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sábado, 30 de abril de 2011

Lo que no ha hecho este Gobierno



video
Hoy he visto a Zapatero en la televisión, ¿dónde si no? proclamando que la labor de este gobierno está siendo combatir la crisis que otros han creado. No deja de ser sorprendente esta capacidad para aislarse de modo tan radical de la realidad circundante, de lo que ocurre en Alemania o en Estados Unidos, en casi todas partes. Claro que también he visto a un periodista que decía, sin muestra alguna de estar bebido, que en España están fracasando las fórmulas de austeridad. Decididamente, hay que ser masoquista para seguir teniendo, como a mi me ocurre, interés en la política, en un juego que se juega con tales cartas. Si quieren consolarse un tanto, como yo he hecho, pueden ver el video que les recomiendo y que me ha enviado un amable lector: reírse es siempre bueno, aunque sea de uno mismo.  
Consiga usted que una imagen del cerebro le de la razón

jueves, 28 de abril de 2011

La tentación del pesimismo




Las dos últimas legislaturas de la democracia, no han supuesto un balance nítidamente positivo, por decirlo de manera suave. Más allá de las discusiones sobre las causas, parece evidente que nuestra situación global es peor que hace ocho años. El desempleo ha alcanzado cifras insoportables, especialmente entre los jóvenes, y, lo que seguramente es peor,  sin que se vislumbre ninguna expectativa de empleo para ellos, por lo que estamos asistiendo a una auténtica ola emigratoria de profesionales bien preparados. La sensación de que la crisis económica va a ir para largo y que sus consecuencias no tienen remedio a corto plazo se ha instalado entre nosotros como una evidencia  incontestable. La rivalidad territorial ha aumentado y la cohesión ha disminuido; el independentismo aumenta en Cataluña, y la sensación de que en Andalucía se dilapida el dinero de todos no deja de crecer. Han surgido nuevos partidos regionalistas, como el de Álvarez Cascos. Las listas electorales del PSOE y el PP parece que van a estar trufadas de personas con problemas judiciales, pese a lo remolonamente que la Justicia entra a ver lo que pasa en la casa de los partidos, lo que nos obliga a reconocer que la corrupción ha vuelto por donde solía, y más. El clima político es casi irrespirable, y han desaparecido hasta las mínimas apariencias de consenso y de sentido del Estado. El comportamiento de los políticos y la funcionalidad del sistema empiezan a ser percibidos por un número creciente de españoles como un problema muy grave. Cuesta trabajo reconocer un aspecto que haya mejorado, aunque sea mínimamente, y hay evidencia de que eso no ha pasado ni en las universidades, ni en la educación, ni en la Justicia, asuntos medulares que continúan a la buena de Dios y sin que parezca haber esperanza alguna de mejora, ni a medio, ni a largo plazo. Y lo peor, tal vez, es que sean mayoría los españoles que sienten el futuro como una negra amenaza, de manera que es obligado reconocer que el pesimismo se ha vuelto a instalar en nuestros corazones.
Pues bien, aunque parezca que el pesimismo es la consecuencia de un estado de cosas, se trata, en realidad, de una vieja costumbre española. El libro de Rafael Núñez Florencio, El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, publicado hace unos meses, analiza con minuciosidad y rigor este rasgo tan habitual de nuestro estado de ánimo en el último siglo, aunque sus raíces estén, en hábitos culturales más veteranos. Hay dos cualidades de este pesimismo que no ayudan en nada a que las cosas mejoren: la primera es que el pesimismo favorece su propio éxito como profecía  que se autocumple, en la terminología de Merton, y la segunda es que el pesimismo, que se extiende tanto por la derecha como por la izquierda, por emplear los términos convencionales, no contribuye en nada a que podamos analizar con cuidado las causas de nuestros males, ni a que tengamos la paciencia necesaria para ponerles remedio razonable. Nos puede la exageración, de manera que la izquierda tiende a reformar las cosas a palos, que según ha escrito Peces Barba, en un artículo reciente, es el único lenguaje que algunos entienden, y la derecha a declararse incapaz de mover un ápice el estado lastimoso de nuestra cultura política, a dar por perdidas algunas batallas antes siquiera de empezarlas.
Nos enfrentamos a unas elecciones decisivas con un largo prólogo en las municipales del mes que viene. Me parece que los políticos incurrirán en una irresponsabilidad difícil de perdonar si no se atreven a ponerse sus galas más atractivas y a ofrecer a los españoles un panorama esperanzador. Cada uno a su manera, naturalmente, porque hay un  peligro muy cierto en que el disimulo se imponga, en que las propuestas sean calcadas, y, por tanto, demagógicas, de manera que ello obligue a que el elector tenga que acudir, como único argumento para tomar su decisión, al fondo de rencor que sienta hacia el adversario, a dejarse llevar por el esos dos minutos de odio que se administraban a todos en el universo totalitario de 1984, la utopía negativa de Orwell.
Sería ideal que los partidos aprendiesen a hacer una pedagogía política eficaz, en la que el insulto al contrario debería estar rigurosamente prohibido, pero seguramente éste sea un deseo  bastante cándido. De todas maneras, me consuelo pensando que van a ser muchos los que se den cuenta de que si los partidos no tiene nada ilusionante que proponer es porque consideran que sus electores son como animalillos mecánicos a los que hay que enviar, únicamente, impulsos muy elementales, porque creen que los listos están en política para vivir a costa de los tontos que les votan. Lo peor de esta actitud es que favorece su éxito, de manera que empieza a ser imprescindible que quienes no creemos ya en los Reyes Magos exijamos a los políticos que nos traten como si fuéramos adultos razonables, para poder dejar atrás, de una vez por todas, la tentación del pesimismo. 
[Publicado en El Confidencial]
¡Muerte a la red, vivan las aplicaciones!

miércoles, 27 de abril de 2011

La política y la cucaña

En España cunde la confusión de la política con la agenda del sistema, con los temas que nos proporciona la prensa, la actividad de las grandes máquinas institucionales, es decir, con una enorme abundancia de minucias. Quien quiera ejercer la política tiene que aprender a enfrentarse a horizontes de grandeza, a conflictos aparentemente irresolubles, a batallas de intereses, a operaciones de jibarización de la vida pública, a ortodoxias forzadas, absurdas y mentecatas. No estoy proponiendo ninguna revolución, la toma de Génova o de Ferraz, ni la fundación de un nuevo partido purista; estoy recordando, simplemente, que política es política,  y que esa actividad, que Burke consideraba la más noble de todas las humanas, no se puede ejercer de manera perpetuamente complaciente, ni con los electores, ni con los mediadores ni, menos que con nadie,  con los líderes de nuestro propio partido. Es cierto, pues, que las democracias de masas pueden adormecer a los políticos y esterilizar la política misma, algo de eso nos pasa, más a la derecha que a la izquierda, por cierto. Cuando se sustituye la política por la cucaña se puede acertar en la propia carrera, pero se comete un fraude moral de consecuencias desastrosas para la comunidad, y para la libertad, ese bien que tanta gente no sabe echar en falta. Lo dijo de manera inmejorable Pericles, hace ya mucho tiempo, el precio de la libertad es el valor. La política debiera ser una actividad de valientes, más aun en un país en el que abundan los perros guardianes que ladran y muerden a cualquiera que se atreve a ser mínimamente diferente, por supuesto a cualquiera que quiera alterar el orden establecido, sin demasiado brillo, por otra parte. 
¿derecho a la intimidad?

martes, 26 de abril de 2011

Furusato


Leo con frecuencia en El Imparcial las columnas de Hidehito Higashitani, un japonés catedrático de filología al que conocí en Madrid hace muchísimos años y con el que aprendí a admirar a los japoneses. Nunca olvidaré que, en cierta ocasión, y al observar que Hide se callaba cuando se le interrumpía, costumbre que haría prácticamente imposible la típica conversación española, alguien le dijo que no había que ser tan orgulloso, que lo lógico era seguir hablando sin hacerse el ofendido. Hidehito respondió, con la lengua del Quijote que era la que por entonces conocía mejor, que él entendía que si alguien le interrumpía era porque tenía algo más importante que decir que lo que él estaba diciendo, y que lo lógico era callarse, por respeto: gente rara estos japoneses.
Gracias a él me entero de que Plácido Domingo es uno de los artistas que ha ido a cantar a Tokio, saltándose esa estúpida barrera de miedo por lo nuclear, y dando muestras de cariño y solidaridad hacia una gente tan admirable que conoce, mejor que nadie, por cierto, los riesgos y males de esa energía cuando se desata.
La intervención de Domingo cuyo youtube les ofrezco, comienza con unas emotivas palabras de afecto: es una de las pocas cosas claras y universales que justifican la existencia de la fama, la capacidad de manifestar un afecto que otros no podemos hacer patente con tanta claridad. Mi admiración por la cultura japonesa es creciente gracias a lo que voy pudiendo conocer de su cine, de su tecnología, de su poesía, de su tradición, de su sentido del honor, de su disciplina, de su exquisita educación, tan distante y certera. Son admirables, y, aunque no sirve de mucho, me uno desde aquí al cariñoso homenaje de Plácido Domingo.

lunes, 25 de abril de 2011

La soledad de Jaime Mayor

En el océano de confusiones interesadas en que el Gobierno suele convertir la información sobre el supuesto final de ETA, los socialistas parecen dar más importancia a la descalificación de Mayor Oreja que a cualquier otra cosa. Seguramente entienden que eso les produce algún beneficio, pues se hace difícil imaginar que digan algo de lo que no puedan sacar ventaja. Sus medios afines, abundantes, aunque menos plurales de lo que imaginan en sus celos por ser los preferidos, han decidido que la caza de Mayor Oreja tiene siempre mayor interés que el escrutinio de las supuestas rendijas legales por las que, casualmente, siempre se acaba filtrando algún miembro destacado de ETA. Esto de las rendijas legales en las que se han especializado determinados jueces es muy notable, porque son completamente asimétricas, siempre sirven para liberar a De Juana Chaos, o a Troitiño, que seguramente aspiran a convertirse en hombres de paz, pero son enteramente impracticables para que no se escape ninguno de estos sujetos. En este caso, las rendijas, de existir, se tapan con la exquisita delicadeza de Rubalcaba con los derechos de los criminales. ¿Quién puede imaginar a Rubalcaba  persiguiendo sin motivo a un inocente, o haciendo algo distinto a lo que marca la ley?
El caso es que si Mayor Oreja afirma que parece razonable establecer alguna relación entre la liberación de Troitiño y la negociación oculta con la banda, los socialistas se rasgan las vestiduras, pero lo hacen con el mismo cinismo con el que esperan reconocer en el futuro sus aciertos si la cosa les sale medianamente bien. Lo peor de Mayor Oreja es que razona sus afirmaciones  y, cosa que ya resulta intolerable, es que lo que suele anunciar se acaba cumpliendo, por mucho que el PSOE se empeñe en el disimulo. Han negociado después de la T4, y están moviendo los hilos con la peculiar falta de escrúpulos que les caracteriza, pero les saca de quicio que un político tan coherente y limpio como Mayor Oreja diga lo que la mayoría de la gente entiende sin dificultades, que este gobierno está metido en un asunto turbio y proceloso al que intentó llamar proceso de paz, pero todavía no ha aprendido  que no hay nada que hacer con los asesinos, tal vez porque hay muchos e influyentes socialistas, y no hace falta que lo subraye Jaime Mayor, porque ya lo hacen ellos sin ningún disimulo, que piensan que el PSOE no tiene nada que ganar con la derrota de ETA. y no tendrá nada que perder si son capaces de vender cualquier apaño. Cuanto dice Mayor Oreja es enteramente coherente con los gestos del Gobierno, con las triquiñuelas de los socialistas, con su confusa estrategia para hacer que algunos etarras buenos, arrepentidos en secreto de sus fechorías, pasen a ser definitivamente miembros respetables del sistema, ciudadanos electos, a ver si con eso se cuadra definitivamente el círculo del final del terrorismo.
El desdén hacia los procedimientos es una recia tradición de la izquierda española desde mucho antes de que Felipe González celebrase la sabiduría de los chinos respecto al color de los gatos. Según los socialistas, todo vale, para mantener el poder, y no se van a parar en minucias cuando creen tener al alcance de la mano, un éxito cuya magnitud ya se encargarán de exagerar en su momento. Jaime Mayor puede ser la voz del que clama en el desierto, y a veces da la sensación de que también incomoda un poco entre los suyos, pero hace bien en no alabar la belleza del traje del rey, cuando es obvio que está desnudo. 

domingo, 24 de abril de 2011

La familia, el amor y lo imposible

Tres películas recientes del cine americano exploran con enorme honradez un territorio nuevo y difícil, el de las familias rotas, el de los amores difíciles, y el de lo que en este terreno tan resbaladizo es imposible, o casi. Se trata de temas que se prestan a toda clase de exageraciones, a sentimentalismos, a prejuicios sin cuento, de manera que es muy fácil caer en cualquier tentación de simplificar, de mixtificar, en huir del intento honesto de comprender para ir a parar en cualquier ortodoxia, de las viejas, y venerables, pero más frecuentemente, de las más nuevas y, frecuentemente, tontas. Me referiré brevemente a las dos primeras y hablaré un poco más extensamente de la tercera. La magnífica Winter’s Bone expone una historia de mafias en un territorio inhabitual y muestra como una joven ha de hacerse cargo de sus hermanas y de su madre, enajenada, tras la muerte violenta del padre. Los chicos están bien, muestra los problemas de una pareja de lesbianas cuando sus hijos, fruto de inseminación, tratan de encontrarse con su común padre biológico. Ambas películas están dirigidas por mujeres,  la primera por Debra Granik, la segunda por Lisa Cholodenko, y muestran una extraordinaria sensibilidad, que es más fácil encontrar en las mujeres, me parece, pero no tengo ganas de bronca, para entender lo que pasa cuando se puede vivir como si no pasase nada, para ver el valor enorme de lo cotidiano y lo afectivo por debajo de lo que parece más real y fuerte, pero que, bien mirado, puede considerarse como una tramoya secundaria, no esencial. Son dos películas muy distintas, muy buenas ambas, abiertas a la reflexión, nada militantes, aunque puedan ceder algo a las conveniencias comerciales, lo que nunca puede ser un reproche para el espectador inteligente, porque sería como quejarse de que los autores quieran vivir de su trabajo, o preferir que lo hagan de la sopa boba, lo que, por cierto acaba suponiendo, y no miro a nadie, que hagan películas pretenciosas, inmaduras, bobas, como la sopa con que se sustentan.
La tercer película de que hablaré es, tal vez, la mejor, pero no quiero entrar en concursos innecesarios. El amor y otras cosas imposibles es una película conmovedora, hecha con la honradez de la más estricta exigencia moral, enormemente realista. Se trata de ver lo difícil que puede resultar crear una nueva familia sobre las ruinas de una vieja, las peripecias por las que pasan quienes no toman las decisiones sino que las padecen, los niños, sobre todo. La protagonista, una excelente Natalie Portman se siente perdida y culpable por haber roto el primer matrimonio de su marido, por no obtener el cariño del hijo que él tiene y, finalmente, por otra circunstancia que no revelaré por ser parte decisiva de la trama. El guión es soberbio y la dirección muy buena: ambos de Don Roos, un director al que habrá que seguir con atención.
Las tres películas tienen un valor común al abstenerse de hacer ideología y analizar, simplemente, situaciones que las personas podemos vivir, nunca, por cierto, sin creencias, deseos y temores, pero películas como estas nos ayudan a aprender sobre nosotros, no son cine en el sentido espectacular del término, tan importante por otro lado, sino tragedias en el sentido más noble de la palabra, dramas de nuestro tiempo que, además del dolor que siempre acompaña a la vida, le añaden un ingrediente de cierta novedad, porque, por más que creamos que nihil novum sub Sole, de alguna manera, como dijo Heráclito, el sol es nuevo cada día, y, últimamente, un poco más, sobre todo en estas cosas.

sábado, 23 de abril de 2011

Más sobre el político y el ciudadano

En la época contemporánea, los ciudadanos se encuentran, al comienzo de su madurez cívica, con sociedades ya constituidas en las que los distintos poderes han forjado, en el mejor de los casos, alguna especie de equilibrio. La mayoría de las personas conciben su vida en términos de adaptación y encumbramiento personal, se adaptan a las reglas vigentes y tratan de prosperar, solos o con ayuda de otros. Por supuesto que en esa tarea se dan cuenta de que hay numerosas instituciones y relaciones sociales que son absurdas o disfuncionales, y, normalmente, tratan de evitar que les perjudiquen, pero apenas conciben seriamente la idea de que puedan ser modificadas. Muchas veces protestan y se enfrentan con ellas en el plano personal y profesional, pero raramente entienden que su misión en la vida sea dedicarse a abolirlas o cambiarlas por otras mejores. Sea que entiendan que eso es imposible, sea que asuman que no es esa su misión en este mundo, el hecho es que la mayoría de los hombres se han adaptado siempre y en todas partes a lo que les ha tocado vivir, a dictaduras, a estados fallidos, o a democracias corruptas; también, lógicamente, a los usos de las democracias más respetables, que, como dijo  Lord Acton, están siempre en riesgo de corrupción, salvo que lo eviten políticos capaces y los ciudadanos responsables y atentos.

Frente a las personas comunes, el político cree en que el cambio es necesario y posible, y concibe su vida y su dedicación como una consagración a la tarea precisa para alcanzar tal meta. El político es, por tanto, un individuo ambicioso e inconformista, y lo seguirá  siendo mientras no se corrompa, siempre que no olvide su vocación, ni la responsabilidad de su misión; cuando un político abdica de su función esencial, de su auténtico poder, y se dedique a pactar con el régimen establecido, se convierte en un funcionario del poder, en un escriba del emperador, en algo mucho menos importante que lo que podría ser.

viernes, 22 de abril de 2011

El político vocacional, si es que existe

El político vocacional es, constitutivamente, una especie de iluso, porque profesa la creencia de que hay cosas esenciales que pueden ser cambiadas o mejoradas, y, además, está convencido de que esa será y tendrá que ser la voluntad de sus conciudadanos. El político comienza, por lo tanto, por creer en tres entidades de las que se mofan frecuentemente los escépticos, los supuestos maquiavelos, y los hombres con sentido práctico: la perfectibilidad de la ciudad, la virtud de los ciudadanos, y la libertad humana. Hay, naturalmente, muchas otras formas de hacer lo que aparentemente hace el político, pero lo que constituye la sustancia de la actuación política propiamente dicha, es la triple creencia en la existencia de un Bien común, por decirlo a la manera clásica, en la relevancia de los imperativos morales, y en la inviolabilidad de la conciencia de las personas.  Es obvio que esas tres son las cosas que olvida de manera sistemática el corrupto,  el que no hace política sino que se consagra, exclusiva o preferentemente, a su beneficio personal, sea en términos de poder, sea en términos de recompensa económica, o, lo que es más frecuente, en función de ambas.

Android es el mejor

jueves, 21 de abril de 2011

La Universidad a la deriva

Las recientes elecciones de la UCM, que han interesado razonablemente a la opinión pública, han mostrado un curioso enfrentamiento político entre el candidato vencedor, un matemático prestigioso, pero entregado a la política sindical y líder universitario de Comisiones Obreras, y un catedrático de Derecho demasiado escorado a la derecha y con una fama académica manifiestamente mejorable. En esos términos, la victoria sindical ha sido casi apabullante, pero lo importante sería que los ciudadanos se parasen un momento a pensar en lo que está pasando con una institución pública, archipública, cabría decir, como la universidad. La Complutense es la universidad más grande de España, con 85.500 estudiantes, 6.200 docentes e investigadores y 4.600 empleados de PAS. Este dato, y su antigüedad, es lo que la hace más notable. El anterior rectorado de Berzosa, consumó un fenómeno rigurosamente inexplicable, que creciera el número de profesores, y no poco, y, más aún, el número de personal auxiliar, al tiempo que disminuía de manera evidente el número de alumnos. Ese disparate solo es comprensible en una institución que ha conseguido transformar su autonomía, que debiera estar limitada al aspecto académico,  en la más absoluta anomia, y en una completa ausencia de responsabilidad: la Universidad no tiene que reunir cuentas ante nadie, por increíble que parezca.
La culpa de esto es de todos, pero especialmente de los universitarios que consienten estas cosas, cuando no las promueven. En segundo lugar es de los políticos que, bien porque piensen, lo que es increíble, que no hay nada que hacer, bien porque estimen, como lo hace la izquierda, que ese estado caótico no le perjudica, no hacen nada para cambiar la situación doliente de nuestras universidades. España que tiene las mejores escuelas de negocio del mundo, eso sí, privadas, que tiene algunas magníficas multinacionales, excelentes bancos y profesionales de gran nivel en todos los terrenos, no puede permitirse el lujo de seguir gastando un dinero muy importante en universidades mediocres, en instituciones que solo sepan empeorar. Contra lo que se pueda creer no es un problema de dinero, es un problema de modelo. Hace ya bastantes años, la revista Time se burló de las universidades alemanas, entonces en muy mal momento, diciendo que la universidad alemana era la mejor del siglo XVIII. Los políticos de algunos länder tomaron medidas, y el panorama ha cambiado sustancialmente en esos lugares. De nuestras universidades no se podría decir ni siquiera eso, aunque es evidente que padecen de una serie de lacras que habría que erradicar: el autismo institucional, la sindicalización, el corporativismo, el nepotismo desorejado, la ideologización con pérdida muy alta de una mínima objetividad, el descontrol público. Es necesario que el nuevo gobierno se proponga cambiar el modelo y, desde luego, se decida a intervenir en este estado comatoso y vulgar de la mayoría de nuestras instituciones académicas. El modelo de elección de Rector es un auténtico disparate y no produce más que frutos disparatados. Hará falta mucho valor para llevar a cabo las reformas necesarias, pero si no se atreven a hacer este tipo de cosas, ¿para qué necesitamos a los políticos?

miércoles, 20 de abril de 2011

Elogio de la política

Quienes creemos, como Burke, que la política es una de las más nobles vocaciones a las que puede dedicar su vida una persona decente, hemos de padecer una auténtica plaga de desprestigio de la política, a la que, naturalmente no son ajenos quienes a ella se dedican con tan escaso éxito de imagen. A día de hoy, según el barómetro del CIS, la tercera de las preocupaciones de los españoles es su escasa confianza en los políticos. No tengo a mano datos precisos, pero apostaría que esta es una de las peores calificaciones obtenidas en lo que llevamos de democracia. Los españoles creen tener buenas razones para desconfiar de nuestros políticos, seguramente porque los considera mentirosos, hipócritas, pusilánimes, demagogos, rutinarios, corruptos, abusones e  improductivos, pero lo hace sin reparar hasta qué punto esos vicios son posibles porque nuestra sociedad las consiente y practica.
El caso es que la política, y, en general, la función pública, se ha desprovisto del halo de ejemplaridad que le es enteramente exigible. Sería normal que nuestros políticos fuesen mejores de lo que son si la justicia se administrase con cierta rapidez y equidad, si las cátedras universitarias se proveyesen con objetividad y transparencia, si los periodistas fuesen menos acomodaticios y partidistas, si los criterios para adjudicar las subvenciones estuviesen sometidos a control público, o si en los negocios imperase una ética que está clamorosamente ausente. Ya sabemos que no es así, pero por alguna parte habrá que empezar y la política nos brinda una oportunidad de hacerlo, aunque sea mínima, discriminando entre candidatos del mismo partido y dejando sin voto al que ha tenido una conducta reprobable, independientemente de lo que puedan decir en su momento, siempre tardío, los jueces.
La diferencia entre los políticos y el resto de oficios debería residir en que la dedicación política se acercase a algo parecido a una selección ideal de los candidatos, pero nadie sería capaz de defender que en ninguno de los partidos haya el menor asomo de objetividad y de fomento de la competencia a la hora de establecer los sistemas para llegar a las antesalas del cargo, a ese disparadero en el que los electores acaban dando su voto a unas siglas, aunque, en realidad, se lo den a alguien que puede ser un perfecto granuja.
Entre los políticos no hay, pues, ni asomo de una mínima voluntad de competencia pública para llegar a la meta, ni el menor interés en que los ciudadanos puedan valorar la condición personal de los que van a ser elegidos por la extraordinaria maquinaria del voto que se desencadena con las elecciones. No es de extrañar, por tanto, que aparezcan tantos casos de corrupción, ya que no existe el menor control para evitarlo, ni parece existir interés alguno en que se arbitre. Bien mirado, el sistema es tal que deberíamos admirarnos de que exista un porcentaje tan alto de personas razonablemente honorables. El colmo del caso es que, acogiéndose al principio de presunción de inocencia, se continúen presentando a las elecciones muchas personas, y no poco significativas,  que aparecen imputadas en casos de corrupción. Es verdad que en algunos casos la práctica contraria podría perjudicar a un inocente, pero no lo es menos que los más inocentes debiera ser los primeros en apartarse de las listas para no perjudicar, aunque sea un mínimo, al propio bando, lo que sería una prueba de que están en política para servir a los ciudadanos y a unos ideales, no para servirse de ellos. Que los votantes actúen como si fuese irrelevante la moral del electo, indica lo pesimista que es su visión del mundo político.
Sería interesante que los partidos empezasen a comprobar que los electores discriminan entre la persona que es intachable, y el que anda metido en dibujos cuando menos equívocos. No habrá manera de reformar los partidos, uno de los mayores problemas de la democracia, si los electores no son capaces de hacer ver que no da lo mismo votar a Alberto que a Esperanza, por escoger dos nombres al azar.
Nuestra democracia se encuentra en un momento realmente malo, seguramente el peor de toda su historia; España ha padecido un gobierno pésimo y en ocasiones parece no haber ningún otro horizonte que el desastre económico, institucional y territorial. Hay que desechar el derrotismo, pero eso solo puede hacerse con un nivel máximo de exigencia, pidiendo a los electores que se olviden de mandatos ideológicos y que voten libremente por lo que consideren mejor, que empiecen a castigar las listas contaminadas o encabezadas por políticos a los que no comprarían un coche de segunda mano. Es imposible que España afronte su futuro, tan problemático, con la energía que se requiere si todo lo que se puede hacer es votar a unas listas manchadas por la corrupción. En plena treintena de la democracia, necesitamos plantear objetivos ambiciosos y no estaría nada mal que los electores empezasen por limpiar el patio.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 19 de abril de 2011

Las tribulaciones de un chino en China


Nuestro inefable presidente ha decidido pasar a la historia como autor de disparates absolutamente inverosímiles. El de China de días atrás es antológico. El castigo de los mercados al coste de nuestra deuda ha sido inmediato. Vivimos en una sociedad tan cobarde que nadie que no sea de las filas enemigas le va a decir a este tipo que tiene que callarse el poco tiempo que le queda, y marcharse para siempre en cuanto se conozcan los resultados del 22 M, sean los que fueren. Tal vez sea demasiado mal pensado, y ya se lo hayan dicho, pero este sujeto es de los que no se callan ni debajo del agua. ¡Qué desgracia, Dios mío!
El depósito legal se digitaliza

domingo, 17 de abril de 2011

Jose Mourinho

Si el fútbol lo jugasen los entrenadores, el Real Madrid de Mourinho habría ganado ayer muy justamente al Barça de Guardiola. Pero el fútbol lo juegan los jugadores, y, ahí, el Barça le lleva al Real Madrid una ventaja algo más que ligera. Lo que el Real Madrid puede hacer, lo hizo ayer, bastante bien, y, si el Real Madrid estuviese bien dirigido, habría que dejar que Mourinho diseñase una nueva plantilla para los próximos años, y eso supondría que la hegemonía del Barça excepcional que ahora conocemos se acercare   indefectiblemente a su final. El balonazo de Messi hacia las gradas blancas, fue el grito de impotencia de ese Barça desconcertado que no supo hacer efectiva su superioridad, entre otras cosas, porque Guardiola, que es muy bueno, no lo es tanto como Mourinho. Si Mourinho dispusiese de algunos de los cracks que el Barça tiene, la cosa no tendría color.
No soy ningún forofo de Mourniho, simplemente señalo que el fútbol es un juego colectivo y que eso  o lo organiza un entrenador que se sepa su oficio, o no funciona, desde luego no funciona a base de chequera. 
Bueno, no quiero cansar, pero no querría dejar de reconocer que Mourinho tiene toda, absolutamente toda, la razón en su actitud frente a los periodistas y los medios que no se dignaron escuchar a Aitor Karanka, un tipo estupendo, con tres copas de Europa, en color, a sus espaldas, y al que los plumillas que viven de lo que les sobra a jugadores como Karanka dejaron plantado en la rueda de prensa anterior al partido primero de esta cuarteta apasionante que nos espera. 


Los libros digitales son todavía muy caros

sábado, 16 de abril de 2011

Hoy toca hablar de fútbol, para desengrasar

Mi espíritu plebeyo, dicho sea en reconocimiento a tanto crítico ilustre del balompié, anda inquieto a la espera de lo que pueda ocurrir esta noche en el Bernabeu,  con el primer enfrentamiento entre el Real Madrid y el Barcelona, de los cuatro que vienen en menos de un mes. Como soy madridista, estoy temeroso, porque no olvido que el Barça nos ha ganado, me parece, en los últimos siete enfrentamientos, pero es seguro que esta racha criminal acabará alguna vez. Mi deseo sería ganar en las cuatro ocasiones, pero me parece complicado. Cedería con gusto el partido en Barcelona, e incluso el de esta noche, y hasta el de Valencia, a cambio de pasar a la final de la Champions, que sería, casi seguro, ganar la décima. Lo peor es que, si el Barça nos gana en la Champions, no se encontrará después con Mourinho para que le quite el campeonato, y mis esperanzas en lo que, eventualmente, pudieran hacer el Manchester o Raúl son bastante limitadas. 
Lo peor que nos puede pasar es que estos cuatro enfrentamientos sean cuatro sucesivas derrotas, humillantes palizas: la idea es casi completamente insoportable, pero, si llegara a ocurrir, prometo no desfallecer a la espera de esa dulce venganza que habrá de llegar, y me gustaría que eso sirviera para corregir lo mucho y malo que se ha hecho en los últimos años en el club de mis sueños, aunque imagino que esto pueda ser más difícil que ganarle las cuatro veces al Barça, pero el soñar es gratis. Esa gratuidad, o, mejor dicho, el exceso de bienes en relación con su costo, es muy típica del fútbol, de la emoción de belleza y triunfo que representa: pasión, geometría, orden, astucia y precisión, un conjunto de virtudes que nadie posee de manera completa, ni Messi, ni Xavi, ni Iniesta, por cierto, que son quienes más se acercan, hoy por hoy, a ese jugador ideal que muchos habríamos querido ser y que para desgracia nuestra juegan en el Barcelona. Que nadie se engañe, esa es su ventaja y solo nuestro bien asentado coraje y el hambre de gloria de una buena plantilla podrá eliminar a esos dragones que ya han humillado demasiado al madridismo.

viernes, 15 de abril de 2011

Hace ochenta años



Ayer se cumplió el octogésimo aniversario de una jornada que fue saludada con alborozo por gran número de españoles, la proclamación de la Segunda República. Por desgracia, pronto se comprobó que, tras el jolgorio, magistralmente retratado por Josep Plá, uno de los mejores  escritores españoles, y un periodista excepcional, se ocultaba un sinfín de motivos de preocupación. Lo que pudo ser un régimen nuevo en el que convivir con libertad y respeto, se convirtió pronto en la disculpa perfecta para masacrar al adversario, para tildar de enemigos de la República a quienes no tenían ninguna voluntad de iniciar la revolución que, por aquellos años, estaba todavía de moda. Ya en 1931, Álvaro de Albornoz, paradójico ministro de Justicia, decía “No más pactos […] si quieren una guerra civil que la hagan”. Una enorme tensión política comenzó a incubarse y llegó al paroxismo tras la victoria de las derechas en las elecciones de 1933, las más limpias y democráticas de cuantas se celebraron en esa década terrible. Las izquierdas pronto dieron en pensar que si podía haber una República de derechas, algo estaba equivocado, y que había que acabar con la fachada burguesa del régimen dando pasos radicales y violentos hacia el socialismo, hacia el paraíso comunista. Por desdicha, aunque las izquierdas eran plurales, se impuso entre ellas un concepto absolutamente anti-liberal de la República, el deseo de un régimen que exterminase a las derechas. Fue especialmente dramático que los escasos, pero brillantes, representantes del socialismo  democrático no supieran plantarse ante sus camaradas revolucionarios, que los Besteiros no tuvieran nada que hacer, y triunfase el espíritu radical y violento de la revolución asturiana de 1934. Tampoco Azaña, que representaba una izquierda burguesa, tuvo la energía suficiente como para poner en su sitio a los que buscaban la aniquilación del adversario, y tanto empeño pusieron que se acabó en una guerra. La derecha española era entonces cobarde pero muy fuerte, y aunque tratase de evitar la contienda, se vio arrastrada por una orgía de crímenes y desórdenes que desposeyeron al régimen de cualquier legitimidad, pues la acaba perdiendo quien no está en condiciones de ejercer el monopolio de la violencia legítima, y es incapaz de proteger la vida, la propiedad y los derechos de los ciudadanos. Las circunstancias de extrema violencia política, de subversión del orden desde el propio gobierno, el sectarismo ideológico, la persecución de la Iglesia, y la obvia amenaza de desmembramiento, hicieron inviable una solución democrática, y ocurrió lo que se debiera haber evitado, que fue imposible mantener la paz. Las Fuerzas de Seguridad, a las que habían vuelto como si nada hubiesen hecho los cabecillas de la intentona de 1934, no solo no pudieron evitar la violencia política, sino que la practicaron y la extendieron, llegándose al inaudito caso de que agentes del Gobierno asesinasen de manera despiadada y vil al mismísimo líder de la oposición. Se creó un clima que hizo imposible evitar una guerra, algo que pocos consideraban como la primera obligación de todos. Nada menos que en junio de 1936, un editorial del socialista Claridad, afirmaba que “en España ha habido y hay muy poca guerra civil y muy poca revolución; muy poco desorden y muy poca anarquía”. No hay mucho, pues, que celebrar, salvo la certeza de que en la Transición todos hicimos mejor las cosas, aunque algunos aventureros insensatos quieran jugar ahora a olvidarlo. 


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jueves, 14 de abril de 2011

Democracia y política


Algunos opinan que la teoría política trata simplemente de la naturaleza del poder; yo no. Creo que trata de los fines de la vida, de los valores, de las metas de la existencia social, de aquello por lo cual viven y deberían vivir los miembros de la sociedad, de lo bueno y de lo malo, lo correcto y lo erróneo.
[Isaiah Berlin, Conversaciones con Ramin Jahanbegloo]

Señor ‑replicó Sancho‑, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado.
[Cervantes, Quijote]


Se podría decir que la política es una de las actividades más específicamente humanas: sólo se desarrolla entre nosotros, siempre existe en las comunidades humanas, y es una de las que  más contribuye a hacer que las distintas sociedades, y los hombres que las componen, sean como son; el genio de Aristóteles destacó las dos notas esenciales para entenderla: el hombre no es ni una bestia ni un dios, y necesita vivir en ciudades, pero, frente al idealismo de Platón, quien añoró y se representó repetidas veces el ideal de la ciudad perfecta, supo ver que las comunidades humanas están compuestas de seres diferentes, que la polis es necesariamente un agregado de una gran diversidad de personas diferentes, no una tribu o una secta, y que, por tanto, aunque le convengan ciertas formas de unidad, no puede ser reducido a una unidad, rígida, absoluta, irrestricta, porque tiene una naturaleza, diríamos ahora, esencialmente conflictiva, aunque el Estagirita no haya sido especialmente sensible a este aspecto de la cuestión, me temo que no hubiera podido serlo. Podemos ver esto de una manera más, digamos científica o moderna: cayendo en la cuenta de que, por decirlo de algún modo, frente a lo que es corriente en el reino animal, los mecanismos de decisión colectiva y liderazgo ni están enteramente establecidos ni son preservados por el instinto. Por esta misma razón Hobbes pudo ver que la sustancia de la vida colectiva era la violencia, una guerra de todos contra todos, pero la exageración de este carácter le lleva a proponer una especie de tiranía consentida, una divinización del poder, de manera que la mera posibilidad de que exista la política supone un cierto desmentido de la solución hobbesiana, al menos en el plano, digamos, nacional (el hecho de que solamos llamar política a la política exterior no debe hacernos olvidar lo profundamente distinta que resulta, al menos hoy por hoy, de la política en sentido ordinario).

La naturaleza de la política responde plenamente a la realidad de las modernas sociedades democráticas, en las que la tiranía resulta detestable y en las que no se admite ningún modelo viable de sociedad perfecta, lo que no es obstáculo para que estas mismas sociedades consientan muchas veces en la práctica lo que rechazan en la teoría. Estas sociedades modernas son, a su vez, un fruto de la política, del esfuerzo de muchos para sobreponerse al poder indiscutido y fatal de las cortes, las iglesias y los reyes, aunque, insisto, esas instituciones tengan sus equivalentes modernos (los sindicatos, los partidos, las mafias, los monopolios, etc.) . La política crea un ámbito de igualdad esencial entre ciudadanos libres, una patria, y encuentra la solución a sus problemas en la aprobación de leyes, no en ninguna persona revestida de podres indiscutibles, ni en el mero criterio de nadie en particular. Esas leyes ni son ni pueden ser eternas, son expresión del consenso moral en que consiste la política y pueden ser cambiadas, deben serlo, con extraordinaria frecuencia, porque el ayer no es el hoy ni el mañana, porque la política se ejerce a la vista no solo de lo que podamos llamar la naturaleza del hombre, sino también de su historia, de su deseo de cambiar.

miércoles, 13 de abril de 2011

Hipocresía y mediocridad

Me parece que fue John Kennedy Toole el que recordó en “La conjura de los necios” aquella frase de Jonathan Swift que afirma que “cuando un verdadero genio aparece en el mundo, se puede reconocer porque todos los tontos se unen contra él” y es que, en efecto, los tontos son muy aficionados a los efectos corales, a ese “gritar siempre con los demás” que es una de las características más opresivas del Ingsoc orwelliano. He recordado esta característica irritabilidad de los mediocres y los tontos de oficio al contemplar la excitación inmediata que ha producido una iniciativa de Esperanza Aguirre que se ha atrevido a anunciar que, si gana las elecciones, habrá en Madrid centros de excelencia para tratar de mejorar el rendimiento educativo de los alumnos con mejores condiciones para aprovecharlos.
Es evidente que se puede discrepar de la propuesta de la presidenta madrileña, entre otras cosas porque es posible que la enseñanza media no sea el tramo más adecuado para comenzar, pero lo que no se puede hacer, y muchos han hecho, es tildar la iniciativa de paso atrás en la igualdad, de instrumento de segregación, de elitismo desorejado. Algunos políticos españoles, como los que ha hecho comentarios tan torpes de esa idea, piensan que es posible que los españoles sigamos creyendo indefinidamente en esa pesada monserga de que ellos se ocupan altruistamente de nuestro bienestar, y que nosotros debiéramos dedicarnos a disfrutar de los derechos que nos conceden sin calentarnos la cabeza con iniciativas arriesgadas, con novelerías, cuando ellos son tan generosos que nos ponen el paraíso de la indiferencia y el todo gratis al alcance de la mano. Oyéndoles parece como si los poderes públicos estuviesen moralmente obligados a promover la mediocridad, a perseguir la excelencia, a premiar a los torpes. Es muy triste tener esa idea hipócrita de la igualdad, creer interesante recortar la estatura de los más altos para que crezcan, comparativamente, los bajitos. 
Hasta que los españoles no caigan masivamente en la cuenta de que nuestro problema económico consiste, esencialmente, en que tenemos pocas cosas valiosas que vender al resto del mundo, en que, además de caros, somos poco creativos y muy rutinarios, no caerán en la cuenta de que la solución está realmente en nuestras manos: cultivar a fondo la inteligencia, el ingenio, la investigación, la innovación, la excelencia, premiando y ayudando a quienes puedan llegar más lejos, en lugar de empeñarnos en una absurda carrera igualitaria en la que todos lleguemos al tiempo a la meta.
Quizá pueda servir el ejemplo del fútbol, una actividad en la que, obtenemos buenas calificaciones y altos rendimientos. ¿Se imaginan un equipo hecho con criterios de igualdad? ¿Qué tal un equipo en el que los fichajes se hagan en función de la cercanía de los jugadores a la sede social, para que todos tengan derecho a ser futbolistas y lo gocen ordenadamente? ¿Cómo iría de bien un equipo en el que el entrenador admitiese el enchufe como método de escoger a los jugadores que alinea para cada partido? Es evidente que en el fútbol somos buenos porque hemos sabido ser competitivos. El misterio consiste en que, por ejemplo, no seamos capaces de crear unas universidades competitivas, nuestras universidades no juegan en la Champions sino, con suerte, en segunda regional, cuando sí hemos sido capaces de tener unos Bancos de primerísimo nivel, algunas grandes empresas multinacionales o, por ejemplo, unas Escuelas de Negocios que, sistemáticamente, aparecen  en todos los rankings entre las primeras del mundo. La clave de estos éxitos está en la competitividad, pero a muchos de nuestros cerebritos políticos les parece que eso nada tiene que ver con la educación, aunque procuren enviar a sus hijos a colegios caros y a universidades americanas, por si acaso.
Desde los inicios de la democracia se ha instalado en el terreno de la educación una mentalidad compensatoria e igualitarista que ha cegado de raíz la menor posibilidad de crear instituciones educativas públicas de calidad, tanto en las escuelas, como en  los institutos o en las universidades. La iniciativa de Esperanza Aguirre es un aviso de que hay que acabar con eso, que la justicia es dar a cada uno lo suyo, lo que significa que, si hay que apoyar a los peores alumnos, no se impida, por ello, que pongamos los medios para permitir que los mejores, los alumnos más dotados, más preparados o más capaces del esfuerzo necesario lleguen tan lejos como puedan. De esas políticas no se beneficiarán sólo ellos, sino todos nosotros. Es un disparate estar malgastando las capacidades de los buenos alumnos aburriéndoles con explicaciones innecesarias para ellos, machacando su interés en la ciencia, su capacidad de aprender, su estímulo intelectual, pero, al parecer, hay políticos para los que esa hipocresía al servicio de la mediocridad  es el colmo de la modernidad educativa.
Publicado en El Confidencial

martes, 12 de abril de 2011

Negro sobre blanco en el caso Faisán

El informe pericial solicitado a los servicios de la Guardia Civil por el juez Ruz incluido en el sumario del caso Faisán, que para desgracia de Rubalcaba continúa en manos de un juez de verdad y no ha podido ser desviado hacia aguas turbulentas como inauditamente pretendía el Fiscal, es concluyente respecto al carácter de los cortes que se observan en las cintas, porque afirma taxativamente que su estudio obliga a concluir que los fundidos a negro, es decir la manipulación de la cinta para ocultar lo que en otro caso sería una prueba de cargo, se produjeron “a conciencia” y “en tiempo real”, es decir, en el momento mismo de la grabación. El informe descarta explícitamente cualquier posibilidad de que ese borrado intencional fuese causado por alguna forma de deterioro casual, tras comprobar concienzudamente el buen estado de todo el material, tanto en ese día fatídico del chivatazo, un día en el que destino de Rubalcaba  quedó marcado para siempre, como en los días anteriores y posteriores. El dictamen de la Benemérita institución, deja completamente al descubierto tanto las manipulaciones hechas por el equipo investigador de la Policía, a las órdenes directas de Interior, como las excusas con las que pretenden construir una coartada inverosímil para tratar de ocultar una conducta  delictiva y escandalosa. Una acción delictiva y particularmente indigna que en ningún caso dejaría de serlo por el hecho de que se hubiese llevado a cabo obedeciendo ordenes políticas directas, como pretendía cínicamente el voto de un magistrado complaciente, tratando de salir al paso de la debacle que adivina con una doctrina tan cínica y totalitaria que hubiera sido capaz de conseguir, por ejemplo, la absolución de los nazis en el juicio de Nüremberg.  
La obvia suposición de que los policías encausados actuaron a las ordenes de Rubalcaba, convierte a este desdichado caso en la demostración más evidente y clara de la falta de escrúpulos del Gobierno de Zapatero, de la suciedad e inmoralidad de los procedimientos de Rubalcaba para lograr unos objetivos que podrían y deberían alcanzarse perfectamente por otros medios.
Es claro, a la vista de todo ello, que el Gobierno no pretendía tanto acabar con ETA como negociar con ella alguna clase de acuerdo vendible ante la opinión, algo que los convirtiera en usufructuarios únicos de un éxito político que, cuando se produzca, y lo haga sin engaños ni concesiones indignas a la banda, será, exclusivamente,  el éxito de todos los españoles, el triunfo de la democracia, de la libertad  y de la ley, y el premio legítimamente merecido a las miles de víctimas que lo han hecho posible con su generosidad y su sacrificio.  
El Gobierno, cabe suponer con buena lógica,  ha delinquido y ha ordenado delinquir con tal de conseguir una quimérica ventaja política en la negociación, con tal de sentirse comprendido por los criminales, con tal de sentir su gratitud y, probablemente, con la intención de poder librarse para siempre de su miedo.
Por fortuna, aún quedan jueces en España y, aunque haya que esperar a que concluya este proceso, que el señor Garzón, con ese atrevimiento inaudito para torcer la ley en su beneficio, paralizó durante años en el cajón de las cosas que pueden esperar, ya tenemos suficientes elementos de juicio como para afirmar sin ninguna clase de dudas que la responsabilidad contraída por Rubalcaba, le inhabilitaría completamente para seguir ejerciendo la política en cualquier país decente, y nosotros aspiramos a que España lo sea, sin duda alguna.

lunes, 11 de abril de 2011

El desprestigio de la política

Una de las mayores preocupaciones de los españoles de hoy, la tercera según el barómetro del CIS, es la escasa valoración que merece la clase política. Hay razones para que  así sea, pero hay  algo más, porque el conjunto de los españoles somos responsables, por acción y por omisión, de que las cosas hayan llegado a ser como son. Por supuesto que la carga principal recae en los políticos mismos, pero en una democracia formal, como la nuestra, es lógicamente imposible que los representantes sean peores que los representados, puesto que, si así fuera, estos serían aún peores que los representantes, por haberlos elegido. Pero, al margen de las razones puramente lógicas, está el hecho, que nadie sensato discutiría, de que los políticos actúan, por lo general, conforme a la moral imperante en la sociedad a la que representan, y si muchos de nuestros políticos son irresponsables, necios, aprovechados, informales, hipócritas, improductivos, mentirosos, abusones, nepotistas y corruptos, seguramente será porque la sociedad española no solo consiente sino que practica abundantemente esa clase de conductas.
En los últimos días ha habido un par de noticias que, aunque aparentemente distintas,  constituyen una buena muestra de lo razonable que es que la gente esté disgustada con los políticos y de lo profundas que son las causas de esa desafección. Me refiero al episodio, ciertamente poco ejemplar, del empeño de los eurodiputados por volar en primera clase, y a la insólita noticia del voto particular del juez Prada a propósito del caso Faisán, según el cual, no podríamos hablar de existencia de un delito cuando haya una razón política de por medio para llevar a cabo la acción que se pretende juzgar: es muy difícil expresar en menos palabras una doctrina tan totalitaria. Ambas conductas son ejemplo evidente de la raíz de nuestros males, la estúpida convicción de que la democracia  otorga alguna especie de privilegio o exención moral a los elegidos, la creencia de que éstos ya no han de estar sometidos ni a los mandatos de la ley, ni a ninguna limitación que pueda establecer el buen sentido, por la insensata creencia de que, al representar a la soberanía popular, ya no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos. 
Así pues, las causas del desprestigio de la política se asientan en dos pilares distintos; el primero de ellos, en el hecho de que los políticos, ajenos a cualquier especie de mandato que les obligue a la ejemplaridad, repiten, y amplifican, sin el menor rubor, las pautas de comportamiento corrientes en la sociedad, aunque, de manera harto hipócrita, defiendan retóricamente otras muy distintas. La segunda, y más importante, porque los políticos, sobre todo si se creen de izquierdas, tienden  a sostener la idea disparatada de que están por encima de la ley, de que el mandato popular que han recibido les autoriza a hacer lo que la ley nos veda a todos los demás.
Esta última idea patrocina, como es lógico, cualquier desmesura, todo exceso. Se basa en ignorar que la democracia conduce al disparate si no se funda en el respeto a la ley, y a los procedimientos para cambiarla. La izquierda, muy en especial, convencida, o eso dice, de ser el protagonista del verdadero progreso, más allá de cualquier limitación, se viene sintiendo autorizada para todo cuanto le convenga o le apetezca. La lista de casos es muy larga: el sometimiento del Tribunal Constitucional, la aventura de los GAL, la negación de la independencia judicial, la negociación y el favor a ETA, el intento de manipular a las asociaciones de víctimas del terrorismo, la modificación tramposa e indirecta de la Constitución, saltándose los procedimientos previstos, la arbitrariedad a la hora de conceder subvenciones, la eliminación de leyes mediante meros decretos, la politización de la educación y de la función pública, la conversión de sus convicciones en verdades científicas que se han de imponer en las escuelas, la creación de empresas fantasma para colocar a los adictos, la reescritura de la historia, la mentira como conducta habitual, y un larguísimo etcétera. 
Se trata de un problema que debemos arreglar, y no hay otro procedimiento posible que practicar una exigencia creciente hacia los políticos y sus abusos. La reacción social frente a las exigencias aeronáuticas de los eurodiputados puede tener ciertos tintes demagógicos, pero apunta sustancialmente en la dirección correcta, y parece haber obligado a los partidos a modificar su posición. Es la presión sobre éstos lo único que hará que modifiquen sus malos hábitos, su tendencia a un absolutismo insoportable, su permisividad con los vicios y corruptelas de los suyos. No es suficiente con que cumplan la ley, que tantas veces incumplen: los políticos deben ser ejemplares, y nuestra exigencia hacia ellos ha de ser implacable, minuciosa, porque es la única manera de que el desprestigio de su conducta no nos lleve a la ruina de la libertad, y a la dictadura de los corruptos.


[Publicado en La Gaceta]


Apple pretende introducir la tinta electrónica en el I pad

domingo, 10 de abril de 2011

Resistencia a la mentira y a la rendición

Las víctimas del terrorismo representan en la historia de la democracia española un movimiento insólito. Aquí, donde hasta las revoluciones se han pretendido hacer desde arriba, las asociaciones de víctimas, nacidas desde abajo, y tras haber sido escogidas en un macabro sorteo por el sadismo de ETA, han asentado los cimientos de un formidable impulso ciudadano dispuesto a resistir a todo trance las debilidades y las mentiras de un gobierno deseoso de lograr algún apaño con los criminales, y ocupado únicamente en el cálculo del hipotético interés político que el PSOE podría obtener con el miserable proceso de paz que ha sido la criatura política preferida de Zapatero. Zapatero ha estado y está embarcado en sucias negociaciones y maniobras con ETA desde antes de su llegada al Gobierno. Es posible, por cierto, que la supuesta certeza de Zapatero acerca de la autoría del 11-M se deba a la fiabilidad que le merecían las personas con las que en ese mismo momento estaba de compadreo, lo que le permitió la desfachatez de explotar miserablemente en su favor, el mayor atentado de la historia de Europa, una conducta que mostró bien claramente  su catadura moral, su apuesta por alcanzar el poder a cualquier precio y sin límite moral alguno.
Las víctimas han conseguido, sin embargo, frenar a Zapatero, han logrado sacudir la conciencia adormecida de muchos españoles, y han salido ayer de nuevo a la calle para decir con toda claridad que ETA no puede estar en las instituciones democráticas, que los asesinos no pueden convertirse en concejales sin pasar antes por la cárcel, para cumplir sus condenas, porque, de lo contrario, ETA habría ganado, y el sacrifico de miles de víctimas habría sido inútil para  nosotros, convertido en un simple trámite para la feliz consecución de los fines de los asesinos.
La manifestación del sábado por la tarde pone de manifiesto que cada vez son más los españoles dispuestos a resistir las mentiras del gobierno, sus caramelos envenenados, sus palabras de bella apariencia pero de siniestra intención. Las asociaciones de víctimas, y millones de ciudadanos con ellas, quieren que el PSOE y sus dirigentes se unan decididamente a este rechazo de la ETA, aunque solo sea por solidaridad con sus víctimas, con los muchos militantes del PSOE que han sufrido en sus carnes y en su alma el zarpazo del terrorismo etarra.  No se puede seguir negociando nada, ni practicando ninguna clase de atajos con quienes no quieren otra cosa que imponernos sus exigencias, que humillarnos y doblegarnos.  El PSOE, ahora que está a tiempo, debería deshacerse de una buena vez de Zapatero y de Rubalcaba, que son los últimos responsables de una política indigna y, lo que es peor, completamente inútil, porque es necio creer que quienes se han acostumbrado a imponer su voluntad a golpe de pistola vayan a abandonar sus pretensiones simplemente por no ser mayoritarias.
Este Gobierno que se empecina en la mentira y en el error, prefiere la compañía y el aplauso de los criminales al calor y la piedad con las víctimas. La manifestación de ayer es un grito de dignidad, de valor, de rebeldía, un grito que deberán oír también esos jueces que tan sensibles dicen mostrarse a las circunstancias, al número de los que pretenden cualquier cosa. Pues bien, las asociaciones de víctimas sólo exigen que se cumpla la ley, y que se respete la democracia, que el Estado sepa mantener con dignidad su papel de poder que reclama para sí el monopolio de la violencia legítima, y que sea consciente de su obligación de mantener, por encima de todo y por difícil que resultare, la dignidad de las instituciones, la vigencia de la Constitución y el respeto y el cariño que merecen las víctimas del terrorismo.
Lo paradójico de esta situación es que un gobierno declinante y, en el fondo con graves carencias de legitimidad,  acabe por ceder en cosas que sería muy fácil defender, que cualquier gobierno del mundo sabría mantener con serenidad y con firmeza. ETA ha perdido su batalla, y no se puede consentir que lo logrado a base de la heroica resistencia de las fuerzas de seguridad, que ayer se unieron emotivamente al resto de  las víctimas, y por la dignidad y la constancia de las asociaciones, que no siempre han gozado del pleno apoyo de fuerzas políticas, lo acabe ganando ETA por la vanidad de unos políticos en retirada, pero deseosos de apuntarse alguna medalla, que sería, en todo caso, un baldón. No queremos ningún Príncipe de la Paz, queremos una serena y definitiva victoria de la democracia, sin celebraciones, pero sin concesiones que nos avergüencen, como las que este gobierno indigno ha ido ofreciendo a los malhechores. No queremos a ETA en las instituciones, ni a disfraces de la banda en las elecciones. No queremos un gobierno amigo de los asesinos y de sus peones, sino a un gobierno valiente que, de una vez por todas, defienda, sin desmayo ni disimulos, la libertad, la democracia y la dignidad de todos.

sábado, 9 de abril de 2011

Buscando guerra

La penuria intelectual de la izquierda que ha aflorado con Zapatero, y a la que éste ha dado alas con sus disparates y lirismos, anda a la búsqueda de nuevas causas, visto que lo suyo no es arreglar los problemas de los españoles. En realidad se ocupa, cuando gobierna, de que haya cada vez más españoles con problemas, y en eso sí que ha demostrado no poca eficacia. Claro está que esa ejecutoria no es como para andar presumiendo, así que se comprende con facilidad sus intentos de buscar una coartada ideológica, de fabricarse un enemigo, y, como esta izquierda siempre  mira hacia el futuro, ha retrocedido unos cien años para descubrir que la Iglesia ¡Dios mío! puede servir de excusa fácil.
Estos tipos, siempre tan ayunos de ideas, andan sobrados de afeites para disimular sus carencias, de modo que en vez de resucitar un clericalismo absolutamente rancio, han decidido vestirlo tan a la moda como puedan. Para ello han acudido a cierto feminismo tan travestido como les ha sido posible: política de género lo llaman. El caso es que la acusación de que la Iglesia persigue a las mujeres, ocupa en su pobre imaginario el mismo papel que las acusaciones a los frailes del XIX por regalar caramelos envenenados a los hijos de los obreros. Lo malo que tiene esta clase de tonterías es que siempre hay, entre la infinita multitud de los idiotas, un suficiente número de personas deseosas de fama y de pasar a la acción, buscando guerra. Es en este imaginario escenario, llamarlo surrealista sería hacerle un gran favor, en el que se comprenden dos acciones que no parecen casuales, la profanación de una capilla universitaria en Madrid y la quema de las puertas de una iglesia barcelonesa. Detrás de ambas iniciativas, que solo buscan la notoriedad y que prenda una llama que les diera algún protagonismo a quienes las promueven, aparecen colectivos de lesbianas y/o de feministas de extrema izquierda que han florecido al amparo de las bobadas del futuro ex rector Berzosa, en Madrid, o del tripartito catalán, en Barcelona, tal para cual. 
Es necesario ser muy necio para no comprender que esta clase de agresiones son realmente peligrosas, además de injustas, absurdas y gravemente ofensivas para la conciencia de los creyentes, pero también para cualquier persona con capacidad de respetar las creencias ajenas. En este país deberíamos de tener hacia esta clase de acciones la misma prevención, como mínimo, que tienen los economistas alemanes hacia la inflación. Nuestra guerra civil, que debería estar olvidada bajo tantas losas, al menos, como décadas nos separan de ella, tuvo un preludio muy similar. No parece razonable que haya ahora el riesgo de repetir una debacle colectiva de aquella magnitud, pero eso mismo hace realmente intolerable que unos colectivos de jovencitas con poco seso se permitan tocarnos las narices a las personas civilizadas, tratando de ver si hay alguien que se dedica a repeler esas agresiones de una manera similar para que ellas puedan pasar un rato agradable con esa clase de salvajadas que, al parecer, les resultan tan entretenidas.
Es realmente portentoso que haya quienes no se conformen con los problemas que tenemos y dediquen su escasa inventiva a complicar más, si cabe, nuestra convivencia en libertad. Los cristianos sabemos perdonar y no caeremos en esas burdas provocaciones, pero  sería muy importante que las autoridades civiles corten de raíz estas  insensatas tentativas de resucitar una guerra que carecería completamente de sentido. 

¿Se puede investigar en compañía de otros?

viernes, 8 de abril de 2011

Mis alumnos y Sostres

Uno de mis alumnos se ha dirigido a mí con un e mail  cuyo contenido  reproduzco a continuación, así como mi contestación, naturalmente con su permiso.

e mail de mi alumno:
Buenas tardes,

Soy un alumno suyo, concretamente uno que estuvo discutiendo airadamente pero respetuosamente, con usted sobre el buen o mal hacer de Salvador Sostres, periodista de El Mundo. El pasado día 4, lunes, un joven de 21 años presuntamente asesinó a su pareja, una chica de 19 y mostró el cadáver de ésta a través de la webcam a su padre. Salvador Sostres escribió sobre esta noticia en un artículo de Elmundo.es titulado "un chico normal" en el que realiza comentarios como los siguientes:
"Digo que a este chico les están presentando como un monstruo y no es verdad. No es un monstruo". "Es un chico normal sometido a la presión de una violencia infinita". "Quiero pensar que no tendría su reacción, como también lo quieres pensar tú. Pero ¿podríamos realmente asegurarlo? Cuando todo nuestro mundo se desmorona de repente, cuando se vuelve frágil y tan vertiginosa la línea entre el ser y el no ser, ¿puedes estar seguro de que conservarías tu serenidad, tu aplomo?, ¿puedes estar seguro de que serías en todo momento plenamente consciente de lo que hicieras?". Ante la avalancha de críticas que recibió en twitter, Pedro J. Ramírez retiró el artículo de elmundo.es y se disculpó a traves de su twitter. Sin embargo, ayer los trabajadores de El Mundo escribieron una carta a su director en la que critican las palabras de Sostres y le exigen a su director que prescinda inmediatamente de sus servicios.

La carta firmada por trabajadores de El Mundo es clara y contundente y si el director de este medio hace lo que le exigen, aún seguiré confiando en que nuestro oficio no está tan devaluado como creía y que existe todavía compañerismo entre los profesionales de la comunicación. Sobre el Sr. Sostres, podría decir muchas cosas pero sus palabras le retratan. Algunos utilizan las palabras para provocar porque piensan que es la única manera de ser escuchado ('Escribir es meterse en líos', se titula su blog), otros intentan cada día relatar lo más fielmente posible la realidad. Ambos son subjetivos, está claro, pero unos aún conocen el significado de la palabra 'ética' mientras que otros la olvidaron hace mucho tiempo. 

Aquel día en que conversamos en clase, usted me decía que la libertad de expresión es sagrada. Punto en el que coincido plenamente. No soy nadie para establecer que se sitúa a un lado o a otro de esa línea, pero determinadas palabras chirrían en mi conciencia y no puedo evitar que la sangre me hierva por momentos, como en esta ocasión.

Perdón por la extensión de mi exposición pero al leer la información a la que me he referido, he evocado nuestra conversación y no me he podido resistir a escribirle. Por supuesto, me encantaría saber que opina usted a este respecto. Gracias por 'leerme'.  Un saludo


Mi respuesta fue la siguiente:
Querido alumno:

Le agradezco mucho que me escriba y que sea valiente al expresar unas opiniones que imagina contrarias a las mías. Ese valor es uno de los bienes de que carece nuestra sociedad civil y que, a mi modo de ver, explica muchos de los problemas con los que tropieza esta democracia nuestra, tan troquelada sobre la paciencia de los Sanchos y que se sigue divirtiendo con las palizas que se propinan a los escasísimos Quijotes que quedan y que, como es obvio, suelen estar un poco mal de la azotea.

Como puede imaginar, sigo pensando lo que pensaba, a pesar de que esta columna de Sostres me pareció especialmente desafortunada, oportunista y mema. Creo, sin embargo, que otras cosas son más peligrosas para la libertad que el mero decir tonterías. Creo que decir tonterías está muy mal, sería deseable que se dijeran y se hicieren el menor número de cosas tontas, pero me parece muy peligrosa la idea de moralidad civil que defienden y practican los que se convierten en inquisidores, por muy respetables que sean sus creencias, que, por lo demás, siempre lo son. Una sociedad democrática se edifica sobre pocos principios, pero uno de ellos es, evidentemente, el derecho a discrepar. Entre el ejercicio de ese derecho, y el supuesto crimen de opinión  debería haber una gran distancia, pero los que se convierten en inquisidores la reducen con una facilidad pasmosa. La unanimidad no es nunca criterio de nada, y puede ser muy peligrosa, especialmente en cuestiones morales, sobre las que no existe una ciencia del bien y del mal; es peligrosa también en cuestiones científicas, como lo acredita cualquier estudio de historia de la ciencia, pero en cuestiones morales es sencillamente temible, mortífera. Fíjese bien en los valores que usted defiende en su carta y el peligro que tienen:

1. "Condena clara y contundente", es el lenguaje de los que se consideran por encima de cualquier duda, un lenguaje clericalpapal, enteramente inapropiado en una panda de periodistas, empleo el tono adrede para molestar, que no han dedicado ni una milésima de su tiempo a pensar en los problemas con los que deciden enfrentarse, ni en general, ni en este caso. Con condenas claras y contundentes se justifica el apedreamiento de adulteras, el asesinato ritual, normalmente de mujeres, y un sinfín de barbaridades. Por favor, un poco de contención, y algo menos de solemnidad. 

2. "Hacer lo que le exigen" (referido al director del medio de comunicación), es decir saltarse, en este caso, las normas de derecho laboral o mercantil, reinstaurar el delito de opinión, o sustituir las decisiones en una empresa por lo que puedan decir los soviets morales de turno. Me parece delirante, qué quiere que le diga.

3. "Compañerismo entre profesionales", la verdad es que es difícil expresar con menos palabras el resumen de la moral mafiosa, que es el nombre que habría que aplicar a este tipo de moral justiciera que usted parece  abrazar con tanto entusiasmo como inconsciencia. 

4. "sus palabras le retratan", es una expresión que refleja bastante bien el intento de someter a juicio la libertad de expresión, convertir las palabras, que deben ser siempre libres, en acciones, que deben respetar las restricciones de las leyes. Luego volveré sobre este asunto bajo otro punto de vista. 

5. Sinceramente, dudo mucho de que  sea verdad que "unos aún conocen el significado de la palabra 'ética' mientras que otros la olvidaron hace mucho tiempo"; me temo que ese significado se les escapa a sus colegas, y que la mayoría no podría escribir medio folio sobre el asunto, ni aun copiando de la Wikipedia, pero, bromas aparte, le aseguro que si Ética, a este respecto, significa algo es imparcialidad, no unanimidad pasional. 

6. "determinadas palabras chirrían en mi conciencia y no puedo evitar que la sangre me hierva por momentos". Por si le sirve de consuelo, a mi me pasa también muy a menudo, pero he aprendido que la libertad consiste en que habrá siempre gente que haga cosas que no nos gusten, de manera que dedico los chirridos de mi conciencia a tratar de corregir mis propias acciones (entre otras cosas para evitar que deje de chirriar a mi conveniencia), y no a tratar de corregir las de los demás, que es, en su caso, la tarea de los jueces, y de nadie más. Esto no evita la crítica, naturalmente, pero sobrepasa mucho la capacidad de criticar el pedir que le quiten a alguien un empleo, al margen de cualquier otra consideración. En cuanto a lo de que le hierve la sangre, tome baños fríos, que es lo que desde los tiempos de los griegos, que fueron los primeros en meditar un poco en serio sobre el ser de la justicia, se aconseja a los que han de practicarla, y por eso se la pinta con los ojos tapados, aunque entre nosotros se lleve mucho la justicia avizor (por ejemplo, que no valga para Garzón lo que sí vale para todo el mundo).

Una vez que he comentado, con dureza, pero con buena intención, los términos del escrito de quien, al fin y al cabo, es mi alumno, y le deseo que le sirva para algo esta especie de cariñosa lección particular, me voy a fijar ahora en algunas otras cuestiones que son, sin duda, pertinentes al caso. 

1. Yo no habría autorizado, por inconveniente, la publicación del escrito de Sostres o, mejor dicho, le habría invitado a matizar mucho las afirmaciones que hace, con el riesgo, es obvio, de que el artículo se le quedase en nada, pero es que los provocadores también deberían afinar y huir algo más de la sal gorda. De cualquier modo, me parece preocupante que, en el caso de lo que ahora llamamos de una manera bastante absurda y contraria al genio de nuestra lengua, "violencia de género", se pretendan abolir radicalmente las excusas, disculpas, los motivos de compasión con el delincuente. Creo que esto es pura hipocresía, y creo que Sostres acertaba al describirla, pero lo hizo en unos términos confusos y muy desafortunados que se prestan, y mucho, a excitar al coro de plañideras y, lo que es peor, a enturbiar las cosas.

2. Considero que lo que mi maestro Arcadi Espada, con el que discrepo frontalmente en otros mucho asuntos, llama la “moral socialdemócrata” supone hoy en día un riesgo enorme, sobre todo, para la libertad intelectual. A este respecto soy un entusiasta de las palabras de Richard Rorty, un gran filósofo norteamericano fallecido recientemente, con quien también discrepo muy a fondo en un buen número de cuestiones, cuando decía “cuídate de la libertad, que la verdad ya se cuida de sí misma”. Hoy hay riesgo para la libertad porque existe una especia de mayoría moral empeñada en imponer sus convicciones por las buenas o por las malas, eso es lo que significaba, en tiempos que se creían olvidados, la Inquisición.

Por último, quiero hacerle caer en la cuenta de la asimetría moral con que se enjuician esta clase de asuntos, dependiendo de quien sea el protagonista. Para no esforzarme más con los ejemplos, le citaré dos a los que hoy alude Santiago González en su blog de El Mundo, en el que, por supuesto, también discrepa de la columna de Sostres. Me referiré a ellos con mis propias palabras:

El 24 de noviembre de 2008, Almudena Grandes escribió en la última de El País:
"Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar. Y serás perfecta". Parece un contrato sadomasoquista, pero es un consejo de la madre Maravillas. ¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos? En 1974, al morir en su cama, recordaría con placer inefable aquel intenso desprecio, fuente de la suprema perfección."

El 8 de febrero de 2007, Maruja Torres escribía, también en la última de El País:
"El sinvivir de la albóndiga mediática [Federico Jiménez Losantos] intentando encontrar Goma 2 aunque sea en el conejo de su madre." En ambos textos, hay menosprecio de sexo, y una cierta justificación de la violencia, aunque sea de izquierdas, además de una vergonzosa falta de respeto a una monja santa, que muchos veneramos como un ejemplo moral muy alto, y a una madre, algo que todo el mundo debiera respetar, aunque sea la de FJL. Por supuesto, será inútil buscar en los Google de turno las propuestas ardorosas de los que “aun conocen el significado de  la palabra ética”. Yo no las echo en falta, porque creo que son innecesarias, como creo que no hay que ir pidiendo por ahí a la gente que confiese su amor a la justicia, o su oposición a las violaciones, pero creo que no exagero si pienso que la diferencia entre la desmesura de las reacciones ante los excesos verbales de Sostres, y la indiferencia ante las delicadas expresiones de la Grandes, no se deba a que merezcan un juicio ético distinto, sino a muy distintas razones. Y, dicho esto, le vuelvo a agradecer su confianza, le pido permiso para publicar su carta (sin su nombre) y mi respuesta en mi blog, porque me parece que plantea una cuestión de interés general, y le invito a que, si lo quiere, sigamos discutiendo allí esta clase de asuntos. Un abrazo,