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viernes, 4 de marzo de 2011

Lo que Bono no le dijo a los niños



Atendiendo a una amble invitación de la Cadena 100, la emisora musical de la COPE, el presidente del Congreso ha tenido la oportunidad de dialogar con un grupo de niños y de contestar a las difíciles preguntas que éstos le han hecho sobre su extraordinaria biografía política. Los medios han glosado las declaraciones de Bono en las que, una vez más, ha vuelto a quedar patente la amplitud de miras, la generosidad y la bonhomía de este notable ejemplar político. Bono no pierde, como se ve, la oportunidad de aclarar cosas siempre difíciles, como su pasada ambición de ser presidente, su inagotable lucha contra los malos, o su entrañable camaradería con ese líder tan admirable que es Zapatero, con el que, según sus palabras, mantiene algunos secretos en común, pero siempre a beneficio de las grandes causas. 
Bono ha dejado clara que su ambición no está, en estos momentos, en alcanzar la presidencia del gobierno, aunque quepa suponer que estaría dispuesto a renunciar a su bien ganado descanso si los españoles precisásemos, una vez más, de su inagotable capacidad de sacrificio por la causa. El formato espontáneo de su comparecencia ante un público tan exigente como el infantil ha impedido, seguramente, que Bono pudiese incluir en su elenco de sapientísimos consejos y reflexiones algunas indicaciones de carácter patrimonial y mercantil, asuntos en los que, obviamente, el señor Bono es un ejemplo a imitar: ahí es nada haberse labrado una auténtica fortuna a base de sueldos medianejos, o el haber aprendido a concitar el auxilio de los poderosos  a favor de sus, aunque abundantes, modestas residencias, con el fin de poder mejorarlas y, en su caso, someterlas a un trueque atractivo y beneficioso para sus intereses. Se precisa de muy alta escuela para poder hacer todo eso sin suscitar sospechas, y al abrigo de suspicacias ajenas. Claro es que también podría haber explicado a los niños  lo que se precisa para obtener invariablemente un trato deferente por parte de la Fiscalía, o las técnicas jurídicas que hay que poner en funcionamiento para evitar las insidias de envidiosos, difamadores y periodistas aviesos, de esas gentes que, en su mezquindad, no acaban de comprender que un chico tan listo haya podido lograr un patrimonio tan sustancioso sin apenas mancharse del polvo del camino.
No consta que Bono haya instruido a sus oyentes infantiles en las técnicas que domina con tanta perfección, y que le han permitido, hasta la fecha, mantenerse al margen del común escrutinio de la Justicia para casos tan extraordinariamente llamativos como el suyo. Tal vez Bono se haya dejado llevar de su afamada ingenuidad y haya pensado que materias semejantes no forman parte de las preocupaciones de las almas infantiles, porque, de haber estimado lo contrario, habría empleado la misma elocuencia con la que suele despacharse sobre esta clase de cosas. Nos parece bien, de cualquier modo, que Bono se reserve para los juzgados, no vaya a ser que acabe enredado en cualquiera de las muchas demandas que aún tiene pendientes, algunas a título personal, otras a través de algunos de los administradores de su amplio patrimonio, gentes más elementales que su patrón y que tal vez no hayan sabido estar a la altura de las exigencias de su señorito, de modo tal que desafortunadamente hayan podido meterle en algún mal paso, aunque su habilidad y gracia seguramente le libren de semejantes contratiempos, de esas contrariedades que siempre sirven para curtir a personalidades tan recias, y a la vez tiernas, como la de Bono

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