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domingo, 19 de junio de 2011

El sueldo de Galán

Siempre he creído que lo que la gente llama corrupción, y que no es sino indecencia y robo, se trasparenta más en los asuntos públicos que en las grandes empresas, sin que esto quiera decir que el comportamiento de quienes las gobiernan sea más transparente, o más decente: todo lo contrario, y espero que esto no se tome como una defensa de los políticos, con la que está cayendo. Las grandes empresas  suelen ser campos abonados para las más diversas corruptelas, para el enriquecimiento desorejado de sus jefes; esto ocurre con facilidad porque estas empresas son anónimas, parecen no tener otro dueño que sus gestores que, con gran frecuencia, se dedican a esquilmarlas sin que nadie caiga en la cuenta de la gigantesca estafa a los accionistas, y al público en general cuando viven protegidas por legislaciones muy favorables. Al   cotizar en Bolsa, pueden ser manejadas de manera alegre por un grupo bien organizado de ejecutivos que se conforman con que suba la acción, lo que no siempre depende de ellos cuando ocurre, y con dar el dividendo y los bombones. Con mucha frecuencia, los directivos de estas grandes empresas, y esta denominación se refiere a varias decenas, o centenares, de personas, se guían por procedimientos que están completamente al margen de cualquier sentido de la responsabilidad y de la congruencia, por normas que, en realidad, son el disfraz de prácticas de corrupción   perfectamente organizadas y que apenas impresionan al público, porque, aunque se saquen a la luz, la gente, incluyendo a los accionistas, no se fija en esos detalles sórdidos. Desde un punto de vista ético, ese tipo de prácticas merece considerarse  como corrupción, son cosas que no debieran hacerse, y que no se harían si los sistemas de control fuesen algo más exigentes, si el público estuviese algo mejor informado, y si Hacienda no fuese el desastre que es entre nosotros, un ente voraz cuando persigue a un pensionista, pero incapaz de aclararse con las declaraciones, generalmente líricas, por ejemplo, de un Botín o de un Galán.
Viene esto a cuento de la escandalera que se ha armado en Inglaterra porque uno de nuestros hombres del Presidente, uno de esos senadores del dinero que se reúnen frecuentemente con José Luis en la Moncloa para ayudar a los intereses generales de forma enteramente desinteresada, se ha subido escandalosamente el sueldo, por no hablar de las stock options y otros variados complementos, siempre muy merecidos, qué duda cabe. Se ve que a Inglaterra no llega la imagen desinteresada del señor Galán, siempre dispuesto a sacrificarse, y allí ha molestado mucho el que se haya subido el sueldo en un cien por ciento pocos meses antes de incrementar sustancialmente las tarifas de millones de hogares (accedan al enlace antes de que lo quiten, que lo quitarán para que el medio no pierda la cuenta de publicidad del señorito concernido). Estos ingleses son unos insolidarios, no cabe duda. Aquí, por el contrario, como la luz apenas ha subido, y como ese es un mercado transparente y desregulado, nadie se fija en lo que trincan los Iberdrolos. Es mentira que los españoles seamos envidiosos, eso es parte de la leyenda negra. Aquí estamos encantados de que los tipos listos se forren son control alguno, aunque sea a base de subirnos las tarifas, listos que son que saben hacerlo sin que nadie se entere y, además, de que el Presidente los tenga por amigos, con su dinero que hagan lo que quieran, que diría un liberal.


¡Querétaro!

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