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jueves, 30 de junio de 2011

Violencia política


El pacifismo del que estamos tan imbuidos nos impide apreciar una cierta incongruencia en nuestras actitudes respecto a la violencia. Por ejemplo, admitimos con cierta facilidad que los pacifistas puedan atacar a los guardias, o que puedan ocasionar determinados destrozos, como hacen con alguna frecuencia. Es absurdo admitirlo como normal, pero pro bono pacis así sucede. Naturalmente esa tolerancia un tanto fuera de lugar se amplia cuando lo que ocurre es que algunos protestan contra el sistema, como ahora se dice, es decir, contra los regimenes occidentales más o menos democráticos y contra las economías capitalistas y de mercado. La pasividad e inacción de los responsables de Interior frente a los excesos de los llamados indignados ha sido, en último término, un reflejo de esa tolerancia general que, al menos en España, se ve acompañada por una actitud frecuente de asentimiento y comprensión hacia todo tipo de faltas de respeto a la ley, porque, como es sabido, aquí la ley raramente se cumple por sí misma, sólo si conviene, o no hay otro remedio.

Viene esto a cuento de la violencia política que se está desarrollando en Grecia a propósito de los gravísimos problemas de su economía. Supongo que la explicación estará en que los que organizan los motines y los desórdenes públicos piensan que ellos no son culpables de nada de cuanto ocurre, además de porque se admite, sin mayor discusión, que los débiles tienen derecho a echar los pies por alto cuando se sienten amenazados. En realidad ninguna de las dos cosas son ciertas. Con las escasas excepciones a que haya lugar, la mayoría de los que protestan en las calles se han beneficiado durante mucho tiempo de ayudas e instituciones insostenibles y, por mucho que se quejen, las van a perder. Lo más grave puede acabar siendo que cuanto más violentamente se quejen, más pierdan, porque no hay ninguna manera de organizar una sociedad ordenada con las calles ardiendo.

Los supuestamente débiles no tienen demasiado derecho a quejarse por serlo, especialmente si no han hecho nada por dejar de ser dependientes del despiste o el descuido ajeno. Aquí tenemos el ejemplo bien palpable de que las protestas las suelen organizar liberados sindicales, una denominación realmente freudiana, que hace mucho que han perdido cualquier relación normal con el trabajo. Es de suponer que esta clase de elementos vaya a intentar organizar mucho ruido si efectivamente triunfa el PP y trata de rectificar algunas de las políticas manirrotas y absurdas con las que hay que acabar. 


Me gustaría  que la mayoría de los ciudadanos, la gente que quiere vivir honradamente de su trabajo y pagar unos impuestos razonables, sepa tener el suficiente valor como para resistir tranquilamente estos ataques de violencia política que no serán, en realidad, otra cosa que ejercicios de tironeo e intimidación, y que, si no se detienen a tiempo, pueden acabar en la aparición de una izquierda a lo Bildu. No  les faltarán candidatos a líderes de entre esos tipos exquisitos, bien nutridos de subvenciones, de dineros públicos y de bufandas financieras, esas pocas y selectas gentes que se sitúan más allá del bien y del mal. 
La red social de Google

miércoles, 29 de junio de 2011

Bono y los nueve viajeros del tren


En su edición de ayer El Confidencial publicaba una noticia que puede parecer meramente técnica, pero que está dotada de un trasfondo político de primer rango. La noticia señalaba que Renfe suprimirá el servicio de trenes de alta velocidad entre Toledo y Albacete, pasando por Cuenca porque no pasaba de los nueve viajeros al día. No quiero entretener a los lectores calculando el precio al que ha salido cada uno de esos billetes, pero les aseguro que sería una cifra que nos produciría vértigo, un gasto que jamás debiéramos habernos permitido.

En el trasfondo de esta noticia está la política de un personaje secundario pero decisivo de la vida política española, don José Bono, Presidente de Castilla la Mancha durante varias legislaturas, ministro de Defensa en el primer gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y actual presidente del Congreso de los Diputados. Bono ejerció a tope su influencia para conseguir que todas las capitales de Castilla la Mancha tuviesen tren de alta velocidad, costara lo que costase. Así tanto Cuenca, como Toledo, Ciudad Real, Albacete y Guadalajara tienen un servicio de trenes del que carecen ciudades como Londres, Chicago,  Nueva York, Berlín o Los Ángeles.  Al tiempo que conseguía culminar esta proeza, Bono se ha presentado como un líder nacional, como alguien singularmente contrario  a las veleidades de los nacionalistas. Ahora bien, lo que Bono no estará en condiciones de contestar es si el esfuerzo presupuestario, financiero y económico que todos los españoles, también los catalanes, por cierto, han debido hacer para que en su autonomía se pudiese tomar el tren de alta velocidad ha merecido la pena.

No sé si los lectores recordarán otras dos escenas de caudillismo regional protagonizadas por Bono: su oposición a que los aviones del ejército del aire utilizasen un campo de tiro en la provincia de Toledo, en las inmediaciones de Cabañeros, y su oposición a que se cerrase la autovía entre Madrid y Valencia debido a la cercanía de las  hoces del Cabriel, un enclave ecológico de enorme importancia, según el político manchego. El empeño en que el AVE pasase por Cuenca, en particular, retrasó bastante la terminación de las obras, ha supuesto el alargamiento de la línea, un importantísimo incremento de gastos tanto en la construcción como el mantenimiento, y ha hecho que el tiempo de viaje entre Madrid y Valencia, que debiera haber sido el objetivo esencial de la nueva línea,  sea superior al que se hubiera logrado con una línea directa, por lo demás de trazado bastante obvio, y que habría permitido unir Madrid con Valencia en menos de  una hora.

En este punto, Bono tenía a quién imitar. También las capitales catalanas pueden presumir de idéntico nivel de dotaciones: Lérida, Tarragona, Barcelona, donde se convertirá la línea de AVE en una especie de ferrocarril metropolitano, en lugar de situar la estación en las afueras de la ciudad, como era la recomendación unánime de los técnicos, y Gerona disfrutarán de línea de alta distancia. Se entiende, pues, que Bono no quisiera ser menos, y a fe que lo ha conseguido, aunque los manchegos, unos desagradecidos que acaban de votar a María Dolores de Cospedal, no hayan estado a la altura de su responsabilidad, y no se dignen usar un servicio tan exquisito para atender el enorme tráfico profesional, comercial y turístico entre Toledo, Cuenca y Albacete.

Aunque ahora están un poco más atenuados los gritos contra el sistema, no vendría mal caer en la cuenta de que los supuestos vicios del sistema son, en realidad y con mínimas excepciones, vicios de quienes lo protagonizan. El sistema no funciona, se dice, los políticos no solo no resuelven nuestros problemas sino que constituyen un problema que preocupa a muchos. Ahora bien, ¿qué es exactamente lo que no funciona? Casos como el del particularismo disimulado de Bono ilustran perfectamente lo que ha estado pasando con demasiada frecuencia; no es que el sistema falle, sino que algunos se han especializado en explotar la bisoñez política de una gran mayoría de españoles barriendo para dentro, preocupándose de sus intereses particulares antes que nada, inflando las nóminas de las Autonomías mucho más allá de lo razonable, aunque se profese, como es el caso de Bono, un encendido españolismo retórico.

Que un político haya conseguido torcer la mano del interés general en beneficio de su región puede merecer ciertas simpatías, pero solo hasta cierto punto. La conducta de ese tipo de políticos suele considerarse como nacionalismo, pero pocos políticos habrán dado tantas muestras de apego a los símbolos comunes como el señor Bono, y sin embargo le ha hecho unos rotos muy considerables al interés general.

El caso del AVE manchego es una parábola sobre la supuesta modernización de España: obras de relumbrón, que han podido enriquecer a muchos contratistas, y seguramente a varios más, pero incapaces de generar esa dinámica virtuosa de las buenas inversiones, que solo se han traducido en trenes vacíos. Publicado en El Confidencial

martes, 28 de junio de 2011

La derecha y sus complejos

Estos días he participado en un debate epistolar con un grupo de amigos sobre un asunto que a algunos de ellos les parece capital y que a mi me parece relativamente secundario, a saber la relación de la derecha española con el franquismo. Se trata, entiendo, de no confundir la historia con la política, no sé si les suena, dos tareas distintas, con reglas diversas y ritmos muy dispares. En mi opinión, y tal como ellos lo plantean, ese debate es, en sí mismo, un error político que consiste en hacerle el juego a Zapatero que, a su vez, trata de que se haga tan patente como sea posible el fondo autoritario de muchos conservadores españoles, desde luego de muchos de los que  profesan un amor al franquismo con la disculpa, más o menos verosímil en según qué casos, de que está siendo atacado de una manera artera y tramposa. Bueno. 
Ese debate me ha servido para comprobar que en esas personas, que yo llamaría neo-franquistas, hay un notable resentimiento hacia la transición política y que ha calado en ellas la idea de la cobardía de la derecha, de la traición de los centristas a cosas, al parecer, esenciales. Hay un odio al "centrismo", un término que se presta a abundantes equívocos, en especial si se usa con intención polémica. 
En un intento de aclarar en qué consistía el problema de la derecha, les escribí lo siguiente, que reproduzco aquí porque puede tener algún interés más general que el del grupo de amigos y discutidores:
"En mi opinión, la derecha española es más compleja que la división entre centristas o no centristas, lo que responde, más bien, a un debate puramente político/historiográfico, como el que tenemos. La derecha se nutre de, al menos, tres grupos básicamente distintos: los católicos conservadores, los conservadores sin apellido religioso especial, entre los que tienden a destacar lo que podríamos llamar neo-franquistas, que nutren de uno u otro modo el fondo tecnocrático y estatista que todavía es muy fuerte en la derecha (lo que Hayek llamaría socialistas de todos los partidos), y los liberales, sean católicos o no, que eran pocos, pero que van creciendo con el tiempo y la internacionalización. Se trata, además, de grupos que están bastante hibridados y en los que no se excluye la afiliación equívoca, sobre todo en el grupo dominante, que es el central, y al que más gente acude para medrar. El problema, en efecto, es que el partido de la derecha ha estado dominado, sobre todo, por tipos del segundo grupo que , con frecuencia, recurren a musiquillas liberales para tratar de ponerse al día, pero sin contaminarse; Rajoy es un ejemplo de libro, y Aznar pertenecía también  a ese grupo, que es el de Fraga, pero se ha acabó pasando a los liberales por su empeño personal en sacar a España de una esquina de la historia y meterla en la arena política internacional, empeño realmente muy loable, aunque le salió muy mal, pero no quiero desviarme. Lo esencial es que el núcleo dirigente del PP ha sido, en la práctica, muy propicio a confundir la política de partido, que nadie ha hecho, con una cierta política de Estado, que han pretendido cumplir a base de seguir con la modernización de la economía y dando por inútil, lo que es un inmenso error, la batalla de las ideas, de manera que no han dejado que floreciese el mínimo debate interno que diera cohesión a esos tres grupos (el ejemplo de sus políticas, por llamarlas de algún modo, sobre el aborto es ejemplar: no se discute internamente y se encarga a los cristianos de que se ocupen del asunto, porque se trata, sobre todo, de salir del paso), lo que hace que la derecha sea más frágil políticamente y esté manejada por criterios puramente coyunturales y territoriales, un resultado desastroso. Esa es la raíz de la supuesta inferioridad de la derecha, y una debilidad efectiva de ella, su escasa propensión al debate de ideas,  lo que hace que la derecha viva más a la contra (se identifica por lo detesta) que a la pro, tiene "miedo" a decir lo que desea, porque sabe que sus deseos no son tan claros y homogéneos como al núcleo dirigente, con una fuerte tendencia al absurdo de no tener ideología, le gustaría que fuese. Esa actitud de vivir a la contra es lo que explica que en algunos sectores de la derecha tengan la influencia que tienen ciertos personajes muy propensos al extremismo y, en muchas ocasiones, de formación completamente antiliberal, antiguos comunistas, para entendernos. Hacer caso de estos sería un error de  tamaño monumental porque con ellos jamás se ganarían unas elecciones, porque aunque vendan muchos periódicos o libros en su sector, son completamente incapaces de convencer al españolito medio, cuya ignorancia es inmensa, por expreso diseño de la política educativa de la izquierda, cuya cultura política es nula, y que está cada vez más lejos de cualquier religión. Se trata de un problema difícil, pero no imposible, y cuanto más se tarde en abordarlo, más frágil y corto será el relativo predominio político de la derecha, es decir gana elecciones a nivel nacional, pero las ha perdido y las perderá muy rápidamente, pero nada de esto, a mi modo de ver, guarda una relación directa con la exclusiva cuestión del franquismo. Es un caso claro de que resulta muy difícil hacer una democracia sin ciudadanos conscientes de sus derechos políticos y amantes de sus libertades, lo que, de nuevo, nada tiene que ver con el franquismo, época en que no se reconocían, con carácter general, ni los unos ni las otras. Tienen razón las críticas que identifican al PP con una agencia de colocaciones, pero no creo que nada de eso se arreglara con el procedimiento de hacerse más neo-franquista para no ceder al adversario."


¿panta rei?

lunes, 27 de junio de 2011

Bildu se descara

Si este gobierno se dedicase al circo, sin duda le crecerían los enanos. Tras tanto debate inútil sobre las intenciones ocultas del disparate zapateresco al impulsar la legalización de Bildu, podemos asistir en directo al despliegue de los efectos de un empeño tan  necio y tan cobarde.

Si alguien ingenuamente pensaba que se trataba de normalizar la vida política en el País Vasco, ya tiene motivos para desengañarse. Bildu no piensa limitarse al bofetón simbólico que representa  descolgar el retrato del Rey, sino que ha empezado, con prisa y sin ninguna pausa a aplicar la alternativa Kas, la política de ETA expresada en toda su crudeza y por encima de cualesquiera obstáculos, haciendo caso omiso de los derechos de los ciudadnos y de las leyes que constituyen el marco que tan absurdamente se ha puesto a sus píes. A Bildu, como a toda fuerza totalitaria, las leyes le dan risa, lo único que van a tener en cuenta es su mitología nacionalista, secesionista y radical, su empeño liberticida. Una fuerza que ha sido capaz de asesinar y de ensalzar a los que han cometido centenares de crímenes particularmente horrorosos no va a andarse con chiquitas ahora que la inaudita sentencia del Constitucional los ha cubierto con el manto de la legalidad y les ha otorgado una aparente legitimidad democrática, aparente porque no tiene nada que ver con la democracia quien no respeta en absoluto los límites del poder y el respeto a las leyes vigentes. 

Bildu no ha llegado a las instituciones para administrar democráticamente los asuntos ordinarios que gestionan las instituciones. Bildu es una fuerza que está controlada íntimamente por una fuerza terrorista que conoce muy bien las debilidades y cobardías de la democracia española, y que está dispuestas a explotarlas sin el menor recato, sin temor alguno a las críticas que su actuación pueda suscitar, sin  tener en consideración ningún supuesto impedimento, porque no entiende otro lenguaje que el de la violencia y la imposición.

Bildu no va a tener ninguna cautela mientras tenga enfrente a un Gobierno pusilánime que no se va a atrever a hacer nada para defender el orden constitucional, para proteger a la mayoría de los vascos de la dictadura de este grupo totalitario y al conjunto de los españoles del secuestro de la democracia que Bildu ha podido llevar a cabo con la paradójica ayuda de unos votos que han crecido, como era de esperar a la vista de los antecedentes, con la insensata ayuda de quienes han querido presentar a Bildu como víctimas de una injusta restricción.

Lo que pudiera dar de sí un personaje como Garitano, redactor jefe de Egin que sacó una portada con el siguiente titular: "Ortega Lara vuelve a la cárcel", el día que Ortega Lara fue liberado,  era perfectamente previsible, de manera que la fingida indignación de quienes ahora parece que no se lo esperaban es realmente intolerable. Los que han urdido la legalización de Bildu son responsables de lo que están tramando, de lo que pueden llegar a perpetrar. Hay que esperar que un Gobierno fuerte y decidido a defender la libertad de todos sepa poner a estos aventureros totalitarios en su sitio, fuera de unas instituciones de las que nadie puede burlarse convirtiéndolas en parapeto para disparar mejor sobre los ciudadanos indefensos.

Ni la Guardia Civil ni el Ejército van a abandonar el País Vasco, pero todos vamos a sentirnos más incómodos y en peligro por culpa de la transgresión a la Constitución y la sumisión de unos jueces dispuestos a halagar hasta la nausea a un Gobierno irresponsable. 

domingo, 26 de junio de 2011

Jaula de grillos

Que la política es un oficio duro es algo bien sabido, aunque resulte de una dureza ligeramente retórica cuando las derrotas pueden afrontarse desde una sólida posición en el aparato del partido, formando parte de ese núcleo que, pase lo que pase, nunca pierde ninguna batalla. Un grupito selecto de esta clase de privilegiados fue sorprendido hace unos días, según relataba la Gaceta, en un restaurante de lujo mientras se lamía las heridas. Como demuestra su conversación, los socialistas siguen sin hacer las cosas a las que estarían obligados por decencia y por sentido común y, a cambio, se entregan al denuesto de los compañeros que consideran más responsables. Ayer, Felipe González se ganó algún calificativo nada piadoso con su parentela, por admitir que tenía pocas simpatías con las posiciones que han llevado a su partido al desastre en el que se encuentra.
Una comida con tanto cerebro pensante no sirvió ni siquiera para introducir entre amigos el debate indispensable: las razones por las que el partido ha recibido un castigo tan abultado, y lo que hay que hacer si se quiere recuperar el papel protagonista que el PSOE ha venido manteniendo en la democracia española.
La charla  entre Chacón y Barreda muestra claramente que no están preocupados por lo que le ocurre al país, ni siquiera por lo que le pase a su partido. No han pensado nunca en dimitir porque creen que el partido son ellos,  pero tampoco se sienten obligados a introducir unos granos de cordura en una situación tan desquiciada como la que están atravesando. Su gran estrategia parece consistir en esperar, y se reduce a eso porque pueden hacerlo, porque piensan, y seguramente acierten, que nadie les va a decir nunca que son tan responsables como el que más en la debacle que han provocado.
El PSOE es ahora mismo una jaula de grillos, en la que no hay ni un adarme de reflexión, ni el más ligero espíritu de autocrítica. La batalla de las ideas parece proscrita, decididos como están a preocuparse, antes que nada, de que su estatus no se altere. La imperturbabilidad de los hábitos de estos dirigentes derrotados muestra hasta qué punto se han organizado bien para que nada cambie aunque nada siga igual. A veces parece como si se empeñaran en seguir el consejo de Franco, “haga lo que yo, no se meta en política”.

El PSOE se ha convertido prácticamente en un partido rural y aquí nadie parece inmutarse. La Chacón es de las que han apoyado el abrir las puertas del poder político a los que se disfrazan para no parecer ETA, pero no parece que su error de cálculo y su miseria moral le disminuya el apetito. Cada uno de estos personajes hace la guerra por su cuenta, porque la fingida unidad tras el dedazo para designar a Rubalcaba es ya una vieja monserga. Y sin embargo, el PSOE tendría que apresurarse a hacer autocrítica, a una redefinición, a tomarse en serio la vuelta al pacto constitucional, a la centralidad en la política española, para abandonar el nefasto y ridículo diseño del zapaterismo, esa maniobra para expulsar al PP del mapa, que, de momento, ha dejado al PSOE fuera de la casi totalidad  de los ayuntamientos importantes, y al margen del poder regional. Debe ser muy desagradable para los votantes socialistas comprobar la frivolidad, el descaro y el egoísmo de unos líderes tan irresponsables como miopes. En lugar de propiciar que el PSOE se replantee su estrategia, están en la mera supervivencia personal, en la lucha de todos contra todos, y así seguirán hasta que sus militantes se harten  de consentir tanta vaciedad, como si la cosa no fuera con ellos.

sábado, 25 de junio de 2011

Un gobierno risible

Hace unos pocos días tuve la oportunidad de participar en un programa de televisión, en Madrid opina, de Telemadrid, que dirige Victor Arribas, quien es, por cierto, un competente cinéfilo que acaba de publicar un excelente libro sobre cine negro.
Hay algo que quiero comentar a propósito de los temas que salieron a relucir en ese espacio y que tienen mucho que ver con lo que me ocupa hoy, con la risibilidad de este Gobierno que nos causa tantas desdichas.  Estaba reciente, en ese momento, un notable exabrupto que un cantante de moda le había dirigido al vicepresidente del gobierno, señor Rubalcaba. Hubo diversos comentarios sobre el tema, y yo apunté que estas cosas pasaban cuando los gobiernos en retirada, como ocurrió con la UCD, pierden cualquier asomo de autoridad y todo empieza a salirles sale mal. A este propósito quiero subrayar la gallardía de Álvaro Nadal, del PP, que criticó la actitud del cantante porque entendía, con toda razón, que no había motivo para tratar con tal desconsideración a quien, al fin y al cabo, es el Vicepresidente del Gobierno y merece un respeto por serlo. Me llamó muy positivamente la atención el que Nadal no se apuntase, con el oportunismo típico de tantos políticos, a hacer leña del árbol caído, con motivo o sin él. Es la ausencia de esta clase de actitudes lo que más desprestigia, y con razón, a los políticos. 
Mucho más criticable que ese presunto abuso político de la frase de una canción, me parece que Rubalcaba se haya prestado a ese paripé de primarias que le han consagrado como candidato y que supone, se pongan como se pongan, un incumplimiento de los Estatutos del partido, y es grave que se le den ejemplos al personal de cómo no pasa nada si se incumple la ley, o si se miente, una melodía que suena a celestial a tantos españoles deseosos de imponer su realísima voluntad por las buenas, o por las malas. 
Ahora bien, una cosa es faltarle al respeto a alguien, y otra cosa es la crítica política. ¿Cómo no reír ante un Gobierno que limita la velocidad aduciendo razones casi apocalípticas, y anula esa limitación pocos meses después, sin dar ninguna clase de razones? Este Gobierno facilita que se le pierda el respeto en la medida en que da lugar a situaciones objetivamente absurdas. Piénsese en lo que estamos viendo en el País vasco merced al empeño del Gobierno en forzar la mano del Constitucional para que Bildu fuese perfectamente legal, dándoles medios para que puedan desafiar a la Constitución que les ha amparado tontamente y a la ley, a todos. El presidente es un hombre enfermo de literatura, como ha demostrado Arcadi Espada, pero desconoce el refranero y el sentido común: "Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro". Tanta literatura y tan escaso buen sentido es una fórmula clásica de la comedia, aunque produzca más dolor que risa.

viernes, 24 de junio de 2011

El discurso de Esperanza Aguirre

Estos días, repletos de imágenes desdichadas que recuerdan la España más negra de los desastres goyescos, el presidente que ha de llegar en helicóptero al Parlamento catalán, mientras intentan arrebatarle el perro lazarillo al un diputado ciego, que de acuerdo con la férrea jerarquía de la partitocracia iba simplemente a píe, han relegado a segundo plano el discurso de investidura de Esperanza Aguirre. La presidenta madrileña tiene buen olfato y valor acreditado, y no ha dudado en aprovechar la oportunidad para hacer un discurso político notable y llamativo. Acostumbrados, como estamos, a que de las Autonomías no nos lleguen sino insolidaridad, particularismo y miserias, hay que celebrar que algún político se arriesgue a exhibir la parte más noble de su oficio, a arriesgar un debate de ideas. Para desgracia de todos, el antagonista principal, en lugar de fajarse con ese discurso, ha dado una vez más muestra de su condición diminuta proponiendo que “una comisión” dialogue con los indignados, esos que él toma por suyos, sin que se sepa muy bien debido a qué.

Esperanza Aguirre tras recordar que la mueven dos ideas a las que no piensa renunciar, el amor a España y a la libertad, ha dejado clara que su política liberal ha funcionado para beneficio común, de modo que pretende seguir adelante con mayor transparencia, más austeridad, y procurando una administración más eficaz. Esas palabras que, casi en cualquier otra boca, pueden resultar retórica de baratillo, resultan creíbles en labios de Aguirre porque ya ha mostrado que es capaz de aplicarlas, y, además, porque constituyen el elemento diferencial que permite explicar la mejor situación de las cuentas públicas de la Comunidad de Madrid, pese a las cargas disparatadas de ciertas políticas sociales que habría que redefinir para beneficio de todos.

Aguirre ha hecho algo más que afirmarse en una política de éxito cierto, ha tratado de imaginar de qué manera podría empezar a combatirse el divorcio creciente entre políticos y ciudadanos, cuyos síntomas no cesan manifestarse de mil modos, y no solo, por cierto, en el fenómeno de los acampados. La presidenta ha roto el marco habitual al proponer a la Cámara una modificación del régimen electoral que permitiría introducir distritos de menor tamaño, y haría razonable la posibilidad de desbloquear las listas electorales. Estoy seguro de que Esperanza Aguirre es muy consciente de que el talón de Aquiles de nuestra democracia está precisamente en que el sistema proporcional tiende a colocar las decisiones políticas exclusivamente  en manos de los partidos, haciendo que la elección de los representantes se limite a una especie de refrendo sin demasiada trascendencia.


Un sistema con distritos más pequeños posibilitaría  que esto empezare a corregirse, y que los españoles comenzásemos a ver las ventajas del sistema mayoritario con pequeños distritos, el sistema inglés, que favorece todo lo contrario, que los partidos tengan que estar mucho más atentos  a lo que desean y piensan sus electores e impide, sobre todo, que la carrera política pueda hacerse enteramente a espaldas de los ciudadanos, que es lo que ocurre hoy en día con la mayoría de los políticos profesionales, unas gentes que solo deben preocuparse de su posición en las diversas covachuelas, y de incrementar la predilección de los que mandan. Todo ello propicia la sumisión de la iniciativa política a una disciplina un tanto asnal que nada tiene que ver ni con la libertad ni con la democracia. Como es de esperar, el avispado Gómez ha sospechado inmediatamente de las muy perversas intenciones de la presidenta, a la que ha acusado de tener una ideología liberal como si la condenase por dar caramelos envenenados a los niños socialistas.

Es relativamente fácil despachar la iniciativa de Aguirre con un mohín despectivo, considerándola mero populismo, una muestra innecesaria de sensibilidad hacia lo que más se ha repetido en los corrillos de Sol, antes de que decidieran entregarse al acoso de los distintos Parlamentos. Sin embargo, la propuesta de la presidenta madrileña es valiente y oportuna porque significaría abrir una vía a la democratización de los partidos, ese mandato constitucional que produce tanta risa a los políticos que se jactan de conocer bien el sistema y de saber sacarle el  ciento por uno, aunque no, ciertamente, ni la gratitud ciudadana ni la fama imperecedera. Es muy notable que un político mantenga una conciencia clara de que su obligación es servir a la patria común y, en este caso, a los intereses de los madrileños, que sepa que está a su servicio y no por otra razón que porque ellos le otorgan su confianza y que, por saberlo, se apreste a sugerir sistemas que pueden incrementar de manera muy efectiva el control ciudadano, la libertad política de todos. Que Aguirre se atreva a proponer, como lo ha hecho, el debate sobre una cuestión tan decisiva  ha sido una noticia tan inesperada como excelente.


Abusos de las telefónicas

jueves, 23 de junio de 2011

Garzón busca salidas




El señor Garzón, que no sabe estarse quieto y, mucho menos,  esperar pacientemente a que se le juzgue con calma e imparcialidad, da la sensación de estar pensando en ofrecerse como líder indiscutido de esa multitud de indignados que parece estar dispuesta a estar contra todo, menos contra lo que tenía que estar. Indignados & Garzón podría ser una marca con tirón electoral, aunque a la postre no vaya a servir para otra cosa que para buscar la inmunidad que pudiere proteger a este pintoresco aventurero con el manto de los electos. Garzón, que ha demostrado más allá de cualquier duda su enorme excelencia en los procesos en que se la ha consentido ser juez y parte, debe temer como a un nublado la mera posibilidad de que jueces de verdad le acaben poniendo en su sitio. Como mago que es del intrusismo oportunista trata de encabezar un movimiento que justifique sus yerros como un exceso más de los indignados.
Solo así se entiende el elogio de los indignadanos que acaba de perpetrar en la prensa más adicta. Su texto es un ejemplo estelar de prosa laudatoria, de halagos a gente que supone no ha leído ni a Esopo ni a Samaniego, y a la que no se le alcanza que el elogio al pico de oro del cuervo pueda ocultar la zorrísima intención de quedarse con su queso. “Señor bobo, / pues sin otro alimento, / quedáis con alabanzas / tan hinchado y repleto, /digerid las lisonjas / mientras yo como el queso. / Quien oye aduladores, / nunca espere otro premio”.
Sin vergüenza alguna, ha compuesto una pieza que no se sabe si produce mayor pena por su pésimo estilo, o por la endeblez de sus razones. Pero el propósito resulta tan obvio que no se recata en formularlo en clave  poética: “si bien es cierto que, como dice el aforismo africano, el desierto se puede cruzar solo, es más seguro y fiable hacerlo acompañado”. Garzón ofrece un camino de salvación a la alegre muchachada para que le acompañe en su búsqueda del Grial de la inmunidad, para llegar a esa posición en la que ni siquiera un juez de la horca, como los del viejo oeste, pudiera ponerle la mano encima.
Lo que más asombro produce es la confianza de Garzón en que los indignados le identifiquen sin apenas vacilación como uno de los suyos, tan enemigo del capital como del despilfarro, un incorruptible, a prueba de comisionistas, un tipo sencillo, discreto, sin afán alguno de protagonismo.
Tal vez recuerden los indignados como ha tratado de tu a tu al señor Botín, “Querido Emilio”, sin abajarse a tener en cuenta ni la grandeza ni el poder del banquero, instándole muy dignamente a pagar un curso en defensa de los afligidos, y sin reparar en que el banquero tuviese un asuntillo de su entidad en su juzgado. ¿Cabe mayor ejemplo de decencia?
Tampoco dejarán de notar los más avispados de los indignadanos la flexibilidad del señor juez para condenar o liberar de las mismas penas y por los mismos casos a las mismas personas, en horas veinticuatro, con solo una ligera variación de la dirección del viento político. Eso es un líder, deberán pensar, porque,  como decía  el verso quevediano, Garzón sabe muy bien que si quieres que las gentes te sigan, “ándate tú delante dellas”.
Garzón muestra ser un gran pensador, no un simple oportunista, y eso es algo que los chicos acampados necesitan de forma inmediata. Garzón advierte, que nadie se llame a engaños que “el siglo XXI ha revolucionado (sic) para siempre los viejos mecanismos de participación política”, y que, pase lo que pase, ahí estará él para dirigir lo que fuere.

miércoles, 22 de junio de 2011

Una crisis que amenaza pudrirse

La literatura política ha echado mano de manera muy frecuente de la metáfora de la nave para referirse a los asuntos del Estado, a la deriva de los problemas nacionales. La nave española parece encontrarse ante una serie de amenazas que si no llegan a constituir la tormenta perfecta, tampoco le andan muy lejos. Seguramente lo más peculiar que nos pasa es que se han juntado varias situaciones agónicas, a la vez que hemos debido soportar los efectos de un desgobierno realmente muy pernicioso porque ha jugado con nuestras vidas y haciendas tratando de ahuyentar los peligros con frases pomposas y con acciones ridículas y contraproducentes. Además del castigo que siempre inflige un mal gobierno, sobre todo si es persistente, como es el caso, padecemos, al tiempo y como mínimo, una crisis financiera, una crisis de modelo productivo, una crisis constitucional, y una fortísima crisis de credibilidad, además de un buen número de graves desajustes en asuntos nada menores como la Justicia o la Educación.

Ante un panorama tan sombrío y amenazante, a mucha gente le pasa que no sabe si viene o si va, si ponerse a servir o tomar criada. Les ocurre lo que a los indignados, que saben dónde duele, pero ignoran la causa, y discuten de forma confusa y bastante primitiva, contaminada del voluntarismo poético con el que Zapatero ha deteriorado el ambiente,  sobre lo que habría que hacer. En una situación política normal, es evidente que estaríamos a punto de adoptar medidas excepcionales con el apoyo de todos, pero con la política que padecemos eso es hablar de lo excusado.
La solución que debiera imponerse desde un punto de vista lógico, una vez descartado por inimaginable, lo que es tremendo, un pacto de estado en forma de gran coalición, es la convocatoria inmediata de elecciones generales. Es lo que acabará sucediendo, porque apenas queda tiempo útil para otra cosa, pero hay que subrayar que nunca podrán tener el mismo efecto político unas elecciones que se convocasen con gallardía y convicción para pedir al pueblo, incluso con dramatismo, que  se pronuncie con claridad sobre las políticas contrapuestas, que unas elecciones a redopelo, que se celebren porque no se pueden evitar.
Como estamos ante este escenario, resultaría  verdaderamente preocupante que los fenómenos en que se concreta el clima de rechazo hacia las instituciones se volcasen sobre las elecciones y sobre su vencedor, que se arriesgaría a ganarlas con una notable merma de legitimidad.  Es obvio que una manipulación de tal calibre es poco sensata, pero la subversión y la alteración del orden, el clima que precede a las revoluciones, suelen tener poco que ver con la sensatez. Además, a quienes interesa que se generalice el motín, no necesitan que ninguna revolución triunfe; en realidad son tan enemigos de ella como los conservadores más recalcitrantes,  porque les basta la serie de beneficios marginales que creen obtener con la crispación, la tensión y el desorden, y no sería la primera vez que usasen este tipo de estratagemas para acrecer una colecta de votos muy mermada.
Como era previsible ante la gravedad del caso,  se ha desatado un proceso con características inéditas. Quienes se obstinen en interpretarlo, y en torcerlo, de manera partidista, tratando de poner en aprietos a un PP que es claro favorito para ganar las generales con amplitud, no deberían desechar la verosimilitud del efecto contrario, que el PP aumente sus votos por el miedo que desencadena un proceso de apariencia, al menos, revolucionaria.

Es muy lamentable la devaluación de la democracia que se denuncia por todas partes, porque además es muy injusta, muy poco inteligente. Cualquier persona que no sea ciega e insensible tiene que sentirse dolida con el daño que, por culpa de políticos mediocres y cobardes, se está haciendo a los principios de la democracia liberal por la que siempre han luchado los mejores de entre nosotros y que muchos jóvenes apenas pueden valorar porque, muy equivocadamente, los dan por descontados, ignorando que la libertad siempre está en riesgo y que, como dijo Jiménez Lozano, es una capa muy fina la que siempre separa la civilización de la barbarie. A pesar de todos su feos e ingentes defectos del presente, la democracia ha significado para España una época de progreso y de bienestar, nada común en nuestra historia.
Pase lo que pase, la convocatoria de elecciones tendrá que servir para restaurar la confianza en la democracia y en los valores que la hacen preferible, ahora muy deteriorados, y eso dependerá, sobre todo, de la grandeza de miras y del patriotismo de nuestros líderes, pero también de la inteligencia y el valor de quienes no estamos dispuestos a consentir que esta crisis se pudra, y, con ella, nuestra esperanza, y la de toda una generación que ahora está asustada y desesperada porque no tiene horizonte, porque nadie le ofrece otra cosa que becas inútiles, aplazamientos, subsidios y mentiras.
Publicado en El Confidencial


A vueltas con el canon

martes, 21 de junio de 2011

El jardín griego


Según una noticia de El Mundo, este humilde macetero ante un hospital ateniense precisa de 45 jardineros para su mantenimiento. No hace falta que la noticia sea exacta, basta con que sea aproximada para comprender los errores y los horrores de la economía griega, de un modo de vida absolutamente insostenible, por más manifestaciones y protestas que se le eche al asunto. Al conocer el caso, he recordado lo que me contó un amigo directivo de Telefónica sobre el número de médicos que tenía en plantilla la compañía argentina que compró la española para instalarse en Buenos Aires: eran  miles, lo que es enteramente surrealista, pero además, y como es lógico, se tardaba meses en conseguir un teléfono en Argentina. Imagino que ahora las cosas estarán mejor por allá, y no solo para Telefónica.
Muchas de las políticas sociales y de empleo de la izquierda, sea griega o peronista, consisten en un sueño, una pesadilla, en realidad, imposible y voluntarista, en la imaginación irresponsable de una sociedad universalmente subvencionada, una posibilidad tan absurda como la quimérica hazaña del Barón de Münchhausen que afirmaba haberse  librado de perecer ahogado en un pantano tirando de sus pelos hacia arriba. La verdad, dura pero cierta, es que si nadie produce y vende cosas que gusten a los demás no habrá nada que repartir, y, además, el mundo entero es cada vez más competitivo, de manera que es irreal contar con que se vayan a poder mantener chollos como el de los jardineros griegos, que seguramente no iban nunca a trabajar.

lunes, 20 de junio de 2011

La reforma electoral

La propuesta de Esperanza Aguirre para modificar el sistema de elección de los parlamentarios de la Comunidad de Madrid ha tenido la virtud de poner negro sobre blanco un debate que responde a una amplísima demanda social.

Son muchos los españoles que se quejan de la escasa representatividad de los políticos, mucho mayor, en cualquier caso, de la que pueden reclamar cualquier especie de movimientos. El sistema de partidos ha evitado el riesgo de fragmentación, muy visible en la transición, pero puede haber incurrido en una excesiva rigidez. El sistema proporcional tiene sus ventajas y sus inconvenientes,  y entre éstos está el hecho de que, obviamente, favorece que los partidos políticos puedan alejarse cuanto quieran de la voluntad explícita de sus electores. Tras casi cuarenta años de vigencia, es normal que se plantee revisar la ley electoral buscando una reforma que favorezca más a los electores.

En los orígenes de la transición, se planteó  la adopción del sistema mayoritario, que favorece más la gobernabilidad y que, en conjunción con distritos de pequeño tamaño conduce a un Parlamento que respete la distinción entre el ejecutivo y el legislativo, ahora enteramente inexistente. Los partidos de izquierda, se opusieron por el miedo a que los políticos que provenían del régimen, apoyados en su mayor notoriedad, pudieran  dejar fuera de juego a los jóvenes y desconocidos políticos de la izquierda, de manera que se optó por el sistema proporcional, posteriormente constitucionalizado en el artículo 68, al tiempo que fijaba la provincia como distrito electoral. Cualquier modificación de estas dos normas exigiría, por tanto, una reforma constitucional. Ahora bien, esto no quiere decir que no se pueda hacer nada sin tocar la Constitución: ésta es la línea en la que apunta la propuesta de Esperanza Aguirre y, según publicó La Gaceta, ésta es también una propuesta que contaría con el visto bueno del Consejo de Estado.

Según se desprende de los estudios que ha realizado el Consejo de Estado, sería perfectamente factible reforzar  el poder de los electores para designar los candidatos concretos a favor de los que depositan el voto. Este avance, que el Consejo advierte que podría crear dificultades a las direcciones de los partidos, obligaría a los partidos a democratizar de alguna manera su estructura y funcionamiento, según ordena la Constitución Española en su artículo 6, y podría llevarse a cabo mediante un cambio relativamente sencillo en el sistema de listas cerradas y bloqueadas, que se podría reforzar, como sugiere Aguirre, en el caso de las elecciones autonómicas, introduciendo distritos de menor tamaño para elegir menor número de diputados. 


El Consejo de Estado, estima que el sistema probablemente tendría efectos beneficiosos en la medida en la que fomenta la participación política de los ciudadanos, y, por tanto, hace posible una mayor implicación de los españoles  en el funcionamiento de las instituciones. No tiene mucho sentido empecinarse en mantener el statu quo cuando son evidentes los defectos a los que ha llevado el régimen actual, y es perfectamente lógico ir ensayando con pequeñas reformas que, en su día, pudieran conducir a la modificación de la Constitución, incluso a la adopción del sistema mayoritario, pues ahora no tendría ningún sentido invocar el argumento de que unos políticos no resultan ten reconocibles como otros. La reforma ideal sería, por tanto, la del régimen de las Comunidades Autónomas que prestarían así una experiencia muy valiosa al conjunto de la Nación.


Valle Inclán y los nombres de dominio

domingo, 19 de junio de 2011

El sueldo de Galán

Siempre he creído que lo que la gente llama corrupción, y que no es sino indecencia y robo, se trasparenta más en los asuntos públicos que en las grandes empresas, sin que esto quiera decir que el comportamiento de quienes las gobiernan sea más transparente, o más decente: todo lo contrario, y espero que esto no se tome como una defensa de los políticos, con la que está cayendo. Las grandes empresas  suelen ser campos abonados para las más diversas corruptelas, para el enriquecimiento desorejado de sus jefes; esto ocurre con facilidad porque estas empresas son anónimas, parecen no tener otro dueño que sus gestores que, con gran frecuencia, se dedican a esquilmarlas sin que nadie caiga en la cuenta de la gigantesca estafa a los accionistas, y al público en general cuando viven protegidas por legislaciones muy favorables. Al   cotizar en Bolsa, pueden ser manejadas de manera alegre por un grupo bien organizado de ejecutivos que se conforman con que suba la acción, lo que no siempre depende de ellos cuando ocurre, y con dar el dividendo y los bombones. Con mucha frecuencia, los directivos de estas grandes empresas, y esta denominación se refiere a varias decenas, o centenares, de personas, se guían por procedimientos que están completamente al margen de cualquier sentido de la responsabilidad y de la congruencia, por normas que, en realidad, son el disfraz de prácticas de corrupción   perfectamente organizadas y que apenas impresionan al público, porque, aunque se saquen a la luz, la gente, incluyendo a los accionistas, no se fija en esos detalles sórdidos. Desde un punto de vista ético, ese tipo de prácticas merece considerarse  como corrupción, son cosas que no debieran hacerse, y que no se harían si los sistemas de control fuesen algo más exigentes, si el público estuviese algo mejor informado, y si Hacienda no fuese el desastre que es entre nosotros, un ente voraz cuando persigue a un pensionista, pero incapaz de aclararse con las declaraciones, generalmente líricas, por ejemplo, de un Botín o de un Galán.
Viene esto a cuento de la escandalera que se ha armado en Inglaterra porque uno de nuestros hombres del Presidente, uno de esos senadores del dinero que se reúnen frecuentemente con José Luis en la Moncloa para ayudar a los intereses generales de forma enteramente desinteresada, se ha subido escandalosamente el sueldo, por no hablar de las stock options y otros variados complementos, siempre muy merecidos, qué duda cabe. Se ve que a Inglaterra no llega la imagen desinteresada del señor Galán, siempre dispuesto a sacrificarse, y allí ha molestado mucho el que se haya subido el sueldo en un cien por ciento pocos meses antes de incrementar sustancialmente las tarifas de millones de hogares (accedan al enlace antes de que lo quiten, que lo quitarán para que el medio no pierda la cuenta de publicidad del señorito concernido). Estos ingleses son unos insolidarios, no cabe duda. Aquí, por el contrario, como la luz apenas ha subido, y como ese es un mercado transparente y desregulado, nadie se fija en lo que trincan los Iberdrolos. Es mentira que los españoles seamos envidiosos, eso es parte de la leyenda negra. Aquí estamos encantados de que los tipos listos se forren son control alguno, aunque sea a base de subirnos las tarifas, listos que son que saben hacerlo sin que nadie se entere y, además, de que el Presidente los tenga por amigos, con su dinero que hagan lo que quieran, que diría un liberal.


¡Querétaro!

sábado, 18 de junio de 2011

El Parlamento miope


Hay veces que uno quisiera decir cosas que son difíciles de decir, y hay que armarse de valor. Así que allá voy. Desde luego que estoy en contra de que los acampados, indignados, antisistema, 15-M, o los que fueren, asalten el Parlamento catalán, pero también estoy en contra de que el presidente de Cataluña pueda usar y haya usado un helicóptero para evitarlos y cambiar de calle, de que no haya sido capaz de afrontar las cosas de otra manera, y haya consentido que un diputado ciego, con riesgo para él y para su perro lazarillo, haga a pie el camino que él ha hecho en aeronave.
Pues bien, dicho esto, no tengo más remedio que expresar mi convencimiento de que si hubiese algún Parlamento merecedor de un asedio, que no lo hay,  el Parlamento catalán sería de los más indicados. Me basta para justificar esta suposición dos declaraciones posteriores a los hechos, la de un tal López Tena (¡lástima de apellidos!) que se ha quejado, en el colmo de su miopía y estrechez de miras, de que le insultaran en español, y la delirante petición de Carod Rovira para que los indignados vayan a mear a España, que es su país (también el de CR, aunque finja lo contrario).
Cuando una de las cosas que está pasando, y se comprenden mal, es que el mundo es más ancho y ajeno que nunca, algunos catalanistas especialmente cejijuntos pretenden seguir cultivando en exclusiva un huertecillo que siempre ha vivido, como los demás, y más que los demás, del comercio, de la apertura, de un cierto melting pot, y son tan necios que no son capaces de tener otra idea en sus diminutas cabezas de que Cataluña es suya. Es lamentable tanta miopía y tanto egoísmo. Ahora otro torpe de la misma colla de memos y cegatos ha empezado a recomendar que no se tome Rioja porque así no se hace patria: este personajillo ha decidido preconizar el patriotismo alimentario ¡Vaya tropa!
¡Viva el correo electrónico!

jueves, 16 de junio de 2011

Caput Hispaniae

Los sucesos de Barcelona tienen un inconfundible aire hispánico, mal que les pese a los muy catalanistas que se imaginan no españoles, y, con ello, dan, a su manera, una potente muestra de la españolía más rancia. Repasemos lo de Barcelona y díganme si no recuerda la España más negra, las escenas terribles de los desastres goyescos. Para empezar un President que no se atreve a entrar al Parlamento como debiera, y cruza la calle en helicóptero, sin que le importe que un diputado de a píe, y ciego por más señas, haga el mismo recorrido acompañado de su perro guía, exponiéndose a que los revolucionarios le arrebaten el can, cosa que no ocurrió de milagro. Siempre ha habido clases en Barcelona, el President por los aires, el ciego a calcetín y perro. La férrea jerarquía de la partitocracia distingue con nitidez entre la seguridad del baranda y la protección a un mero comparsa, a una figura de reparto. Cobardía y ostentación en un mismo acto, no se puede pedir mayor ridículo a una escena pretenciosa que explica por si sola el distanciamiento de la gente.
De los activistas, no digamos nada, forman parte de nuestras más recias tradiciones de ignorantes y atrevidos, de coléricos sin tasa, de arbitristas borrachos y consentidos. ¡Qué espectáculo!
El Chromebook ya está aquí

miércoles, 15 de junio de 2011

Panorama desde el puente

Tomo el título de Arthur Miller porque me parece que lo que nos pasa a los españoles no se entiende bien desde las alturas. La distancia física y moral en la que se sitúan los que mandan facilita la confusión: desde el puente, lo que pasa puede parecer relativamente previsible y ordenado, pero, como en el drama de Miller, no es así.

La historia política solo parece coherente cuando se contempla a toro pasado. Antes de que las cosas sucedan, la coherencia ocupa un lugar mediano, apartada por lo imprevisible, lo azaroso, y lo discontinuo. Si eso es así en general, la contingencia se acentúa cuando se viven tiempos excepcionales, y estos lo son, sin duda alguna. No hace falta esforzarse en demostrarlo cuando acaban de dimitir tres miembros del Tribunal  Constitucional, por lo demás, de filiaciones muy distintas. Nos está pasando algo que no cabe resumir en un “lo de siempre”, y eso hace que el panorama pueda ser especialmente sombrío, en especial si los políticos renuncian a coger el toro por los cuernos, como se dice de forma tan expresiva.

Hay un diagnóstico que se repite con mucha frecuencia, y que oculta un gigantesco equívoco. El sistema no funciona, se dice, los políticos no solo no resuelven nuestros problemas sino que constituyen un problema que preocupa a muchos. Ahora bien, ¿qué es exactamente lo que no funciona? Mi hipótesis no es que el sistema falle, sino que, entre unos y otros, el marco constitucional se ha ido deteriorando sin que se llegase nunca a aplicar más que en beneficio de parte. Pongamos un ejemplo: la reciente sentencia del Tribunal Constitucional permitiendo a Bildu la participación plena en las elecciones sin que ETA haya dejado de existir puede ser leída como una legitimación a posteriori del terrorismo, algo así como “No importa que asesines, violes y te saltes la ley, si tienes un número suficientemente alto de partidarios”. Esa deberá ser, por cierto, la lectura que los indignados más radicales, aunque no sean precisamente finos constitucionalistas, o quizás precisamente por eso, le estarán dando, es decir, “podremos hacer lo que nos de la gana con tal de que mantengamos la presencia y la lealtad de un grupo numeroso”.

Análisis parecidos podrían hacerse sobre el funcionamiento de los partidos; no hay ninguna ley que habilite sus prácticas más necias, su intolerable apropiación de todo, pero los sostiene el poder de los votos,  y, como no hay un Estado que se defienda, menos habrá un poder que defienda las libertades de los ciudadanos, sobre todo cuando muchos ciudadanos estén, como están, dispuestos a sacrificar su libertad por cualquier promesa, ventaja o bagatela. Que el sistema no funciona quiere decir, sobre todo, que nadie defiende el interés general, que nadie se detiene a pensar que lo que puede ser beneficioso para una Autonomía, es un ejemplo, puede ser letal para todos los demás, o que lo que convenga al sistema financiero puede resultar muy dañino para la economía de los ciudadanos que pagan pacíficamente sus impuestos.

El sistema es tan débil que nos invita a tomarlo a chacota, y por eso ni funciona, ni puede funcionar. Pero su debilidad no depende de su forma jurídica, sino de la falta de ambición y de valor de quienes lo gestionan, siempre dispuestos a ceder al empuje de los menos contra los derechos e intereses de los más. El artículo 155 de la Constitución autoriza al gobierno para impedir que, por ejemplo, una Autonomía atente al interés general, pero los jerifaltes han aprendido hace tiempo que los tigres de Madrid son de papel.

¿Hay que reformar el sistema? No hay ningún sistema que sea perfecto, ni falta que hace. Lo que necesitamos es políticos que de verdad hagan política, y no meros administradores de un bienestar que ya es cosa del pasado, nos pongamos como nos pongamos. Y en estas, se prevé la llegada del PP a Moncloa, con un programa de mínimos, como si aquí lo único que pasara es que el Gobierno no inspira confianza, que no la inspira, y todo se fuere a arreglar de manera milagrosa al minuto siguiente de la toma de posesión de Rajoy. No será así, desde luego, entre otras cosas porque habrá quien se encargue de que todo se ponga bastante peor en ese mismo momento, parafernalia de indignados incluida.

¿Es que Rajoy no va a poder hacer nada? Poco podrá hacer si no se da cuenta de que el problema que tenemos es bastante más grave que un déficit brutal, o que un paro insoportable. Tenemos una democracia que ha premiado abundantemente la irresponsabilidad, que ha tendido a tirar casi siempre por la línea del mínimo esfuerzo, y hace falta que alguien le diga a los españoles que así no se va a ninguna parte. Ya sé que aquí no abundan los ciudadanos capaces de soportar el discurso de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, pero no debiera haber mucha duda de que, si se quiere hacer algo más que el paripé durante un par de años, habrá que procurarlos, porque no parece probable que vayan a surgir de milagro.

martes, 14 de junio de 2011

La rendición de la bandera



Es verdad que, como ha dicho Regina Otaola, el éxito electoral de Bildu significa haber perdido una batalla, pero no supone haber perdido la guerra. Claro es que para ganar una guerra hay que empezar por reconocerla, y, además, hay que combatir. El gobierno de Rubalcaba, de quién si no, está muy lejos de cumplir con esas dos exigencias.  Lo malo para Rubalcaba es que la guerra a la que renuncia es la guerra de la ley frente a la barbarie, la defensa de la democracia y de la libertad política frente a los totalitarios que imponen su voluntad por la fuerza, sin renunciar a ninguna forma de violencia y, muy especialmente, a la violencia cotidiana, a la extorsión política, a la toma de la calle  pisoteando el derecho de los ciudadanos comunes y pacíficos a no vivir en un continuo estado de excepción y de inseguridad jurídica.
Pero las grandes batallas se empiezan perdiendo con los símbolos, y por eso han retirado la bandera de los Ayuntamientos que controlan. Los enemigos de la libertad conocen muy bien las debilidades de la democracia española, y las explotan de manera inmisericorde en su beneficio. Así, han conseguido colar para denominarse el término de izquierda abertzale, tratando de ocultar lo que realmente son, partidarios de un orden impuesto por el terror, por una banda de asesinos que trata de disfrazarse de fuerza militar.  El PSOE de Alfredo ha coqueteado miserablemente con esa terminología engañosa y, tratando de nadar y guardar la ropa, ha bendecido su presencia en las instituciones con la vana esperanza de que el poder político les quite las ganas de acabar con la libertad.
Hasta aquí se trata de un tremendo error político, un error muy caro desde el punto de vista electoral, pero hay algo más. El gobierno de Rubalcaba tiene la responsabilidad de velar por el cumplimiento de la ley, y no puede tolerar que sea violada de manera impune por unas instituciones que pretenden actuar en el marco de la legalidad, aun cuando estén dirigidas por los colaboradores de los criminales. El PSOE de Alfredo puede seguir hablando, si prefiere engañarse y tratar de engañar a sus votantes, de izquierda abertzale, pero el  gobierno de Rubalcaba no puede consentir sin mover una pestaña que se incumpla la ley, que la bandera española sea arriada de manera vergonzosa de numerosas instituciones vascas como si España hubiese dejado de existir en aquel territorio, y como si los numerosos vascos que se sienten españoles tuvieran que empezar a sentirse extranjeros por culpa de los nuevos munícipes. La Constitución, las leyes vigentes y la jurisprudencia constante del Supremo son unánimes al respecto. No se puede consentir que la bandera española deje de ondear en instituciones que se nutren del presupuesto común, y que se asientan en el territorio nacional. Es una vileza miserable que el gobierno mire para otra parte y que ni siquiera haga asomo de tomar alguna medida. El gobierno de Rubalcaba se refugia aquí, según sus reiteradas declaraciones, en la acomodaticia doctrina que se olvida de cumplir la ley con la disculpa de evitar un mal mayor. Eso no vale gran cosa con los acampados, pero es de una hipocresía superior con unos personajes que han adquirido la condición de autoridad pública, y que están especialmente obligados a cumplir la ley que les otorga sus poderes. El Gobierno debe dejar de disimular y reponer la bandera nacional en los ayuntamientos, porque somos una inmensa mayoría los que queremos verla allí, y eso es lo que ordena la ley.



Facebook deja de crecer

lunes, 13 de junio de 2011

Bildu en el poder


Estos días se han podido contemplar con todo detalle las razones que debieron haber bastado para que Bildu no participase en las elecciones. Sus más de mil concejales, testaferros de ETA para el Supremo, se ciscaron en la Constitución, en la ley y en el dolor de las víctimas glorificando a los asesinos, amenazando a la prensa y a quien no se pliegan a sus designios, intimidando a los concejales que no son de su cuerda.
Este espectáculo ridículo y vergonzoso es fruto de la cobardía unos jueces del Tribunal Constitucional que prefirieron seguir las consignas de Zapatero y de Rubalcaba en lugar de defender valientemente, como era su obligación, la plena constitucionalidad de la sentencia del Supremo que excluía de la convocatoria a los secuaces de los terroristas. Bildu ha demostrado en el día de ayer que no quiere  participar en la democracia, que, como sus mentores de la capucha, la serpiente y el hacha, lo que quiere es imponer la dictadura del terror mediante medios aparentemente menos violentos que los de los pistoleros, pero igual de intolerantes, igual de anti-democráticos, igual de incompatibles con la libertad política de todos. Los gritos a favor de la secesión, la postergación de la bandera nacional, que la Constitución ordena que esté presente en todos los Ayuntamientos, y las pancartas a favor de quienes cumplen condenas por crímenes horrendos han supuesto una burla sangrienta para todos, pero, en especial, para esos miles de víctimas que han pagado con su sangre y su dolor, la vesania de estos canallas. Las víctimas han soportado con un civismo admirable la violencia que se ha ejercido contra ellas, con la esperanza de que la ley y la democracia supieran defenderles, pero ya se ve que ha habido quienes han preferido el entendimiento con los etarras.
La deslealtad del Gobierno y de los jueces del Tribunal Constitucional que han sido fieles a las consignas recibidas por Pascual Sala, un felipista en la corte de Zapatero, son los causantes directos de este espectáculo que debiéramos habernos evitado. Pero ha habido también partidos, como el PNV, que, con el hipócrita recurso de condenar la alianza entre el PP y el PSOE como un mal absoluto, han facilitado el acceso de Bildu a algunas alcaldías, como la de San Sebastián, en las que los filo-terroristas no habían alcanzado un número suficiente de votos.
Gracias a la estúpida astucia que se le supone a algunos, y a la cobardía general, los herederos de Batasuna han conseguido alcanzar la hegemonía municipal en el País Vasco. Es seguro que el PSOE y el PNV se han confundido en sus cálculos, pero lo más grave es que han vuelto a dar una prueba evidente de lo poco que les importa la democracia cuando sus exigencias se oponen a su ambición de poder, lo único que les importa. Ayer domingo ha sido un día triste en la hermosa tierra vasca. La cobardía, la traición y la mentira han vuelto a imponerse sobre el verdadero deseo de paz, de libertad y de convivencia. No tardaremos en ver las consecuencias de todo esto. Los de Bildu no van a conformarse con lo mucho que ya tienen, porque lo quieren todo. La democracia va a ser, de nuevo, puesta a prueba en el País Vasco. Confiaremos en que en la Moncloa haya un político más exigente y fiel a España, y que los tribunales no escriban a otro dictado que el de los mandatos que realmente les obligan, la defensa de la Constitución, de la libertad y la dignidad de todos y de la unidad de España, patria común de todos los españoles, diga Bildu lo que diga.

domingo, 12 de junio de 2011

El insólito prestigio de una palabra

Me refiero a regeneración una palabra que, a la hora de hablar de los problemas políticos,  se repite como si  fuera un auténtico bálsamo de Fierabrás. A ella se refieren unas clarividentes declaraciones de José Varela Ortega en El Imparcial: “Quizá podríamos empezar evitando el término “regeneración”, una idea que arranca de 1898, positiva pero desmedida, que evoca ecos catastróficos y despierta expectativas poco razonables”. En efecto, quienes defienden la regeneración se dejan llevar por una analogía biológica mal fundada, muy típica del voluntarismo y del radicalismo hispano, poco propenso a hablar de los problemas como modo de buscar soluciones adecuadas y modestas. Los regeneracionistas pretenden que no hay nada salvable en el orden político vigente, aluden también a una brumosa crisis de valores, sin darse cuenta de que uno de nuestros males ha venido siempre el radicalismo mal administrado, el arbitrismo que, para mayor INRI, se suele aliar con esa mentalidad propia de la cruzada, de la idea de guerra santa con la que nos contaminamos de tanto pelear y convivir con los sarracenos.
Son muchas las cosas que no van bien en la política española, pero, como no me canso de repetir, todas ellas derivan, en último término, de defectos típicos de nuestra cultura política. No servirá de nada la apelación a una supuesta regeneración que nadie sabe de dónde podría venir, dado que el resto de las instituciones españolas, la universidad, la prensa, la justicia, etc. etc. no son precisamente ejemplares. No se trata pues de regenerar nada, sino de sean muchos los que empiecen a actuar con coherencia y valor, de  una manera libre y educada, defendiendo sus posiciones y tratando de entender sin demonizar las ideas de sus adversarios. Ya sé que todo esto puede parecer más utópico que la regeneración, pero, al menos, tendríamos la ventaja de no engañarnos con palabras simples que ocultan una gigantesca dosis de malentendidos.


Impresoras sin cables

sábado, 11 de junio de 2011

Gusano, capullo, mariposa

Nunca me llamó la atención, cuando era niño, el cultivo de los gusanos de seda, que, como a rachas, estaba bastante de moda entonces. Me producía algo de asombro y de asco esa sucesión de fases en un bichejo que nunca llegué a apreciar por su belleza. Ahora me viene a la memoria a la vista de la notable transformación que está experimentando el movimiento del 15-M, las acampadas, a los que no me gusta llamar indignados porque el colmo es que pretenda nadie, ni siquiera ellos, a veces tan ingenuos como intolerantes, acaparar ese estado de ánimo que, desgraciadamente, resulta tan común en la España del ocaso zapateril.
Los acampados eran, al comienzo, un movimiento atractivo y original, decían cosas que muchos pensamos y, aunque no sabían nada de soluciones, en lo que no son mucho peores que casi todos los demás, significaron un cierto soplo de frescura. Era mosqueante que tomasen el nombre de un panfleto francés lleno de bobadas, pero todo era disculpable en ellos, o así me parecía, en la medida en que eran el testimonio de que algo olía a podrido, y no precisamente en Dinamarca.
Pronto cayeron en la tentación de descubrir lo que no existe, lo que es imposible, y la escasa ilustración media no les ayudó a buscar salidas positivas y viables, pero eso era todavía disculpable porque no ha existido, que yo sepa, ni una sola revolución que empezase con las cosas claras y con ideas precisas: todas han sido contra y han aprendido después, con enormes costos, cómo restaurar el orden trastocado, cómo lograr un nuevo orden mejor que lo anterior.
En cualquier caso, el movimiento se encapsuló y empezó a verse rodeado de lo peor de cada casa, un riesgo cierto que creo no han sabido sortear los más despabilados. De manera inmediata vino la toma de la cabeza por gentes que sí saben lo que quieren, es decir que creen saberlo, y eso que creen ya no tiene nada que ver con la denuncia de los fallos del sistema sino con una determinada opción, muy a la izquierda, que rechaza la mayoría de los ciudadanos, aunque, en general, es sabiamente utilizada por la izquierda política para lograr que la derecha saque los píes del tiesto o se muestre en su faceta más necia y menos atractiva.
Los asaltos, las protestas por la regulación laboral, las sentadas ante ayuntamientos y parlamentos, forman parte del mobiliario político de los anti-sistema, es decir de la izquierda que no se esfuerza nada en disimular su condición anti-democrática, casi siempre con la disculpa, por cierto, de su apuesta por una democracia real.
No sé cómo acabará esto, pero me temo que lo mejor que había en los comienzos, se haya agotado y no quede ya más que ese necio repetirse de la extrema izquierda. Bien pensado, hasta la fecha, habíamos tenido bastante suerte, porque pese a llevar más de treinta años de sistema democrático, nos habíamos librado de una Batasuna española, y me temo que eso es lo que se pueda estar gestando. Ojala me equivoque.


viernes, 10 de junio de 2011

La falta de respeto a la ley

Faltar al respeto debido a la ley es una de las características más frecuentemente subrayadas en la conducta de los españoles. España es, sin duda, un país de privilegios, un viejo país en el que, al tiempo que está vigente un igualitarismo cultural que a veces es chabacano, pero que suele ser llevadero, esa campechanía de la que han hecho gala, antes que nadie, nuestros reyes, funciona de manera muy general el principio de que la ley solo obliga si no hay otro remedio, que todo el que puede y es algo, se la pasa por salva sea la parte. Podríamos decir, pese a la paradoja, que en España el privilegio es lo normal.  
Conforme a esa verdad de fondo, los acampados, a los que todo el mundo llama indignados como si solo ellos lo estuvieran,  no han encontrado mejor manera de hacer notar su importancia, su poder, que saltarse la ley por su realísima gana. Tienen la buena disculpa de que creen ser una revolución en marcha, y nadie pediría a los revolucionarios que circulasen por la derecha, o que no formasen grupos. Lo malo es que también pretenden que su revolución sea pacífica, cosa que suele chocar con algún que otro principio lógico, lo que no creo que les inquiete gran cosa. Su gran momento fue cuando decidieron que las normas de la Junta Electoral no iban con ellos y desoyeron sus órdenes de desalojo. La policía de Alfredo actuó como prefiere, no haciendo nada, lo que no creo que haya sido el mayor de los errores de Rubalcaba, pero el caso es que las acampadas parecen haberse quedado escasas de pacifistas y comienzan a asomar los que dicen que el poder es un tigre de papel. ¿Será Rubalcaba capaz de contenerlos?  De momento se han acercado al Congreso de los Diputados, y la policía ha hecho unos ejercicios de ensayo en Valencia. Estoy muy interesado en cómo vaya a evolucionar esto, porque me parece que, tras semanas de pluralismo y ambigüedad, los acampados empiezan a obedecer órdenes, y parecen pensar que el mundo se ha hecho para darles la razón, sin que nada fuera de eso tenga ningún sentido democrático, lo que constituye una idea  muy pero muy española que ha cosechado éxitos enormes en las tierras vascas. Algunos se quejan de que estos acampados postreros no condenen  los movimientos batasunos, pero ¿desde cuándo es razonable que nadie condene aquello que imita, aquello con lo que, en último término, coincide?   Bildu ha tenido un gran éxito en el País Vasco, con ayuda de los ingenieros de Moncloa y de Ferraz, y ahora sus hermanos gemelos empiezan a hacerse cargo de tanta indignación en toda España, un movimiento que crecerá como la espuma el día que al PP se le ocurra ganar esas elecciones que no representan a a nadie, porque "lo llaman democracia y no lo es".

El rosco de Jobs

miércoles, 8 de junio de 2011

La sociedad de la ignorancia y los estúpidos

Se acaba de publicar un interesante libro titulado La sociedad de la ignorancia que discute la idea de que la abundancia de información conduzca a una sociedad del conocimiento, un marbete que se repite sin ton ni son, mientras no disminuye visiblemente el número de estupideces que unos y otros cometemos. Al leerlo me acordé del magnífico libro de Carlo Cipolla Allegro ma non troppo, en el que se contenía un análisis muy interesante y divertido de los riesgos y tipologías de la estupidez.

Cipolla afirma que siempre se subestima el número de tontos,  y que la probabilidad de que alguien sea estúpido es independiente de cualquier otra característica personal, lo que muestra que los estúpidos apenas encuentran dificultades para llegar a la cumbre. Para el economista italiano, lo que define al estúpido es la capacidad de causar daño sin obtener ningún provecho personal, algo que hace que sea muy peligroso asociarse con cualquier estúpido, porque  tienen el don de destrozar, sin razón aparente, cualquier buena iniciativa así que ponen las manos en ella.

Estos días, hemos visto conductas muy notables a las que cabe adjudicar el análisis cipolliano, por ejemplo, lo que ha hecho la responsable de sanidad de Hamburgo, que ha arruinado la exportación española acusando a nuestros humildes y salutíferos pepinos de causar una epidemia mortífera. Los políticos se merecen frecuentemente una altísima calificación en su nivel de estupidez porque suelen seguir una regla muy peligrosa, a saber, la de que hay que decir algo tan pronto como se pueda. Esto lo hacen porque confunden, si son muy necios, el interés general con su presencia ante las cámaras, y la verdad con lo que ellos gusten decir. Afortunadamente, el control de las epidemias está todavía en manos de los científicos, de modo que la hamburguesa ha sido desautorizada relativamente pronto, pero como buena estúpida ha dicho que había un peligro y hubo que atajarlo, y se ha quedado tan ancha, segura de que la solidaridad alemana frente a los juerguistas españoles constituirá un parapeto suficiente de su dañina memez. Pero no siempre los científicos pueden salir al paso de las necedades políticas: hay que imaginar lo que hubiera pasado con los pepinos, y con todos nosotros, si el asunto hubiera quedado exclusivamente en manos de según qué periodistas y/o televisiones, siempre dispuestos a desollar vivo a los sospechosos habituales, en Alemania los españoles, la gente del sur.

Las estupideces, se dicen y se hacen, y es frecuente que se hagan, precisamente por lo que se dice. Me referiré a otro caso reciente. El gobierno de Castilla la Mancha ha acusado al PP de exagerar las dificultades económicas, el nivel de desastre financiero, en que se encuentra la autonomía. Hasta aquí puede que haya cualquier bellaquería, o que no la haya, pero no hay, en principio, estupidez. La  majadería comienza cuando para probar la irresponsabilidad del contrario se niega la información, y se procede a eliminar sacas de documentos con cierta celeridad. Se trata de una conducta ejemplarmente estúpida, porque nada bueno para ellos se va a derivar de este estrafalario sistema, y, además, nos causan un mal enorme a todos los demás. La prensa internacional, siempre dispuesta a encontrar un pepino en mal estado, ya ha dicho que Castilla la Mancha es la Grecia de las autonomías españolas. Habrá o no habrá agujeros contables en las cuentas de Barreda, pero su estúpida manera de reaccionar ante acusaciones supuestamente infundadas ha encendido todas las alarmas. Me parece que tampoco han andado muy finos los del PP a la hora de pegar sus gritos, porque, de tener fundamento, más eficaces habrían sido en el momento en que, tranquilamente y sin dar cuartos al pregonero, se pudiera denunciar el entuerto… y anunciar la solución.

Esto nos lleva, por derecho, a un tercer considerando. Los acampados y/o indignados parecen estar en fase de desconcierto, aunque nunca se sabe en qué pueda acabar un motín, pero un mensaje que han emitido con toda nitidez es que los partidos no se ocupan con interés de los problemas reales, los que padecen los jóvenes, y otros muchos más. El caso de Castilla la Mancha parece inventado para demostrar la rotunda verdad del diagnóstico. ¿Acaso no han terminado ya las elecciones? ¿Qué razones pueden tener los partidos para seguir enzarzados en lugar de ponerse a trabajar? De acuerdo con Cipolla, quien causa daño a un tercero, sin obtener  beneficio, es un estúpido integral. La única manera de negar que los partidos hayan actuado de manera estúpida es suponer que tenga sentido continuar en campaña y, en este caso, los responsables de esta prolongación nada fácil de entender, estarían siendo los mayores estúpidos. Según Cipolla, los que están dispuestos a obtener un beneficio aunque sea a costa de causar daño a terceros no son estúpidos, sino malvados, de manera que tenemos dónde escoger. 
Publicado en El Confidencial