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miércoles, 15 de junio de 2011

Panorama desde el puente

Tomo el título de Arthur Miller porque me parece que lo que nos pasa a los españoles no se entiende bien desde las alturas. La distancia física y moral en la que se sitúan los que mandan facilita la confusión: desde el puente, lo que pasa puede parecer relativamente previsible y ordenado, pero, como en el drama de Miller, no es así.

La historia política solo parece coherente cuando se contempla a toro pasado. Antes de que las cosas sucedan, la coherencia ocupa un lugar mediano, apartada por lo imprevisible, lo azaroso, y lo discontinuo. Si eso es así en general, la contingencia se acentúa cuando se viven tiempos excepcionales, y estos lo son, sin duda alguna. No hace falta esforzarse en demostrarlo cuando acaban de dimitir tres miembros del Tribunal  Constitucional, por lo demás, de filiaciones muy distintas. Nos está pasando algo que no cabe resumir en un “lo de siempre”, y eso hace que el panorama pueda ser especialmente sombrío, en especial si los políticos renuncian a coger el toro por los cuernos, como se dice de forma tan expresiva.

Hay un diagnóstico que se repite con mucha frecuencia, y que oculta un gigantesco equívoco. El sistema no funciona, se dice, los políticos no solo no resuelven nuestros problemas sino que constituyen un problema que preocupa a muchos. Ahora bien, ¿qué es exactamente lo que no funciona? Mi hipótesis no es que el sistema falle, sino que, entre unos y otros, el marco constitucional se ha ido deteriorando sin que se llegase nunca a aplicar más que en beneficio de parte. Pongamos un ejemplo: la reciente sentencia del Tribunal Constitucional permitiendo a Bildu la participación plena en las elecciones sin que ETA haya dejado de existir puede ser leída como una legitimación a posteriori del terrorismo, algo así como “No importa que asesines, violes y te saltes la ley, si tienes un número suficientemente alto de partidarios”. Esa deberá ser, por cierto, la lectura que los indignados más radicales, aunque no sean precisamente finos constitucionalistas, o quizás precisamente por eso, le estarán dando, es decir, “podremos hacer lo que nos de la gana con tal de que mantengamos la presencia y la lealtad de un grupo numeroso”.

Análisis parecidos podrían hacerse sobre el funcionamiento de los partidos; no hay ninguna ley que habilite sus prácticas más necias, su intolerable apropiación de todo, pero los sostiene el poder de los votos,  y, como no hay un Estado que se defienda, menos habrá un poder que defienda las libertades de los ciudadanos, sobre todo cuando muchos ciudadanos estén, como están, dispuestos a sacrificar su libertad por cualquier promesa, ventaja o bagatela. Que el sistema no funciona quiere decir, sobre todo, que nadie defiende el interés general, que nadie se detiene a pensar que lo que puede ser beneficioso para una Autonomía, es un ejemplo, puede ser letal para todos los demás, o que lo que convenga al sistema financiero puede resultar muy dañino para la economía de los ciudadanos que pagan pacíficamente sus impuestos.

El sistema es tan débil que nos invita a tomarlo a chacota, y por eso ni funciona, ni puede funcionar. Pero su debilidad no depende de su forma jurídica, sino de la falta de ambición y de valor de quienes lo gestionan, siempre dispuestos a ceder al empuje de los menos contra los derechos e intereses de los más. El artículo 155 de la Constitución autoriza al gobierno para impedir que, por ejemplo, una Autonomía atente al interés general, pero los jerifaltes han aprendido hace tiempo que los tigres de Madrid son de papel.

¿Hay que reformar el sistema? No hay ningún sistema que sea perfecto, ni falta que hace. Lo que necesitamos es políticos que de verdad hagan política, y no meros administradores de un bienestar que ya es cosa del pasado, nos pongamos como nos pongamos. Y en estas, se prevé la llegada del PP a Moncloa, con un programa de mínimos, como si aquí lo único que pasara es que el Gobierno no inspira confianza, que no la inspira, y todo se fuere a arreglar de manera milagrosa al minuto siguiente de la toma de posesión de Rajoy. No será así, desde luego, entre otras cosas porque habrá quien se encargue de que todo se ponga bastante peor en ese mismo momento, parafernalia de indignados incluida.

¿Es que Rajoy no va a poder hacer nada? Poco podrá hacer si no se da cuenta de que el problema que tenemos es bastante más grave que un déficit brutal, o que un paro insoportable. Tenemos una democracia que ha premiado abundantemente la irresponsabilidad, que ha tendido a tirar casi siempre por la línea del mínimo esfuerzo, y hace falta que alguien le diga a los españoles que así no se va a ninguna parte. Ya sé que aquí no abundan los ciudadanos capaces de soportar el discurso de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, pero no debiera haber mucha duda de que, si se quiere hacer algo más que el paripé durante un par de años, habrá que procurarlos, porque no parece probable que vayan a surgir de milagro.

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