraude tan extendido y tan capilarizado como el de los ERE de los socialistas andaluces. La noticia que hoy publicamos muestra a las claras que, ya puestos, tampoco desecharon procedimientos más tradicionales como los de pagar suculentas comisiones por gestiones y trabajos rigurosamente inexistentes, y también da fe de cómo un exceso de confianza puede acabar con los mejores planes, porque se necesita bemoles para dar por escrito una orden tan inaudita como la que firmó Francisco Javier Guerrero Benítez indicando a la compañía de seguros depositaria de los fondos, que mostró su asombro exigiendo orden por escrito, el pago de “lo que les indique el citado mediador”.
Lo que esta conducta pone de manifiesto es que un fraude como el de los ERE ha debido ser conocido por miles de personas que no se sintieron en la obligación de denunciar el fraude y, muy probablemente, dedicaron sus energías a asegurarse lo suyo. Es literalmente asombroso que los responsables políticos de toda esta vergonzosa cadena delictiva pretendan ahora que son ellos los que se están dedicando a descubrir la trama creada por unos supuestos e innominados desaprensivos que, a nada que nos descuidemos, habrán muerto para cuando la Justicia estime que es el momento de actuar. Se trata de un cinismo de la misma especie que el que llevó a un consejero de la Junta a afirmar recientemente que esa clase de irregularidades sólo había afectado, según él, al 2,77% de los casos. Ya es asombroso que los presentes en la sala en la que emitió esa cínica explicación no le hayan afeado su cara dura, o no le hayan arrojado algún objeto contundente: ¿se imaginan a un general del aire, por ejemplo, explicando que le han robado aviones, pero que solo han  desaparecido, de momento, el 2,77% de los aparatos?
Todo indica que estamos asistiendo a una cínica y obscena operación de imagen para convertir a la Junta en una supuesta víctima de esas vergonzosas actuaciones, enteramente inimaginables en un país medianamente decente. Lo peor de todo esto, es que buena parte de socialistas andaluces toma a sus electores por idiotas incurables, salvo que piensen que puede acabar comprándolos a todos; tal vez los vergonzosos ERE que estamos conociendo, y sus numerosas corruptelas anejas, hayan sido solo un ensayo general para ir amarrando la voluntad de cada vez más andaluces, porque son tantos los implicados y los beneficiados que se hace  inevitable analizar las cosas por este lado.
El embrollo y el disimulo serán posibles sólo si la Justicia permite que se juegue con ella para hacer opaco un caso que muestra un hiriente evidencia de fraude políticamente dirigido. Poco cabe esperar de los Fiscales, entretenidos en otras cosas por las diligentes instrucciones del Gobierno: ¿Cabe esperar que todavía queden jueces en Andalucía? 

lunes, 14 de marzo de 2011

Pánico nuclear

Es realmente llamativo que de lo que más se hable al respecto del desastre natural habido en el Japón es de lo que pueda ocurrir en las centrales nucleares. Supongo que, además, del miedo a que el asunto pueda afectarnos de uno u otro modo, está el hecho de que es el único tema susceptible de politización y, de lejos, el que provoca más morbo.
Al ver hoy las informaciones de la prensa al respecto no he podido olvidarme de la definición de periodismo que dio Chesterton: “consiste, sobre todo, en informar de que Lord Jones ha muerto a personas que no sabían que Lord Jones estuviese vivo”: ¿a qué vienen tantos detalles sobre la seguridad y lo que está pasando, o no, si ni siquiera el 1 por 100.000 de los lectores está en condiciones de entender medianamente nada de lo que se informa? Si se piensa en este asunto se verá que la pregunta no es tan inoportuna como pueda parecer. Mi respuesta, en breve, es que el miedo es uno de los ingredientes necesarios de la política, y el bocado es muy suculento como para dejarlo pasar de largo. Miedo, morbo, son más verdad, me temo, que toda esa piadosa retahíla sobre el derecho de los ciudadanos a recibir información veraz, y tal y cual.
No soy especialmente antinuclear, y viendo a algunos de los que lo son, siento ganas de montar una central en el patio de la casa que me gustaría tener, pero es evidente que la energía nuclear plantea problemas que no están resueltos a satisfacción (en especial el asunto de los residuos) y que, si se pudiere, habría que preferir otras fórmulas de conseguir energía, pero resulta descorazonador que cuando un terremoto casi inaudito, y que arrasa con todo, no consigue  que las centrales salten  por los aires, la prensa y el público sientan esa necesidad de hablar de la seguridad nuclear, un tema del que nada entienden y al que nada van a aportar.
Es posible que el gobierno japonés esté mintiendo, lo hacen muchos gobiernos con menos motivos que el de ahora, pero quienes seguramente nos están mintiendo, son esas patuleas de expertos antinucleares que están tratando de asustarnos, porque eso vende periódicos, parece justificar al gobierno providente, o cualquier otra causa noble de las que persiguen, aunque nunca se dignen contarnos de qué van, no sea que nos hagamos un poco menos tontos.

domingo, 13 de marzo de 2011

De 110 a 140


A mí la prohibición de ir a más de 110 kilómetros por hora me parece una auténtica mamarrachada, una más de las innumerables tonterías que los socialistas, y no sólo ellos, hacen circular con la insana  intención de conseguir que los españoles seamos cada vez un poco más bobos. Yo creo que la campaña no les va mal, porque han conseguido colocar en el magín del personal una serie de simplezas realmente alarmantes y que, el público que les es fiel, un colectivo multimillonario en miembros y miembras, cree y propaga con devoción. No tengo ganas de hacer un listado, pero no me pienso privar de citar, al menos, cinco de ellas:

  1. los socialistas no tienen nunca la culpa de nada; la derecha, el capital, el Opus, los banqueros, el PP, o quien sea tiene la culpa de todo,
  2. el gobierno solo intenta que seamos felices, y no se mete con nadie por promover derechos
  3. la educación, pública por supuesto, es el remedio de todos los males; la gente bien educada es de izquierdas, preferiblemente del PSOE
  4. España es mentira, es una invención de la derecha para fastidiar las buenas relaciones entre la izquierda y los nacionalistas; el terrorismo hunde sus raíces en esa mentira,
  5. la religión es enemiga de la libertad, no como el socialismo, o las ONG que son lo más, siempre con dinero público, por supuesto,

Pues bien, en ese caldo de cabeza tiene su asiento la memez del peligro de la velocidad, en general de la tecnología, quitémonos de una vez la careta, y da igual que la limitación propuesta se argumente porque ahorra que porque no ahorra, porque es peligrosa o aunque no lo sea: lo ha dicho quien puede decirlo, y basta, un poquito de disciplina y menos soberbia, oiga.

Como me parece de imbéciles discutir estas cosas, aunque a veces hay imbéciles que parecen inteligentes, no se olvide lo que recuerda Gracián, que son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen, pues había pensado no dedicarle ni media línea al particular, pero he descubierto que hay una benemérita asociación que se dedica a proponer el cambio del 110 por el 140 y, aunque no esté de acuerdo, porque lo único sensato es que no haya prohibiciones más que en circunstancias de peligro real o de tráfico muy intenso, he pensado que puede molestar a los bienpensantes que el grupo de los del 140 crezca y me he apuntado firmando la protesta que promueven. ¡No nos mires, únete! que decían los rogelios de mi juventud.



sábado, 12 de marzo de 2011

El arte de razonar o las patadas a la lógica


Me parece que Descartes repite a Montaigne cuando dice aquello de que la inteligencia es el patrimonio mejor distribuido por Dios, ya que todo el mundo cree poseer la  mejor parte. Esto explica en buena medida la tendencia que tenemos a no dejarnos convencer por razones ajenas, las que otros nos muestran u ofrecen, pero hay una causa, me parece, de mayor peso, especialmente entre nosotros, a saber la distinción entre lo propio y lo ajeno que se traduciría en una máxima moral casi suicida pero que goza de enorme aprecio popular: prefiero mi interés y mi creencia, aunque pueda consistir en un error de bulto, en un disparate, a cualquier verdad ajena, a cualquier juicio que no sea el mío. Se trata, en suma, de la subordinación de la lógica al interés.
Siempre me ha llamado la atención las distorsiones que esa deformación acaba causando en las inteligencias comunes; tal vez el mejor ejemplo sean las discusiones acerca del fútbol en las que la mayor parte de la gente entra con la premisa mayor de que es verdad lo que favorece a mi equipo, y falso lo que le perjudica, planteamiento que, entre otras cosas, impide el placer del deleite con el fútbol ajeno y el gustazo, aún mayor, de no estar sometido a mandatos atávicos.
Nuestra mala educación, me refiero a la educación formal, aunque de los buenos modales también pueda decirse otro tanto, comienza con el estúpido autoritarismo de los profesores que impide radicalmente a los alumnos la libre expresión de sus ideas, que coarta su espontaneidad intelectual e impide la corrección lógica, y amable, de sus posibles errores. Esta tendencia al solipsismo lógico, que ya traemos de la escuela, se ve enormemente acentuada con la popularización del tipo de debates que constituyen eso que llamamos la televisión basura, allí donde toda inmundicia tiene su asiento, un espacio público en el que la mínima lógica es vilipendiada, y en el que únicamente se impone la fuerza ilógica del poder. Desgraciadamente, me temo que eso es lo que más gusta a muchos españoles, a quienes se identifican con enorme facilidad, Dios sabrá por qué, con los intereses de quienes más profunda y despiadadamente les sojuzgan.

viernes, 11 de marzo de 2011

2,77%

Decididamente, buena parte de la clase política toma a los españoles por idiotas incurables. No hay otro modo de explicar que el socialista que dirige el servicio de empleo en Andalucía, el servicio a través del cual se han perpetrado fraudes vergonzosos, inimaginables en un país medianamente decente, como incluir en el ERE de una empresa a personas que jamás habían trabajado en ella para que cobren indemnizaciones millonarias, o hacer que figure alguien con tanta antigüedad como vida, y tropelías similares, cometidas en cientos, seguramente miles, de expedientes administrativos, se haya atrevido a afirmar, como si tal cosa, que esa clase de irregularidades solo ha afectado, según él, que habrá que ver, al 2,77% de los expedientes de regulación de empleo.
Pongamos que se descubre que en las Casas cuartel de la Guardia Civil se expenden drogas o se facilitan armas ilegales, y el responsable explicase que solo ha pasado en el 2,77% de los cuarteles; o que se descubra que en las sedes judiciales existen casas de putas perfectamente organizadas, y el Consejo del Poder Judicial explicase que solo en el 2,77% de los juzgados; o que en la Casa de la Moneda desapareciesen los billetes de 500 euros, y el director arguyera que solo en un 2,77%. No sigo, para no cansarme y no cansarles.
Es literalmente escandaloso que un individuo se pueda llegar a imaginar que esa explicación sirva para algo, que suponga que su palabra nos vaya a dejar más tranquilos respecto a la moralidad pública que impera en sus servicios que antes de oírle semejante excusa. Lo diré con toda claridad, ese individuo es un peligro público, un cínico, un absoluto inmoral, un hombre sin ninguna especie de vergüenza. Pero más indignación, si cabe, me produce el pensar que, diciendo lo que ha dicho, le han oído los presentes, y se han marchado a casa como si tal cosa. Verdad es que no se puede caer más bajo, aunque, al menos últimamente, no me gusta ser optimista. 
Felipe Gonzalez dijo que el cambio, socialista, por supuesto, consistiría en que el país funcionase. Tras treinta años de cambio en Andalucía la cosa parece haber consistido, más bien, en que se ha perdido cualquier asomo de decencia, y hasta el menor atisbo de capacidad de indignación: hay que reconocer que ha sido una terapia de eficacia portentosa.

jueves, 10 de marzo de 2011

A propósito del 11 M

Hoy, víspera del aniversario del atentado que ha causado más muertes en un solo día en la historia de Madrid, y tal vez de España, voy a tomar píe de un comentario que hace un lector anónimo. Éste es su texto:


Apreciado Jose Luis: suelo leerle tanto en su blog como en el Confidencial. Estoy de acuerdo con usted en la mayoría de lo que comenta, y supongo que es sano que no lo esté al 100%. En la lectura de sus artículos noto una una profunda melancolía y escepticismo, una especie de ¿para que narices estoy escribiendo esto si no va a cambiar nada? Muy distinto de sus primeros artículos. En eso coincidimos. Hoy le dejo este link de un artículo de Gabriel Albiac en ABC sobre el 11M que me ha llegado al corazón.

Hay algo que no acabo de entender en su trayectoria y es el no querer entrar a tratar temas como éste [Se refiere, obviamente al 11 M]. Supongo que ni Pedro J, ni FJL serán personas con las que coincida en muchos puntos de vista, y le desagrada cómo han polarizado el tema. Pero me parece que sus razonamientos tienen un fondo de verdad, de una profunda verdad, que está muy alejada de historias conspiranoicas. Yo que quiere que le diga, pero si me preguntan refiriéndose a España ¿cuando se jodió el Perú? si podré dar una fecha, el 11M del 2004. O quizá debería de decir del 11 al 14 Marzo del 2004. La reflexión es ¿cómo un pueblo ha podido ser tan cobarde? (y no refiero a usted), sinceramente desde el vivan las caenas no recordaba algo tan infame. Y la forma en que nos hemos regodeado en nuestra cobardía tiene mucho que ver con los males que ahora nos aquejan. Porque esa cobardía está tan interiorizada que es la que impide que cambiemos el rumbo. Tan interiorizada que es la que ha copiado Rajoy para llegar al poder, en la idea de que mirarnos al espejo debe de ser tan duro que  podemos romper el espejo de un puñetazo (o sea no votarle a él). Pase lo que pase en el Confi, yo le seguiré leyendo. 
Afectuosamente.


Y lo que sigue es mi respuesta: 
Su texto es de los que animan a seguir escribiendo y, aunque creo que no necesito todavía esa ayuda, se lo agradezco mucho. No creo ser más pesimista que hace unos años, pero sí creo ser más consciente de las dificultades de todo orden que hay para vivir libremente, con valor y dignidad, algo que considero irrenunciable, y que me ha llevado a meterme en harinas poco rentables en muchísimas ocasiones, bueno y el amor a mi país, a esta España tan por hacer y tan deshecha que es mi patria.
El link del artículo de Albiac, viejo compañero, me ha encantado. Albiac es un gran escritor y un pensador de fuste, aunque no siempre esté conforme ni con lo que hace ni con lo que dice, ni ahora, ni cuando los dos éramos más jóvenes: yo era ya un liberal, aunque mal formado, y él era un fan de un pensador afortunadamente olvidado que tuvo la desgracia final de estrangular a su esposa.
Es verdad que no he hablado, casi nunca ni extensamente, del 11M, pero ello se debe a que tengo la sensación, quizás equivocada, de que muchos, o algunos,  de los adalides de esa cuestión han sido escasamente honestos, han jugado con las ganas de saber y de justicia de muchos de nosotros. Por esa razón, y porque no creía tener nada específico que aportar, no ha sido un tema que haya frecuentado; he preferido hablar de lo mismo desde otras perspectivas que se me antojan más útiles, menos histriónicas. Es más largo, pero creo que podrá entenderme. Por lo demás, me parece que aquello fue, entre otras cosas, todas horribles, un golpe de estado muy bien planeado, y tengo mis sospechas vehementes de quién y porqué lo hizo, pero me abstendré de jugar con ellas mientras no tenga una certeza, porque no creo que convenga ni fabricar ni aventar argumentos a la orden de nuestros deseos. 
Creo, además, que las responsabilidades políticas de lo que pasó luego están bastante repartidas, lo que no niega, desde luego, que una buena parte del pueblo español actuase de una manera muy cobarde, con la mansedumbre que le es habitual. 
Apoyaré siempre a cualquiera que trate de iluminar aquello, pero me han resultado repugnantes las rentas que algunos han obtenido a costa de la ignorancia y la buena fe de tantos españoles deseosos de acercarse a la verdad. Han hecho mucho mal, su actuación ha sido tan grave, o más, que la de quienes destruyeron los trenes, por hacer una comparación sencilla. Lo puedo decir porque pregunté repetidamente a gente bien informada, de buena intención y, tan deseosa como yo de que las responsabilidades fueran a recaer en quienes me sospecho las tienen, y me dijeron que la mayor parte de lo que se vendía como si fuera buena información era pura basura. La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero, aunque ya sabemos que los porqueros no acaban de estar conformes.
Lo de la verdad judicial, lo ha explicado muy bien Albiac, pero ese juez de cuyo nombre no querría tener que acordarme, estaba allí puesto por quien lo puso, y no quiero entrar en detalles. Los maños lo llaman "cagarse con la capa puesta". 
Los crímenes de estado suelen correr esa suerte, aquí y en los EEUU: los que lo planearon, lo sabían muy bien y se salieron con la suya, obviamente, al menos de momento.
Y, por cierto, a día de hoy, no se me ocurre algo mejor que votar a Rajoy en las elecciones generales, porque, desgraciadamente, no podemos obligar al mundo a ser como nos gustaría que fuese; sí podemos, sin embargo, seguir luchando para que se acerque a lo que vale la pena, y la derrota de socialistas y nacionalistas es mucho más importante que otras urgencias, lo que, como sabe muy bien, no me va a impedir meterme con Rajoy siempre que me parezca oportuno, y lo haré, precisamente, porque le voy a dar mi voto: creo que tal intención me legitima doblemente para criticarle siempre que  crea que lo merece, cosa frecuente, por cierto. 



miércoles, 9 de marzo de 2011

La hipertrofia del liderazgo

La lectura del excelente libro de Juan Francisco Fuentes, Biografía política de Adolfo Suárez, tiene la virtud de trasladarnos a unos años trepidantes en que cada semana, a veces cada día, nos asaltaba una noticia inquietante, una convulsión, una escaramuza inesperada, porque la transición y los gobiernos de la UCD fueron pródigos en novedades desasosegantes. Se vivía en  la trepidación de una democracia recién inaugurada y pensábamos que bien podíamos pasar por todo aquello a cambio de la libertad, de una libertad sin ira ni miedo. Todos recordamos sobradamente el tramo final de ese período, la dimisión del presidente, el 23F, cuyo aniversario no se debiera celebrar tanto regocijo, y, casi inmediatamente, el triunfo resonante del PSOE y la humillante derrota electoral de una UCD que paso de casi la mayoría a quedarse en dos Diputados.
Los partidos tomaron buena nota de ese descalabro y aprendieron una lección inequívoca cuyos efectos, a la postre, se han demostrado peligrosos y amargos: los electores castigan la desunión. Lo tremendo del caso es que la medicina que los partidos se han administrado para evitar ese riesgo, una disciplina a todo trance, aquello de que el que se mueva no sale en la foto, una frase que Alfonso Guerra no tomó de ningún filósofo de la democracia, sino de Porfirio Díaz, han convertido a los partidos en una triste caricatura de la democracia. 
Es cierto que el caos organizativo e ideológico en el que vivió la UCD no es sano ni recomendable, pero nuestros partidos son ahora presos de una tendencia oligárquica y una sumisión al mando que es completamente anómala. A veces recuerdan, con sus conductas, la respuesta que recibió Albert Speer por parte de un jerarca del partido nazi cuando Speer, espíritu inquieto, le preguntó sobre la ideología del partido: “desengáñese, la ideología del partido se resume en dos palabras: Adolf Hitler”. Cuando se oye a tantos, de uno o  de otro partido,  dedicados a la loa y hasta a la imitación servil y vergonzosa del líder de turno, no puedo evitar el recuerdo de esta anécdota que me parece adecuada a una situación totalitaria pero gravemente disfuncional en cualquier democracia, pero así son las cosas.
Escuchar, por ejemplo, a cualquiera de los serviles seguidores de Zapatero que éste continúa siendo el mejor activo del PSOE produce escalofríos, pero también los procura oír a cualquiera del PP cifrar las esperanzas de los españoles en que Mariano Rajoy llegue a la Moncloa, como si todo lo demás fuese completamente irrelevante y las gentes de bien tuviésemos como obligación ineludible la realización de esa mudanza. Este régimen de adulación es incompatible con una mínima decencia intelectual, y perpetuarlo no sirve para otra cosa que para debilitar aún más la democracia.
Al fin y al cabo nada tiene de extraño esta propensión a una especie de caudillismo, aunque formalmente democrático, en una sociedad que ha soportado sin enormes traumas, digan lo que digan los historiadores oportunistas casi cuarenta años después, un régimen autoritario tan prolongado y peculiar como la dictadura personal del general Franco. Hemos pretendido que se pudiera hacer una democracia desde arriba, según una tradición tan española como deficiente, sin construir una cultura democrática, sin habituarnos a vivir en una sociedad competitiva, sin echar de menos el debate político auténtico, dejando que los partidos nos conquisten y engatusen con sus dádivas populistas. Esta es la situación general, agravada, sin duda, en aquellas regiones que padecen de partidos nacionalistas, que entregan el voto a los suyos con la sensación de ser más listos que los demás, gentes escasamente agudas que no hemos aprendido todavía quienes son los nuestros.
Urge acabar con todo eso, y no será fácil hacerlo mientras predomine la prensa adicta, esa que nunca dice nada de lo que pueda perjudicar a sus amos, reverdezca el sectarismo ideológico, la asignatura en la que ZP ha puesto más empeño, y la gente se empeñe en votar a los suyos como si le fuera en ello el alma. La sociedad española necesita una cura de secularización política, un baño de competitividad, pensar un poco más en que no merece la pena seguir negando que el rey esté desnudo. Creo que la responsabilidad histórica del PP, si, como se supone, ganase las próximas elecciones, va a ser realmente extraordinaria. Tendrá que elegir entre perpetuar un estado de cosas que, en el fondo, le perjudica mucho, o asumir un nuevo impulso de competitividad y de liberalización de la sociedad española, empezando por sí mismo, sin repetir, por ejemplo, los congresos a la valenciana, renunciando al ridículo expediente de designar sucesor, abriendo el partido al debate político entre sus militantes, que siguen siendo casi tan diversos entre sí, como lo eran los de la extinta UCD, para poder encontrar las fórmulas más atractivas. Esperar todo esto quizá sea vano, pero una democracia jibarizada es algo profundamente lamentable, y ridículo.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 8 de marzo de 2011

Rubalcaba, nuestro Goebbels

Son ya varias las sentencias judiciales que prueban el hábito de mentir casi irreprimible del vicepresidente primero del gobierno y ministro de Interior, que ha alcanzado un alto grado de maestría en oficio tan comprometido. Como es persona de estudios, y se le reconoce, no como a otros u otras, una inteligencia suficiente, sabrá sin duda que está poniendo en práctica la doctrina de alguien que, hasta la fecha, no figuraba entre los mentores del socialismo, aunque con este gobierno todo es posible, incluso lo más absurdo. Rubalcaba está siguiendo a la letra las estrategias del ministro de propaganda del Reich, Paul Joseph Goebbels: una mentira repetida mil veces se convierte en realidad, y cuanto más grande sea una mentira más gente la tomará por la pura verdad, un auténtico filón teórico para un virtuoso de la propaganda como lo es, sin duda, este químico acostumbrado a travestirse en lo que convenga. Todos los españoles recuerdan con nitidez su teatral afirmación de que no nos merecemos un gobierno que nos mienta, pues eso, Goebbels en vena.
Miente Rubalcaba cuando pretende ignorar que una juez ha ordenado a su Ministerio que entregue información necesaria para investigar la conducta del jefe de los Tedax en el 11-M, que, vaya usted a saber por qué razones, constituye todavía un secreto de estado.
Mentir es una manera un poco infantil de conseguir que las cosas sean como a uno le parece. Un ministro tiene muchas maneras de conseguir eso, además de mentir. Es preocupante que el Ministerio del Interior se haya convertido en un agujero negro del que no sale la información que debiera, y en el que se toma a chacota las resoluciones judiciales, para que se vea quién manda. Rubalcaba ha ejercido, en contra de lo que establece con claridad una sentencia del Supremo, su real gana promoviendo arbitrariamente el nombramiento a dedo de más de 100 cargos de su Ministerio. La desobediencia al Supremo empieza a ser una costumbre escasamente ejemplar de este Ministerio bajo la batuta de Rubalcaba.
Tampoco el Congreso de los Diputados parece importarle al señor vicepresidente para otra cosa que para subirse a la tribuna y soltar charadas y embustes. Un mandato del Congreso de mayo de 2009 establecía que se publiquen las estadísticas de delitos y faltas por provincias, pero a Rubalcaba no le apetece, y no lo ha hecho. A base de esa su capacidad para mentir, y para hacer como que no existen normas que le comprometen, Rubalcaba va a conseguir que la unión de oficiales de la Guardia civil y la AUGC recojan firmas para promover una iniciativa legislativa que obligue al gobierno a llevar a cabo la ley de personal que lleva paralizando desde hace cuatro años,  haciendo caso omiso de los mandatos legales al respecto. Que oficiales, suboficiales  y números de la benemérita   tengan que dedicarse a recoger firmas por la desidia de este gobierno es otra imagen bien gráfica del estado de cosas en la España de Zapatero y Rubalcaba. Claro que a Rubalcaba siempre le quedará el recurso de acudir a sus mentiras, de negar, si fuese necesario que el asunto provoque descontento en la Guardia Civil, o incluso que la Guardia Civil exista. Decididamente, los españoles no nos merecemos un tipo tan mentiroso como Rubalcaba, ese Goebbels.  

lunes, 7 de marzo de 2011

¿Qué es mentir?

Hace unos años me quedé bastante estupefacto cuando pude comprobar que una buena mayoría de mis alumnos no eran capaces de distinguir entre “no decir la verdad” y “mentir”. Cosas de la LOGSE, pensé, y les explique la distinción que yo creo recordar aprendí en el Catecismo, hace ya muchísimos años, y que nunca se me ha ocurrido poner en duda: “mentir es decir lo contrario de lo que se piensa (o se siente) con la intención de engañar”.
Bueno, pues hoy he vuelto a comprobar que abundan los que no entienden bien algo tan claro como un vaso de agua clara. Hace unos minutos, estaba viendo un programa en la TV, y el señor González Pons, que es uno de los que mandan en el PP y de los que siempre está  dando que hablar, informaba a sus atónitos espectadores, quiero decir a unos espectadores que debían quedarse atónitos, pero ya no sabe uno qué pensar, de que el señor Rubalcaba había mentido por escrito, lo que ya es peculiar, pero sobre todo que había mentido de una manera completamente consciente, fíjense si será perverso el tío. 
Me gustaría que el señor portavoz del PP hubiera estudiado el catecismo para que no dijera cosas tan tontas como la que ha dicho, cosa que imagino que es difícil de evitar a alguien que se pasa el día diciendo lo que cree que hay que decir, lo que cree que nos conviene escuchar, y me parece que ese hábito le sirve de excusa para no decir casi nunca nada interesante.  ¿Acaso cree el señor González Pons que hay mentiras inconscientes? ¿Piensa el PP proponer que se castigue la mentira consciente como una forma especialmente perversa de mendacidad?
Si quisiera hacer un comentario mordaz, pero me voy a contener, diría que los políticos se han acostumbrado a mentir con tanta frecuencia, y con tanta inocencia aparente, que ya lo hacen, incluso, de manera inconsciente. Puede que a algunos les parezca tal cosa, caso de tener sentido, un atenuante, yo lo considero un caso de alevosía, además de una muestra de evidente de tontuna, esa cualidad con la que creen que nos subyugan, y a veces es así. 


Mi Nexus S consume mucha batería, ¿alguien sabe si tiene remedio?