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lunes, 4 de julio de 2011

Un amigo


Nunca podría el hombre tan buen amigo hallar
sino Dios, que lo quiso con su sangre comprar.

Recuerdo lo mucho que me impresionó en el Colegio la primera lectura de un cuento, muy cruel en cierto modo, el XLVIII del Conde Lucanor, sobre la falsa amistad, sobre la ausencia de verdaderos amigos. Uno, que es bastante iluso, tiende a confundir amistades y conocimientos, y tengo la sensación de que la vida que llevamos facilita enormemente ese yerro. El caso es que muchas veces me pregunto quiénes y cuántos son realmente mis amigos de entre tanta gente a  la que trato y quiero. Es un tema que enseguida abandono, porque no soy propicio a dejarme llevar por la melancolía.

No creo que haya que hacer pruebas de amistad, y confío en que, de hacerlas, mi conclusión pudiere ser menos pesimista que la del cuento medieval. No es nada fácil, sin embargo, distinguir las situaciones intermedias entre la amistad fraterna y fiel hasta la muerte en el trafago de parlas, favores y lindezas con el que gastamos la vida con los demás. La cosa es tan clara que es posible que no sepamos distinguir a nuestros verdaderos amigos de entre los demás, de quienes nos quieren, pero se limitan a eso. No se trata, sin embargo, de una confusión dramática, porque no hay que convertir este asunto en un tema contable.

¿Qué distingue al amigo?: da mucho, sin esperar nada a cambio; ayudan, corrigen y consuelan; su nobleza certifica que siempre, y para lo que sea, se podrá contar con ellos.
Nora Catelli y la lectura

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