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miércoles, 23 de marzo de 2011

El círculo vicioso


Hace ya muchos años, nada menos que en 1915, Ortega y Gasset se lamentaba, en un artículo en la revista España, recogido luego en sus Escritos políticos, de la creación de la Universidad de Murcia: “Que en esta hora, tan adecuada para una reforma hondísima de nuestra vida nacional, lo único que se haya creado sea una Universidad más, equivale a un golpe fatal que recibimos los ortodoxos del optimismo”. Ortega no tenía nada contra Murcia, pero no estaba conforme con que las fuerzas vivas de la región se hubiesen salido con la suya y creasen una universidad, básicamente, para mostrar su poderío. Pensaba entonces Ortega que mejor harían los españoles en arreglar las seis universidades existentes, alguna al menos, que en intentar crear una más que seguramente heredaría los defectos de las otras. Desde entonces ha llovido mucho y es posible que en la misma Murcia haya más de las seis universidades que en 1915 había en toda España. Seguramente la metástasis universitaria ha tenido algunos efectos positivos, pero lo esencial es comprender el motivo del disgusto del filósofo.

Desde entonces, las cosas no han hecho sino empeorar. Tenemos unas administraciones que gastan sin ton ni son, que no se paran en pequeñeces y desconocen, por completo, cualquier especie de austeridad. Unos y otros han llenado el paisaje español de autopistas con tráfico escaso, de polideportivos casi vacíos, de bibliotecas sin libros, o de parlamentos y un sinfín de instituciones del más variado tipo con funciones casi completamente inexplicables. Los únicos beneficiarios netos de todo ese proceso han sido los líderes del potente sector de la construcción y la obra civil, gente meritoria y valiosa, sin duda, aunque diste de estar claro por qué razones todo un país tiene que tirar la casa por la ventana para construir lo que no está claro que necesitemos. Presumimos de tener la red de alta velocidad más extensa del mundo, pero nadie nos dice que es la menos rentable, la más deficitaria, la más inverosímil.

Cuando vienen a España, son muchos los que se extrañan de que nos quejemos de la crisis, de tan relucientes que están una buena parte de nuestros signos externos; a cambio, como se sabe, nuestra deuda es sideral, nuestra competitividad da risa, nuestro democracia renquea asfixiada por las cúpulas de los partidos, los habitantes de las ciudades se hacinan como si dispusiésemos de menos espacio que los japoneses,  y el terreno escasea, y tiene unos precios de escándalo, aunque España esté medio vacía. Las autoridades hacen recaer sobre él su virtus prohibitiva, lo que produce una escasez artificial que ha sido, a fin de cuentas, una razón primordial de la espantosa indigestión económica que nos tiene al borde del desastre. Es asombroso que, a día de hoy, millones de españoles sigan sin comprender que la única razón por la que han de comprar su vivienda a precios absurdos, y pasar largos años de su vida pagando hipotecas muy onerosas, es el prohibicionismo del suelo, que multiplica por varios enteros su valor en el mercado y beneficia, sobre todo, al poder municipal al otorgarle un sistema de financiación irregular.

La creación de escasez en el suelo es una de las causas básicas del sobreprecio del terreno, de la especulación urbanística, del boom inmobiliario, de la corrupción política, y del escaso aprecio de los españoles por obtener dinero de manera más razonable y productiva. Recuerdo lo que me decía un amigo hace ya muchos años: no merece la pena trabajar si, al final, voy a ganar más dinero con la venta de un solar que con el esfuerzo de mi empresa durante treinta años.

El problema con el que ahora nos enfrentamos colectivamente es que hemos creado un sistema público de tamaño monstruoso, que se ha multiplicado por cinco desde los inicios de la democracia, y que nuestra economía real no produce lo suficiente como para alimentar a este monstruo, al ogro filantrópico del que habló Octavio Paz. Necesitamos una cura de austeridad, un régimen de descreimiento en los beneficios que podamos recibir de los gobiernos, que salen a un precio que, al final, es inasumible, y proceder a recortar en cuanto se pueda los poderes discrecionales de los políticos, su abundancia barroca. Necesitamos, en cierto modo, volver a empezar, pensar que la democracia no es el maná sino un procedimiento muy razonable para resolver nuestros conflictos, pero que jamás podrá funcionar correctamente si no hay una poliarquía, si los jueces no son capaces de juzgar conforme a una ley igual para todos, si las universidades no dejan de crecer para dedicarse a competir y mejorar, si los periódicos no dejan de cantar las excelencias de sus padrinos políticos y se dedican a informar honrada y valientemente. ¡Cuánto nos queda por hacer para salir de este infernal círculo vicioso! Quiero creer que si alguien nos hablase con valor y claridad,  podríamos romper ese dogal que nos impide crecer y respirar.
[Publicado en El Confidencial]

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