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jueves, 14 de abril de 2011

Democracia y política


Algunos opinan que la teoría política trata simplemente de la naturaleza del poder; yo no. Creo que trata de los fines de la vida, de los valores, de las metas de la existencia social, de aquello por lo cual viven y deberían vivir los miembros de la sociedad, de lo bueno y de lo malo, lo correcto y lo erróneo.
[Isaiah Berlin, Conversaciones con Ramin Jahanbegloo]

Señor ‑replicó Sancho‑, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado.
[Cervantes, Quijote]


Se podría decir que la política es una de las actividades más específicamente humanas: sólo se desarrolla entre nosotros, siempre existe en las comunidades humanas, y es una de las que  más contribuye a hacer que las distintas sociedades, y los hombres que las componen, sean como son; el genio de Aristóteles destacó las dos notas esenciales para entenderla: el hombre no es ni una bestia ni un dios, y necesita vivir en ciudades, pero, frente al idealismo de Platón, quien añoró y se representó repetidas veces el ideal de la ciudad perfecta, supo ver que las comunidades humanas están compuestas de seres diferentes, que la polis es necesariamente un agregado de una gran diversidad de personas diferentes, no una tribu o una secta, y que, por tanto, aunque le convengan ciertas formas de unidad, no puede ser reducido a una unidad, rígida, absoluta, irrestricta, porque tiene una naturaleza, diríamos ahora, esencialmente conflictiva, aunque el Estagirita no haya sido especialmente sensible a este aspecto de la cuestión, me temo que no hubiera podido serlo. Podemos ver esto de una manera más, digamos científica o moderna: cayendo en la cuenta de que, por decirlo de algún modo, frente a lo que es corriente en el reino animal, los mecanismos de decisión colectiva y liderazgo ni están enteramente establecidos ni son preservados por el instinto. Por esta misma razón Hobbes pudo ver que la sustancia de la vida colectiva era la violencia, una guerra de todos contra todos, pero la exageración de este carácter le lleva a proponer una especie de tiranía consentida, una divinización del poder, de manera que la mera posibilidad de que exista la política supone un cierto desmentido de la solución hobbesiana, al menos en el plano, digamos, nacional (el hecho de que solamos llamar política a la política exterior no debe hacernos olvidar lo profundamente distinta que resulta, al menos hoy por hoy, de la política en sentido ordinario).

La naturaleza de la política responde plenamente a la realidad de las modernas sociedades democráticas, en las que la tiranía resulta detestable y en las que no se admite ningún modelo viable de sociedad perfecta, lo que no es obstáculo para que estas mismas sociedades consientan muchas veces en la práctica lo que rechazan en la teoría. Estas sociedades modernas son, a su vez, un fruto de la política, del esfuerzo de muchos para sobreponerse al poder indiscutido y fatal de las cortes, las iglesias y los reyes, aunque, insisto, esas instituciones tengan sus equivalentes modernos (los sindicatos, los partidos, las mafias, los monopolios, etc.) . La política crea un ámbito de igualdad esencial entre ciudadanos libres, una patria, y encuentra la solución a sus problemas en la aprobación de leyes, no en ninguna persona revestida de podres indiscutibles, ni en el mero criterio de nadie en particular. Esas leyes ni son ni pueden ser eternas, son expresión del consenso moral en que consiste la política y pueden ser cambiadas, deben serlo, con extraordinaria frecuencia, porque el ayer no es el hoy ni el mañana, porque la política se ejerce a la vista no solo de lo que podamos llamar la naturaleza del hombre, sino también de su historia, de su deseo de cambiar.

4 comentarios:

David dijo...

Querido José Luis: No dispongo de mucho tiempo, y sólo he ojeado por encima la entrada.

Me resultan muy curiosas todas las afirmaciones, tan abundantes como infundadas (en el sentido de que se lanzan sin justificación), del estilo de que sólo los seres humanos tenemos alguna capacidad o hacemos alguna cosa. Muchas veces se trata de cualidades complejas que dependen de otras más básicas y que resultan de su combinación, y que además requieren visión selectiva a la hora de definirlas.

Cuando se miran cualidades más fundamentales, en un sentido más fáciles de definir con precisión, aunque en otro mucho más difíciles, se comprueba fácilmente (si se quiere mirar) que otros animales también las tienen. Se yerra en el planteamiento cuando se les niegan las vagas capacidades compuestas, y a veces en parte en la sustancia, en aquéllos casos en los que se pueden observar precursores de las cualidades en cuestión (aunque te mofes, te recuerdo el clásico "Chimpanzee Politics" de Franz de Waal, de visión un tanto limitada, me parece, aunque desde su publicación se ha avanzado mucho en conocimientos, en calidad argumental y en riqueza de planteamentos).

Me encantará intentar desenmarañar todo el lío - reflexiones acerca de la relación entre la esfera de los conceptos, las capacidades mentales y las comunicativas, - cuando tenga tiempo, me sienta capaz y me anime a ello, pues veo que es algo que no se ha hecho aún, y los errores conceptuales en este terreno se imponen casi con total exclusividad en el cuerpo de las ideas humanas.

La noción de "instinto" también está asolada por errores conceptuales y substantivos (con esto quiero decir, no sé si con mucha propiedad, errores acerca de lo que de hecho se da en el mundo). La palabra instinto se suele sacar a pasear de forma descuidada para insinuar que un comportamiento animal es automático e irracional, no con poca cualidad de inconsciente, en oposición a la motivación consciente, la voluntad y el libre albedrío de los humanos. En realidad, tanto los humanos como el resto de los animales tienen instintos, y de igual forma tienen motivaciones conscientes. Son cosas diferentes, y aunque en unos casos (y según para quién) queramos destacar más una que la otra, se pueden y suelen dar las dos. Por ponerlo en términos simples y un tanto chapuceros, el instinto es un ingrediente importante (además de la experiencia y las circunstancias del momento, entre otras cosas) en lo que determina lo que nos apetece hacer, la pulsión que sentimos. Lo que decidimos hacer es un acto consciente motivado por lo que nos apetece y de nuevo por las circunstancias. Eso es válido para seres humanos y para muchos otros animales, al menos cuando se trata de acciones no reflejas. El instinto sexual, por ejemplo, se da (y todos de acuerdo) en muchos animales además de en el hombre. Sin embargo, es falsa la imperante creencia de que el ser humano es el único animal que practica sexo por placer (y se presenta como evidencia el que hayamos separado sexo de reproducción). Es evidente (o debería serlo) que los animales también lo hacen por placer: el instinto sexual (compartido por todos) es lo que hace que apetezca practicar el sexo (o la apetencia misma - habría que analizarlo), y va seguido (si otras consideraciones no lo se imponen - y esto también vale para otros animales) de un acto consciente, voluntario, no mecánico o automático, para la obtención de lo que se desea.

Como siempre, me he enrollado más de lo que quería. En suma, me gustaría mucho desenmarañar todos estos líos en los que, veo, todos estamos atrapados.

Un saludo,
David

José Luis González Quirós dijo...

Para David: Como de costumbre tienes razón en casi todo lo que dices, pero ten en cuenta qué clase de texto es el que comentas, una especie de carta que trata de subrayar algo y que, aunque hable, como recurso retórico, del reino animal no quiere sostener ninguna tesis específica sobre este asunto, por muy tópica que sean tanto la inspiración como la literalidad de la metáfora. De todos modos, si me pusiera a ello siendo muy consciente de que me ibas a leer, tu o cualquiera de los que piensan como tu, matizaría la expresión, pero no creo que cambiase mucho de fondo sobre el particular, aunque no conozco el libro que citas sobre la política y los chimpancés. No creo que para defender lo que realmente te interesa haya que pensar en que algunas especies, y es solo un ejemplo, tengan también alguna especie de tecnología informática, y la política no es menos compleja que la informática a estos efectos. Bueno, de cualquier manera siempre te agradezco que me recuerdes lo de que somos mortales, por así decir. Un abrazo,

David dijo...

José Luis: Te agradezco la amabilidad y la prudencia de tu respuesta. No había leído, ni he leído aún (me acabo de levantar) la entrada, de modo que no pretendía comentar el contenido principal. Sólo quería destacar un par de cosas que veo mucho, generalmente como recursos retóricos. Primero, porque quería compartir contigo unas reflexiones en las que a la larga me gustaría profundizar, y aproveché la ocasión; y segundo, para llamar la atención sobre algo que pasa desapercibido pero que contribuye a cimentar - tanto más por cuanto se dice de pasada, subliminalmente, y como si fuera algo evidente y sin duda compartido por el receptor - la baja (y poco acorde con la realidad) opinión que la mayoría de la gente tiene sobre los animales, que siempre salen perdiendo de estas menciones. Éstas, por tanto, tal y como está el patio, no conviene fomentarlas.

Con esto trato de justificar mi anterior comentario. No obstante, estoy de acuerdo con lo que dices en tu respuesta.

David dijo...

Querido José Luis: ahora sí he leído más detenidamente la entrada. Me siento un poco mal por que los únicos comentarios a tan interesante contribución no se centraran en el tema de la misma, sino en otros distintos, aprovechando un par de huellas en la retórica. (Vaya por Dios, ¡que paciencia te dé conmigo!) Desde luego, la entrada merecía comentarios directos, comentarios que además yo no me siento capaz de dar. Te agradezco las reflexiones (p.ej., interesante la que haces sobre la política exterior).

Tal vez lo que falte es un ejercicio como el que propone Peter Singer en A Darwinian Left (aunque su solución resulte un tanto simplona): tener más en cuenta la naturaleza humana (echando mano de la ciencia para ayudarnos a entenderla) a la hora de diseñar los sistemas sociales y, en concreto, políticos. Ello probablemente sería una salvaguarda para no caer en los mayores despeñaderos de las diferentes coordenadas políticas, como tú los has llamado.
Un abrazo.