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miércoles, 31 de agosto de 2011

Una situación rara


Hace ya bastante tiempo que la situación política española viene pareciendo lamentable a una buena parte de los ciudadanos. Es casi un tópico referirse a que  el PSOE ha fracasado estrepitosamente en el tratamiento de la crisis económica, al tiempo que en su intento de crear un nuevo marco político, lo que Zapatero ha pretendido repetidas veces, y con pocos disimulos. Los frenos constitucionales, con lentitud, con dudas, con infinitas presiones, han evitado la total consumación de lo peor, pero se han desgastado mucho. Al tiempo que todo esto sucedía, se ha insistido también en que el PP parecía incapaz de suscitar grandes esperanzas, lo que refleja, al menos en parte, un cierto éxito del intento de crear un cordón sanitario en torno a este partido. En medio de esa situación pantanosa, surgió el movimiento del 15M que suscitó una serie de esperanzas que el tiempo, y los malos modales de quienes se han hecho con el invento, se han encargado rápidamente de enterrar. La economía, por su parte, no ha dejado de dar malas noticias y abundantes sobresaltos, lo que ha llevado al Presidente a adelantar las elecciones generales, a su modo, porque todavía faltan tres meses y nadie sabe lo que puedan dar de sí estos largos noventa días.
La gran sorpresa surgió poco después de la visita del Papa: como si Zapatero sintiese  una irresistible tendencia a hacerse notar, propuso, nada menos, que una reforma de la Constitución en las semanas que quedaban. Se han publicado informaciones bastante verosímiles acerca del proceso deliberativo que el presidente ha llevado con asunto tan notable, pero, como es lógico, las interpretaciones sobre su soliloquio son enormemente variadas. Un preclaro comentarista barcelonés ha atribuido al presidente nada menos que una especie de conversión penúltima a las posiciones de Aznar con el que, al parecer, habría mantenido conversaciones tan insólitas como fértiles, si  el análisis resultara ser certero. Está claro, en todo caso, que Zapatero habrá de ser estudiado a la manera como se hace con los pintores, con sus épocas, azul, rosa.. etc.
El PP se encontró ante una propuesta que, al menos aparentemente, no podía rechazar, pues es algo que había propuesto previamente, aunque, sin duda, con la certeza de que no tendría acogida. Tras una primera valoración positiva de la propuesta, la lectura de diversos análisis me ha hecho ver que la idea tiene muchos inconvenientes, nada pequeños, en casi todos los terrenos. La reforma saldrá seguramente adelante, aunque ha tenido numerosos objetores, y desde casi todas las esquinas.
¿Cómo hay que entender esta iniciativa en un contexto tan peculiar? Para empezar, nuestra tradición constitucional no escasea en declaraciones rimbombantes, ya desde 1812, como la afirmación gaditana de que los españoles debieran ser píos y benéficos.  Tenemos una recia costumbre que tiende a confundir la política con el derecho, y el derecho con la mera legislación. Somos tan proclives a confundir las cosas que nos alegramos incluso de que los Ministros de Fomento hagan planes en lugar de hacer caminos. Por aquí, me parece, está el primer defecto de esta reforma por sorpresa: no basta con decir que se va a hacer algo para que eso resulte efectivo. Frente a este argumento puede objetarse que la verdadera buena noticia reside en el hecho de que los dos grandes partidos se pongan de acuerdo, pero ¿lo han hecho? La situación del PSOE es particularmente curiosa porque acaba apadrinando in extremis lo que ha evitado con efectividad a lo largo de estos últimos años. ¿Alguien cree que el PSOE se vaya a tomar en serio este asunto en cuanto se sienta libre  de los agobios presentes? Es muy difícil hacer profecías, pero la política está más constreñida por la necesidad de lo que parece, y es poco verosímil un PSOE dedicado a aplaudir los recortes de gasto que deba hacer el próximo gobierno, si el PP deja alguna vez de dedicarse a decir que no va a hacer ninguno.
Algunos malpensados, que no han tocado bola en el asunto, se temen que esto pueda significar un giro de 180 grados en las políticas de reparto presupuestario, que esto suponga, para decirlo de una vez, poner freno al crecimiento exuberante de las administraciones autónomas y municipales, aunque de estas últimas se habla sospechosamente poco. Lo notable es que esta es una de las cosas que repiten más a menudo los críticos de la situación española, de manera que pudiera estar pasando que los políticos, en lugar de decirlo de manera directa, se hayan puesto de acuerdo en dar este rodeo por la Constitución para disimular un poco. Si esto fuese así, en lugar de mayor consenso tendríamos, simplemente, mayor confusión. El hábito, muy común en todas partes, de disimular lo que se piensa es, además de bastante necio, enteramente inútil y muestra lo muy poco que se cree en la democracia, y en las propias ideas, caso de tenerlas.  La rareza deriva de que resulta extraño que pueda ser verdad tanta belleza.
Publicado en El Confidencial

         

martes, 30 de agosto de 2011

El sacrificio de Rubalcaba

No es que yo sea un gran admirador de Alfredo Pérez Rubalcaba, pero me parece que abundan los políticos de mucho menos peso que el del espigado socialista. Me gusta de él que esté bailando con la más fea sin apenas rechistar, aunque quepa dudar de que el ritual vaya a ser largo. En todo caso, está haciendo lo que tiene que hacer un político en su lugar, como el que tiene que ir al entierro de una víctima del terrorismo o a dar la cara ante cualquier error grave. Y eso, le honra y confiere una cierta dignidad a un oficio tan desprestigiado como difícil.
¿rebajas telefónicas?

lunes, 29 de agosto de 2011

El duopolio

El comienzo de la Liga de fútbol de primera división anuncia repetición del duopolio imperfecto de estos últimos años. El Real Madrid a la caza de un Barcelona aparentemente insuperable, y los demás a jugar a otra cosa. Me parece muy malo para el fútbol y para los españoles que las cosas estén así. Me parece mal por tres razones: la primera  porque habrá una mayoría de partidos que no tendrán el mínimo interés, lo que niega la esencia misma del fútbol; la segunda porque creo que el fútbol se resiente por las prácticas de gobierno y competitividad disminuida que han hecho que se pueda llegar a esto; la tercera es porque el enfrentamiento entre el Barcelona y el Real Madrid se politiza de manera casi irremediable y eso es un desastre para todos, y no solo para los que ahora parecemos llevar la peor parte. 
El estudiante aplicado, versión 2.0

domingo, 28 de agosto de 2011

El 15M y la Constitución

Los que se han manifestado contra la reforma constitucional ejercen un derecho legítimo y defienden, aparentemente, una causa razonable. Sin embargo, la música que suena detrás de los argumentos es cada vez más horrísona, es el ruido de una generación defraudada, desde luego, pero que hace mal en fijarse solo en lo que está mal sin decir lo que cree. No se puede combatir la hipocresía con la mentira, ni la inutilidad con la pereza, al menos eso me parece. De cualquier manera, el deporte de tomar la calle es adictivo pero está sujeto a modas, climas y bandazos. Que alguien cometa un error no quiere decir que sus críticos acierten, casi nunca. 
¿Pelahustán?

sábado, 27 de agosto de 2011

Me equivoqué

Equivocarse es humano, pero esa es una declaración fácil de hacer en abstracto. A mi me parece muy sano ejercitarse en reconocer errores concretos, como el que no tengo otra opción que atribuirme. Me refiero a que había pensado que la reforma de la Constitución que ha propuesto Zapatero y ha aceptado Rajoy era un acierto, pero es que había pensado poco en ella. Me ha bastado leer un texto de Miguel Ángel Quintanilla Navarro para darme cuenta de mi error. El argumento esencial es que la Constitución no debe ser un programa político, y la medida propuesta lo es, efectivamente. La Constitución debe admitir que hay opciones enfrentadas, y la política económica y fiscal que se deriva de la propuesta de déficit cero es la que creo más acertada y oportuna, especialmente en estos momentos, pero no hay razón para constitucionalizarla, y menos de manera tan rara. Hay que defenderla y tratar de implantarla, pero sin ponerla en el lugar en el que debe haber reserva para principios comunes, porque esta medida no es, claramente, un principio que deba asumir la izquierda, aunque tampoco estaría mal que se acercase lo más posible a ella. Como me he equivocado, admito también que puedo equivocarme ahora, de manera que tal vez vuelva sobre mis pasos. De todas maneras pido disculpas por presumir de una cualidad que creo conservo, a Dios gracias, la de cambiar de opinión si se me ofrecen argumentos mejores que los que tenía por míos.
Ver de nuevo E.T.

viernes, 26 de agosto de 2011

Rubalcaba a la búsqueda de un personaje

Cuando era joven, estuvo muy de moda un drama de Pirandello, Seis personajes en busca de  autor, cuyo título me viene ahora a la cabeza para tratar de describir el imposible en el que han embarcado a este hombre, que no parecía ningún ingenuo. A mi me cae bien, porque además es madridista, pero creo que se ha equivocado muy mucho asumiendo la candidatura del PSOE sin controlar el partido, algo que debiera haber exigido de algún modo. Al no haberlo hecho, parece que no conocía a Zapatero lo suficientemente bien. El episodio del pacto para la reforma constitucional le ha pillado completamente fuera de juego y está tratando, desesperadamente, de atribuirse algún mérito, en lo que sea. Su situación es la típica, en la desgracia, de un político más marrullero que líder, más pragmático que revolucionario. Yo creo que es un personaje que podrá hacer un papel interesante, pero ahora está tal vez en sus peores momentos. 




jueves, 25 de agosto de 2011

La consulta

Es evidente que medio siglo de socialdemocracia, por llamarlo de algún modo, ha alterado mucho lo que se podría considerar el sentido común. Que se considere lógico  gastar más de lo que se tiene solo es comprensible si no se piensa dos veces en el asunto, o bien, que creo es lo más común, si se llega a tener tan escasa noción de lo que es el dinero y la economía que se crea que todo puede arreglarse dándole a la máquina de los billetes.
Ahora muy amplios sectores de la izquierda quieren que se le consulte a los españoles si la Constitución debe prohibir o no el déficit público, y se entiende que haya gentes que consideren que esto supone robarles la cartera, con lo acostumbrados que están de ser ellos quienes se la levantan a los demás con aires de hacerles un favor, la paz social y todo eso.
Todo el marco es delirante. Unos individuos que ponen a parir a los mercados, esos perversos, no caen en la cuenta de que la única manera de que los mercados no te aprieten es tener una deuda muy reducida, idealmente inexistente, y que nadie dude de que se vaya a pagar. Los sindicatos y otros indignados ven que se le puede acabar parte importante de su cuento, todo es literalmente imposible, y están dispuestos a movilizarse, bueno, a decir que lo hacen, pero no llegará la sangre al río, porque tienen mucho que perder, y se limitarán a dar los gritos de rigor para que  se desdibuje todo lo posible el complejo mapa  de sus intereses.
Steve Jobs, un hombre de letras

miércoles, 24 de agosto de 2011

La vajilla del Ministerio


Agosto, que empezó con un panorama financiero sumamente bravío, se desliza de manera discreta y un tanto mortecina hacia su final en medio de los ecos de la impresionante JMJ. El Gobierno, en contra de sus hábitos más acendrados, ha estado, en estos días de prueba, discreto y en su sitio, salvo el leve resbalón de dar a entender que el Vaticano estaba exultante con las ideas del Presidente para el futuro del Valle de los Caídos, uno de esos temas que no deja vivir al español medio y que el Gobierno ha cultivado con tanto esmero como improductividad.
Como es época de especial dedicación a la lectura, para quienes cultiven esta clase de vicios solitarios, he incrementado mi colección de anécdotas y citas, pero ha habido una que casi me ha hecho, saltar del asiento. Se refiere a Francisco Largo Caballero, a quien se llegó a motejar, un poco extrañamente, como el Lenin español. El caso es que Largo Caballero ordenó el traslado a Valencia desde un Madrid asediado, pero que resistía bastante bien, a las tropas franquistas. La idea no fue, desde luego, ni una inyección de moral, ni una gran operación de imagen, pero ya es agua muy pasada. No cuesta mucho imaginar el desmadre que supuso el traslado, y los riesgos de todo tipo que hubo que correr, de manera que, una vez el gobierno en Valencia, se imponía tratar con la Junta que quedaba al mando de Madrid sobre ciertos temas de intendencia. El general Miaja, que tampoco fue nunca un entusiasta de Largo Caballero, quedó como la primera autoridad militar y, por tanto, a cargo del Ministerio de Guerra del que también era titular Largo Caballero. El caso es que, un par de días después de ejecutado el grueso del traslado, Miaja recibió una nota de su ministro y presidente en el que le encargaba le enviase a Valencia la mantelería y la vajilla del Ministerio que se había olvidado en medio del tumultuoso traslado. Con Franco en la ciudad universitaria, y el país en plena guerra, el ministro de la guerra, persona, por otra parte, adusta y también meticulosa, el Lenin español, el presidente del gobierno de la victoria, como se había hecho llamar, tenía el tiempo y la oportunidad necesarios para pedir unos enseres olvidados.
Más allá de lo chusco de la anécdota, me parece evidente que lo sucedido constituye un buena muestra de una de las dimensiones inevitables de la política, de cualquier gobierno. Los políticos están tan a lo suyo, pierden tanto el contacto con esas realidades que imaginan no les afectan, que pueden y suelen hacer cosas que resultan delirantes para el sentido común.  No muy distinto a lo de la vajilla y la mantelería ha sido el empeño de este Gobierno en mantener la ficción de que dirige la política nacional por unos meses más. Hay que esperar que no ocurra nada especialmente grave, pero resulta evidente que el Gobierno está pensando más en los ajuares de los distintos ministerios que en la realidad exterior, que en la guerra que está experimentando la economía internacional y que, en cualquier momento, podría proporcionarnos un disgusto morrocotudo.
Como la cosa va de citas, les regalaré otra, esta vez  de Chesterton, que atañe muy directamente a lo que nos está pasando, a lo que ha ocurrido. En un debate de 1935 en la BBC con Bertrand Russell, seguramente el más ingenioso y agudo de los filósofos británicos y un auténtico lord de la izquierda, discusión que fue un verdadero portento dado el ácido ingenio de ambos contendientes, Chesterton le dijo lo siguiente a su rival: “Ninguna sociedad puede sobrevivir a la falacia [socialista] de que existe un número absolutamente ilimitado de benéficos funcionarios y una cantidad absolutamente inagotable de dinero para pagarlos”. Con la vajilla del ministerio, se puede dar de comer a un par de docenas, pero está en la esencia del negocio de la izquierda el hacernos creer que es una exageración de los católicos el atribuirse la exclusiva del milagro de la multiplicación de los panes y los peces.
Es frecuente que los liberales atribuyan malas intenciones a los socialistas, y al revés, como es lógico, pero en realidad, sea cual fuere su intención, el socialismo constituye esencialmente un error de cálculo, lleva indefectiblemente a pensar que la sangre no llegará al río, que la crisis pasará, si es que viene, que vendrán tiempos mejores. Esa es la base del optimismo que siempre ha impregnado los análisis de nuestro presidente. Si además se cometen excesos, se contrata a amiguetes, se patrocinan negocios sucios, o se producen misteriosos incrementos de patrimonio personal, por poner ejemplos que están en la mente de todos, muchísimo peor. Pero la raíz del mal está en algo que también aparece en el patinazo de Largo Caballero, en esperar que las propias ideas se impondrán mansamente, o por las bravas, a la verdadera naturaleza de las cosas, en creer que una buena propaganda valdrá más que una realidad pobre, o que con contentar a los propios se volverán a ganar las elecciones. Por fortuna, no suele ser así.


Kubrik y las tabletas

martes, 23 de agosto de 2011

Demócratas de toda la vida

Por una vez que Zapatero dice una cosa sensata, que Europa nos pide a gritos, como que sea constitucional la obligación de no incurrir en déficit público, y que Rajoy le apoya, van los indignados de siempre y dicen que ellos quieren votar. Es evidente que quieren votar no, y a eso le llaman "golpe de estado del PPPSOE", de manera que está muy claro el tipo de estado que estos sujetos quieren, el gratis total y que trabaje Rita, o mejor, Helmut, que nos han dicho que le gusta. Nosotros a vivir el Spain is different, como con Franco.
Nuevo Chrome

lunes, 22 de agosto de 2011

No me gustan las riñas

Ni las del Real Madrid contra el Barça, o viceversa, ni la de los laicistas, izquierdistas, indignados, o quienes sean, contra la religión, ni la de los que se dedican a atacar a los laicistas para no ser menos, o para ser más, que no lo sé muy bien. Hemos tenido unos días de gozosa presencia religiosa en el ámbito público, pero parece que algunos se empeñan en prolongar, a cuenta de ello, una polémica, estéril, provinciana y estúpida. Última vez que aludo al tema, porque no sirve de nada, y desmiente los mejores propósitos de los que nos sentimos cristianos. Yo creo que una obligación moral, y desde luego cristiana, es no responder con maneras tan necias y zafias como las que usan nuestros agresores, y si se puede, y vaya si se puede, hablar de otra cosa. 
Manden un Fax

domingo, 21 de agosto de 2011

La de Dios es Cristo

Este expresivo dicho castizo resume muy bien toda la teología, por lo menos para el común de los mortales. Es lo que ha recordado insistentemente el Papa, que la fe no es una teoría, que es una vida en la que el Dios hecho Hombre nos acompaña y sostiene. Nada indica que sea fácil vivir de esa manera, es evidente que no lo es, pero cualquiera que se llame cristiano tiene que recordar que no basta con creencias, que hace falta vivir y testimoniar ese misterio que nos debe llenar de caridad, sobre todo, y de esperanza. 
La Iglesia trata de renovarse, es su obligación, para poder repetir incansablemente su mensaje, para hacer eficaz su trabajo y su testimonio. A veces se dice que estos tiempos son duros, seguro que lo son, pero nunca ha debido ser fácil esa especie de contravida que a veces supone la religión vivida con exigencia. No fue fácil ni para los Apóstoles, ni para Pedro, entonces y ahora.
El Papa, además del regalo religioso de su presencia, nos ha hecho, de pasada, otro don: que al menos por unas horas hayamos podido mirar esta vida con unos ojos distintos, que hayamos podido poner en segundo plano esas agonías que habitualmente nos azogan como si realmente fueran lo único importante, y es claro que no lo son.
Una buena idea de HTC

sábado, 20 de agosto de 2011

El Gobierno siempre acertando

Como este Gobierno ha cumplido de maravilla sus obligaciones, se permite el lujo de dedicarse a las gollerías, y acaba de sufrir un sobresalto a cuenta de una de esas noticias que produce con tanta frecuencia,  una de esas llamaradas de optimismo universal que acaba en quemaduras de hocico del optimista de turno. Resulta que tras entrevistarse con la plana mayor del Vaticano, que se encuentra en Madrid acompañando al Papa, el ministro de la Presidencia, un tipo que parece discreto cuando no dice nada, se ha apresurado a declarar que el Vaticano ve con simpatía los planes de este Gobierno respecto al Valle de los Caídos. A mi, la verdad, me pareció un poco raro que el Vaticano le facilite nada mínimamente delicado a un Gobierno que está ya fuera de cuentas, pero bueno. El caso es que el Vaticano ha declarado que ha escuchado con atención lo que el Gobierno le expuso, pero que no ha habido ninguna reacción al respecto. Estos chicos están ya tan acostumbrados al abucheo que cuando alguien les escucha con amabilidad creen que han producido entusiasmo. Pues no creo. 
¿Quién eres?

viernes, 19 de agosto de 2011

Las calles de Madrid


Están nuestras calles muy alteradas por la visita del Papa, pero me parece una alteración feliz y alegre. Hoy he paseado por las zonas aledañas al recorrido papal y me he mezclado con inmensas multitudes de chavales de todas partes con la misma cara de confianza en estar haciendo algo bueno. Creo que hasta para los agnósticos y los ateos no muy sectarios es buena la noticia de la religión en la calle, porque no todo va a ser follar, ganar dinero y engañar a quién se pueda. Esta gente nos da testimonio de que la vida puede vivirse de otra manera, nada fácil, por cierto, se tenga éxito o no. Les remito a un par de escritores, Sostres y Gistau, ambos en las páginas de El Mundo, que creo han sabido ver bien, y con ojos bastante neutrales, el significado hondo de estos días. El director de ese periódico se ha dejado llevar, sin embargo, por el tópico antipapal y ha titulado la portada con un "el Papa arremete" completamente inadecuado, se mire por se mire.
Tengo algunos amigos que dicen eso de "que rabien los de izquierdas"; no comparto ese punto de vista que politiza innecesariamente algo que está más allá de cualquier política, que se asienta en estratos sentimentales y lógicos mucho más profundos y menos usuales. Yo me he sentido emocionado, estimulado y alegre y me gustaría que muchos más compartiesen ese sentimiento que nace, a la vez, del movimiento de millones jóvenes y de unas palabras, las del Papa, que tienen ese inconfundible aroma de lo que es inactual pero verdadero y serio. ¡Que les aproveche!
Erudición en la red

jueves, 18 de agosto de 2011

Pegones

Como era de esperar, porque es su estilo, un grupo de manifestantes antipapales agredió ayer en la Puerta del Sol madrileña a un grupo de jóvenes católicos. ¡Qué valientes! Lo más terrible para este tipo de personajes es que no exista una yihad católica, que el cristianismo sea exactamente lo contrario de lo que ellos pretenden que es, aunque algunos cristianos, como ese desdichado mejicano que ha sido detenido, se olviden de ello en ocasiones. El cristianismo es caridad, anhelo de paz, de justicia, de dignidad y de libertad. A veces algunos han cometido desmanes en nombre de Jesús, pero es que hay gente capaz de matar por el Teorema de Desargues, por poner un ejemplo obvio de algo ajeno a la violencia.
Cierta y abundante izquierda española está tan desesperada de sus supuestas razones que ha llegado a la convicción de que deben imponerlas a golpes, empezando por quienes imaginan sus peores enemigos. No prevalecerán, pero darán algún disgusto, es su empeño y lo tienen fácil con los cristianos, tan fácil como lo tuvo Nerón. Insisto, ¡qué inteligentes y qué valientes son estos ateos dogmáticos!
Fallos de Google en Gmail

Vergüenza

Vistas con calma las imágenes polémicas del partido de ayer, tengo que decir que lo de Mou y el dedo en el ojo de Vilanova me parece escandalosamente intolerable, como para expulsarle del equipo. Partiendo de que podían tener algo de razón en las anteriores grescas arbitrales con el Barça, la han perdido del todo en la triste jornada de ayer. Florentino Pérez debería tomar cartas en el asunto y advertir públicamente a Mou de que no va a consentir ni una más, ni a él ni a los que no saben perder sin dar patadas. El Real Madrid ha sido un equipo caballeroso porque, además, era muy fuerte, y no puede perder las maneras ahora que un equipo español le pega repaso tras repaso. No quiero avergonzarme de mi equipo y ahora lo estoy, así de simple. La victoria no lo justifica todo, pero la derrota menos.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Lo de Italia, y algo más



Por curioso que pueda parecer, ha habido un pronóstico de Zapatero que casi ha estado a punto de cumplirse, aunque al revés. En el cenit de su gloria, Zapatero anunció que habíamos sobrepasado a Italia y que estábamos a punto de hacerlo con Francia. A poco de soltar tales bravatas, como una especie de milagro infausto, empezó a ser evidente que Zapatero deliraba, y que el desastre se aproximaba a grandes pasos, esos que han estado a punto de llevarnos a la intervención formal de nuestra economía, más allá del estado de intervención real en el que permanecemos desde hace más de un año. Ahora, finalmente, ha estado a punto de ser cierta la profecía inversa de Zapatero, con una Italia que alcanzó un diferencial de riesgo mayor que el español, y con una Francia conmovida hasta los cimientos por las sospechas generadas en torno al estado real de su economía y sus deudas.
Ambos países han reaccionado y han puesto en marcha medidas que nuestro pudoroso gobierno no ha sido capaz de tomar, seguramente llevado por la generosidad hacia su alternativa política. Pero Zapatero ha hecho algo más que no tomar las graves medidas que debiera haber tomado, se ha dado a sí mismo una extraña y amplia prórroga una vez que hubo de ceder a adelantar las elecciones generales. Nos ha hecho, pues, el regalo de casi medio año de dolce far niente, mientras que Berlusconi, como para que se entienda que la cosa va en serio, ha decidido, ente otras cosas, suprimir los puentes laborales, una recia tradición latina. Se ve que Zapatero pretende pasar a la historia como un gobernante comedido, como alguien que siempre supo elegir la medida menos traumática, lo que le ha llevado a que, en la práctica, haya optado frecuentemente por no hacer nada, aunque sin renunciar a esa poesía que, según cree, es la que mueve el sol, la luna y las estrellas.
Mariano Rajoy ha tomado nota del ejemplo italiano, que ha sido el más llamativo, y ha comentado, para que luego digan que no se le entiende, que tenemos un problema parecido al italiano aunque matizado por el sensacional volumen del paro español, modesta pejiguera que no atribula de igual modo a los trasalpinos.
Berlusconi ha resuelto de un plumazo uno de los nudos gordianos de la economía y la deuda italiana para ahorrarse unos cincuenta mil millones de euros, lo que no está nada mal. Lo interesante es que lo haya hecho como de sorpresa, sin previo debate, con dolor, según ha reconocido, pero sin andarse con paños calientes. Ha cortado por lo sano la insensata exuberancia de la burocracia italiana, reduciendo de manera drástica el número de ayuntamientos y de provincias y, con ello, el de empleos públicos remunerados que no tenían suficiente justificación en un contexto de crisis, y resultaban insostenibles ante el rápido deterioro de la situación financiera de Italia.
¿Se puede y se debe hacer algo parecido en España? ¿Tiene justificación que sigamos teniendo casi diez mil municipios, algunos de los cuales no pasan del millar de habitantes? ¿Es sostenible que ciudades que están unidas de hecho sigan teniendo ayuntamientos distintos cuando algunas calles tiene aceras que pertenecen a dos municipios? ¿Es normal que la administración española se haya multiplicado por cinco cuando la población apenas ha crecido en un treinta por ciento? Esta clase de preguntas solo tiene un sentido relativo, y depende de la riqueza de cada cual, porque hay quien puede tener un amplio servicio doméstico a su disposición, mientras que la mayoría hemos de fregarnos la taza del té si queremos que se guarde limpia. La verdadera cuestión, por tanto, es la siguiente: ¿podemos seguir gozando de servicios de rico cuando tenemos rentas de pobre, y ya nadie nos fía? ¿Tiene sentido hipotecar absolutamente el futuro de nuestros descendientes para mantener en píe unos servicios de utilidad más que discutible? Claro es que responder a estas preguntas exige tomar decisiones que son traumáticas, que, como diría Berlusconi, causan profundo dolor, pero el problema no es el dolor que causen, sino escoger entre ese trauma y el desastre general, saber decir que no a ciertas cosas, del  mismo modo que el médico nos aconseja que prescindamos del alcohol, del tabaco, de las comilonas, y otros excesos, placeres a los que un individuo perfectamente sano tiene alguna clase de derecho. 
La única alternativa seria a los recortes en el gasto público es, desgraciadamente, inexistente. Algunos pensaran que siempre cabe seguir vendiendo la misma monserga, y seguir echándole la culpa a los especuladores, esos que tan bien nos caían cuando las cosas iban de perlas, o a los alemanes, unos tipos tan patentemente insolidarios que no nos dejan meter de matute nuestra deuda entre sus bonos, el bono europeo, de manera que ellos paguen más por lo que hemos gastado nosotros, y nosotros paguemos menos por lo que han ahorrado ellos. ¡Estos alemanes!, con razón le caía tan mal la señora Merkel a nuestro poético y maltrecho líder.

martes, 16 de agosto de 2011

Trabajar mejor es el secreto


En esta crisis económica es difícil advertir lo que cada cual necesita hacer para minimizar sus efectos. La economía es algo tan complejo e imprevisible que puede parecer que nada tiene que ver con lo que hagamos, y no es así, de ningún modo. Se ha repetido que vivíamos por encima de nuestras posibilidades, como si todo dependiera del exceso en las alegrías del consumo. Ha habido excesos, sin duda, pero no tan generales ni tan uniformes como ese dictamen da en suponer. Sin duda, el exceso mayor ha sido el del gasto público, el derroche sin sentido de tantas administraciones. Hay quien defiende ese gasto como si alimentase la rueda de la fortuna, quien da vida a la economía, y es claro que lo hace, pero a un precio inasumible, que, al final, se convierte en un cáncer rápido y letal.
Contra lo que se pueda creer no hay, en esencia, dos leyes económicas, una para los asuntos públicos y otra para las economías de los particulares. Ese engaño ha sido fácil de sostener sobre el supuesto de que las economías nacionales no podían quebrar, pero ya hemos visto demasiados casos que incumplen un diagnóstico tan optimista. El hecho de que se haya dado un descenso en fiabilidad de las economías nacionales, que ha afectado nada menos que a la solvencia de la economía de los Estados Unidos, indica que esa época se ha acabado, y que hay que poner orden en ese renglón de la economía que ha propiciado tantos disparates y disfunciones. Es obvio que no podemos sostener, hablo ahora de los españoles, una situación en que los intereses de la deuda se comen dos terceras partes de los ingresos públicos. Parece mentira que una sociedad tan generosa con sus hijos, como la española, se haya dejado embaucar por políticas que cargan sobre las espaldas de nuestros herederos el pago de los disparates cometidos bajo cualquier pretexto de apariencia solidaria. Es algo que se ha de acabar si no queremos perecer en el intento.
Estamos en una situación en la que, por tanto, es suicida esperar que los estímulos públicos nos ayuden a salir de una pésima situación económica, la peor que hayamos vivido nunca, sin género de dudas. Hay que fijarse, por tanto, en las posibilidades de la economía privada y, además, no perder de vista que hay muchas  cosas que cambiar en la administración pública.
Lo primero que hay que tener en cuenta es que estamos en un mercado cada vez más competitivo y amplio y que si no tenemos nada que ofrecer a ese mercado entraremos en una espiral de pobreza. ¿Qué hacer pues? Hay que saber que entramos en una situación en que ni los precios ni los salarios van a poder fijarse como si el crecimiento económico fuere a ser incesante. Desde la entrada en el euro, en particular, los españoles nos hemos acostumbrado a soportar un nivel de precios que no podremos seguir pagando, como saben perfectamente quienes se dedican a la hostelería, y también quienes padecen esos precios con desigual paciencia. Es necesario que nos hagamos la idea de que no tenemos otro remedio que entrar en una especie de espiral decreciente de costos, y que eso solo podremos hacerlo si nuestra capacidad de producir mejora, si nos especializamos e incorporamos tecnología, además de obtener un buen conocimiento de la competencia. Hay desajustes internos que han de cesar; es absurdo, por ejemplo, que un electricista pretenda cobrar cuarenta euros por cambiar un enchufe mientras a los médicos se les pagan a los médicos alrededor de cinco euros por consulta. La idea de que haya alguna ley que pueda garantizarnos el actual nivel de salarios y de consumo es quimérica, y actuar como si esa pretensión fuera razonable puede acelerar la llegada de un auténtico desastre.
Algunos pueden pensar que el panorama es terrible, pero si nos atrevemos a mirarlo con claridad y sin miedos, resulta enormemente estimulante. Siempre he pensado que si los españoles nos decidiésemos a hacer las cosas bien, el país iría mucho mejor de lo que ha ido, a pesar de la enorme cantidad de despropósitos que hemos cometido por todas partes. Basta un ejemplo, que es casi cegador, para mostrar que es posible cambiar la errónea dinámica que nos conduce al desastre: nuestras escuelas de negocios, privadas, son excelentes y se miden con las mejores del mundo sin complejo alguno; nuestras universidades, públicas, son, sin apenas excepción, muy mediocres, y contribuyen a extender y legitimar esa mediocridad que no nos deja salir del hoyo económico en el que hemos caído. El día en el que los españoles empecemos a darnos cuenta de que los políticos no pueden resolvernos la vida, empezaremos a impedir que nos la arruinen y a competir con alegría en un mercado en el que podemos hacer un papel nada desdeñable.
En realidad la economía no depende de ningún arcano, de entidades misteriosas e incontrolables, sino de lo que cada uno de nosotros sepa hacer y haga con calidad, eficiencia y a buen precio, porque en condiciones ideales es un sistema que retribuye el esfuerzo mucho mejor que cualquier poder arbitrario.

lunes, 15 de agosto de 2011

Indignados con la Religión

Produce melancolía ver en qué ha ido a parar, de momento, el movimiento de los indignados, algo a lo que muchos concedimos razón y motivos, por más que nos produjese algún sonrojo la bisoñez estúpida de algunas propuestas coreadas por el público. Ahora, los indignados han decidido boicotear la visita del Papa y, ¡toma coherencia! han llamado a colarse en el Metro de Madrid para protestar porque el Metro haya establecido unas tarifas especiales en esos días. 
Por más que me lo expliquen, no consigo entender la inquina contra la religión en 2011. Estaría, con toda probabilidad, de acuerdo con muchas de esas críticas hace más de cien años, por decir algo, pero ahora me cuesta mucho ver el poder oculto e insolente de la Iglesia. Curioso estrabismo el de estos anarquistas de pacotilla. Se ve que muchos anticristianos tienen el mismo tipo de actitud que la de los forofos del fútbol, que gritan con furia para que el arbitro castigue al contrario cuando uno de los suyos comete una falta alevosa. Esa cultura política da pocas esperanzas de nada, la verdad.
Google compra Motorola móviles

domingo, 14 de agosto de 2011

Huelgas en el césped



A muchos españoles se les hace difícil comprender la huelga de futbolistas. La razón de ese rechazo no debiera depender de que los futbolistas, al menos los más conocidos, ganen mucho dinero, pues lo obtienen merecidamente y en un mercado muy reñido, sino de que parece absurdo que el mundo del fútbol tenga que recurrir a un procedimiento tan radical para arreglar sus problemas. Para desgracia general, los sindicatos, pero no solo ellos, ahí está la asombrosa y extemporánea huelga de las farmacias de Castilla la Mancha para recordarlo, nos han acostumbrado a que el recurso a la huelga se haya convertido con demasiada frecuencia en un instrumento al servicio de ciertos privilegios.

Las huelgas las suele pagar, con sospechosa frecuencia,  quienes no tienen culpa alguna, terceros completamente ajenos al conflicto. Es lamentable que los aficionados, de cuyo interés viven tanto los jugadores como la Liga Profesional, tengan que ver frustrada su expectativa de entretenimiento por las malas artes y las escasas capacidades de negociación de todos. No es que no se pueda vivir sin fútbol, que naturalmente se puede, sino que resulta particularmente indefendible el desprecio a los espectadores que se oculta tras las amenazas de no saltar al campo, para empezar, durante las dos primeras jornadas de Liga. El fútbol es un negocio que, aunque pudiera parecerlo, no es de la exclusiva propiedad de quienes lo administran y más se lucran con él.  No es de recibo, por lo tanto, la demagogia de las partes que hablan del fútbol como algo de su exclusiva propiedad, ni tampoco la presentación de este conflicto ante la opinión pública como un asunto en el que se ponen en juego intereses vitales de trabajadores o empresarios. Es inadmisible que ni la Liga ni la AFE sean capaces de comprender que, más allá de sus derechos, que nadie niega, tienen la obligación de servir al público, y que es bastante difícil asumir que puedan existir unos problemas que no son capaces de resolver sin recurrir a medidas tan extremas. Que no les quepa duda de que están dando una imagen de irresponsabilidad e incapacidad de gestión que resulta muy penosa en unos momentos en que son millones los españoles que sí padecen unas circunstancias especialmente difíciles, y que no está en sus manos poder cambiar. Debiera bastar esta somera consideración de respeto al público para que unos y otros comprendieran que es de su interés, y del de todos, resolver de manera razonable los problemas que les afectan, sin echar sobre las espaldas del público un conflicto al que es enteramente ajeno. No estaría de más, tampoco, que los deportistas de mayor nivel económico arbitrasen fórmulas que permitieran proteger, al menos temporalmente,  a sus compañeros más débiles de la incompetencia e irresponsabilidad de algunos directivos: al fin y al cabo, sus éxitos se asientan en la existencia de una pirámide de muy amplia base, y debieran sentir una cierta obligación de ser ejemplares, también en la solidaridad con sus compañeros más modestos.

Las causas del conflicto derivan en último término del lamentable confusionismo y vacío legal en el que se mueven muchas oscuras actividades de algunos oportunistas e irresponsables que se han hecho con los derechos de ciertos equipos. Ya sabemos que este Gobierno es bastante inútil y ha resultado completamente incapaz de resolver razonablemente los problemas de nuestra economía, pero ese Ministro del Deporte que ha recogido tantas Copas debería ser capaz, al menos, de evitarnos este espectáculo.

jueves, 11 de agosto de 2011

Es la hora de la política


El ideal inconfesable de una buena mayoría de políticos consiste en acceder al poder, sin mayor esfuerzo y en administrarlo de manera perdurable, sin apenas dificultad. El PSOE ha gozado por dos veces en España de algo muy parecido a ese paraíso: tanto en la época de Felipe González, que llegó a parecer inextinguible, como en la primera etapa de Zapatero hasta finales de 2007. El PP, por el contrario, ha pagado bastante más caro su acceso al poder, y se ha mantenido menos tiempo, hasta la fecha. Ahora puede parecer que ocurre lo contrario, porque casi todo el mundo da por descontada la victoria de Rajoy, pero hay que matizar doblemente ese diagnóstico, en primer lugar con el debido respeto a la incertidumbre política, pero, sobre todo, con la evidencia de que, en el caso de triunfar, Rajoy no se encontrará, precisamente, en las vísperas de un gozo, sino, más bien, en puertas de una especie de suplicio. Si Rajoy gana las elecciones, incluso con mayoría absoluta, heredará una situación bastante peor que la de 1996, y con las fuerzas adversas, los sindicatos y la izquierda, bastante enteras como consecuencia de un largo período de sesteo, adormecidas por un combinado de subvenciones y halagos que suele tener efectos paralizantes en los afanes movilizadores.
Hay un sector bastante importante del electorado, aquel que tiene una mayor capacidad para cambiar su voto y que, por ello mismo, tiene una influencia decisiva en los tramos finales del proceso electoral, que tal vez no esté demasiado convencido de que merezca la pena apostar decididamente por el cambio político. Para este tipo de votantes, puede parecer bastante  obvio que una prórroga al PSOE sea casi impensable, pero muchos de ellos pueden sentir la tentación de abstenerse en la contienda, considerando que ni Rajoy ni el PP han dado garantías suficientes de que vayan a abordar los problemas con decisión y vigor. Con verdad, o con mala intención, que es tema muy discutible, se ha acusado repetidamente al PP de no enseñar sus bazas, y eso, aunque pueda tener algún efecto positivo, conlleva consecuencias letales para el PP. Si el PP no enseña sus cartas porque carece de ellas, malo, y si no las enseña porque teme hacerlo, peor. Hay argumentos de todo tipo para elegir entre una conducta política ambigua y otra clara, pero el PP tiene que afirmarse cuanto antes en una línea coherente,  porque si le va a resultar difícil hacer reformas de fondo, las que ha evitado Zapatero poniéndonos al borde de la bancarrota, será  imposible que haga nada sin un mandato explícito.
La coherencia del PP tiene, además, que ser doble, en sus propuestas y en sus políticas. Rajoy ha impuesto una serie de políticas de austeridad en las CCAA del PP, pero debe permanecer atento porque la tentación, como en la película de Billy Wilder, vive arriba, y es muy atractiva. No tendría ningún  sentido que cuando se hace necesario un ajuste severo de las políticas de gasto de las CCAA y de los ayuntamientos, siga habiendo notables del PP que crean que la cosa no va con ellos.
Hay un factor muy relevante en esta crisis casi universal del que hay que saber sacar el fruto político, y eso no puede hacerse con una actitud reservona, hay que mojarse, me parece a mí. La izquierda no cesa de echar la culpa de cuanto pasa a los banqueros y al capital, es su papel y seguramente sería peligroso que no lo hiciera. Pero la derecha no puede jugar con las cartas marcadas por la izquierda, no puede hacer como si no hubiese que pagar las deudas, como si el llamado gasto social no debiera limitarse, como si le pareciese extraordinariamente bien vivir a costa de los esfuerzos que habrán de hacer los que nos hereden. Hay que repetir por activa y por pasiva que engrosar los gastos públicos a costa de la deuda es dejar a nuestros hijos una herencia insoportable, es ser tremendamente injustos con las generaciones futuras. Esa actitud, se da, por cierto, de bruces con la conducta común de la gente, de derechas o de izquierdas, tanto da, que no duda en sacrificarse por hacer que sus hijos puedan tener una vida mejor que la que ellos han tenido, pero el éxito de la izquierda en hacer creer que incrementar la deuda es siempre defendible ha obnubilado al público, seguramente porque las grandes cifras son difíciles de entender. No es sostenible, sin embargo, que cerca de las dos terceras partes de los ingresos del IRPF se nos vayan a pagar los intereses, una deuda que sale cada vez más cara a medida que los que nos prestan ven el cobro más en riesgo.
Un político valiente tiene que decir a los españoles que solo saldremos de esta situación envenenada con más trabajo, con menos gasto inútil, con mucho más sacrificio, y que eso es incompatible con más subsidios, más puentes o más jeribeques. El coro de los indignados lleva meses ensayando, pero son muchos más los que quieren oír una melodía de esperanza, la promesa de una política seria, decente, y sin engaños.
[Publicado en El Confidencial]

lunes, 8 de agosto de 2011

Política ficción y guerra real


El gobierno del PSOE hace como que lo de las guerras no va con él, a no ser para retirarse de manera apresurada; cuando no puede hacerlo se las arregla para intentar que los españoles sigan creyendo en lo que les conviene, que no hay guerra, sólo misiones de paz. Sin embargo, son continuas las noticias como la de ayer mismo que atribuían a los ataques de la OTAN, en cuya misión participan las fuerzas españolas, la muerte del hijo del líder libio, y han sido y son muy numerosos los datos que indican que en el ataque de la OTAN al régimen libio se han producido numerosas víctimas colaterales, niños entre ellas. Pasa en todas las guerras y raro sería que no pasase también en ésta. Nuestra política internacional ha sido tan delirante, que es lógico que el Gobierno trate de disimular que estamos metidos de hoz y coz en una guerra que se prevé larga y que resulta difícil de diagnosticar, relatar y comprender. Aquí, pase lo que pase, el Gobierno adopta una posición de aparente impasibilidad para tratar de mantener la ficción política sin la que no sabe moverse, la falsedad de que no estamos en una guerra y de que las tropas españolas se dedican, tan sólo, a extraordinarias operaciones benéficas de ayuda a los civiles indefensos. La guerra, según quieren hacernos creer estos pacifistas de pacotilla, la hacen otros, de manera que nosotros podemos pretender ocupar en el conflicto ese envidiable lugar del que está por encima del bien y del mal, sea lo que sea lo que haya ocurrido. Es patente el contraste entre esta hipocresía grotesca y el escándalo que armaron los socialistas en la oposición cuando España decidió enviar tropas de pacificación a Irak, tras la llamada de la ONU a hacerlo. Se trataba entonces de atacar al PP y, como siempre que eso sucede, la verdad importó mucho menos que los intereses, de modo que el “No a la guerra” se extendió con la velocidad de las consignas entre los militantes y simpatizantes de la izquierda.
Ahora que estamos en una guerra considerablemente más cercana y en la que nuestra responsabilidad relativa es mucho mayor, pues es una intervención de la OTAN y no directamente de los EEUU, el Gobierno ni sabe ni contesta, mira para otro lado aparentando ignorar la gravedad de cuanto está sucediendo en la orilla sur del Mediterráneo a muy pocos kilómetros de las costas españolas. Nuestras tropas cumplen dignamente su papel, pero se trata siempre de misiones poco airosas, ya que el estúpido pacifismo socialista trata de aparentar que las tropas españolas no participan en esa campaña, pero el Gobierno no está en condiciones de garantizar que no haya sido un misil español el que haya causado tales o cuales daños porque, digan lo que digan, nuestros soldados están participando en una guerra muy conflictiva y, además, menos clara desde el punto de vista del derecho internacional que la de Irak. El Gobierno ha hecho suya la increíble explicación de que, como pasó en Afganistán, a los helicópteros españoles los derriba el viento, nunca las armas enemigas, aunque sólo si el Gobierno es socialista, porque, en cambio, cuando hubo un accidente de aviación les parecía evidente la responsabilidad directísima de trillo. Fue precisamente José Bono, habituado a toda clase de ficciones, quien sostuvo con desparpajo dos interpretaciones tan asimétricas y malintencionadas. Resulta claro que los socialistas empezarán a poner el grito en el cielo al minuto siguiente de dejar Zapatero y Chacón sus responsabilidades en el Gobierno.  
La portabilidad de las tabletas

domingo, 7 de agosto de 2011

La JMJ, los indignados y Rubalcaba


Parece como si hubiera pasado un siglo desde que Zapatero, vapuleado por las agencias de calificación y la subida de nuestra prima de riesgo, decidió adelantar las elecciones. Una vez más, se le ha visto el plumero, su afición a hacer como que hace, ya que el supuesto adelantamiento era una dilación en toda regla, de manera que parece bastante probable que tenga que volver sobre su propósito si no quiere acabar todavía peor. La decisión de Zapatero se produjo en un determinado clima político que es interesante analizar, y fue coherente con dos noticias muy significativas, y que anunciaban jaleo. Las agresiones a la policía y el anuncio de que los chicos del 15 M van a contraprogramar la próxima visita de Benedicto XVI a nuestra tierra con una gran manifestación y con toda suerte de supuestos argumentos civiles y fiscales, ellos que para todo piden subvenciones y no suelen estar muy puestos, claro es que no enteramente por su culpa, en lo que significa ganarse el pan con esfuerzo, trabajar, una cosa un poquito más aburrida que despelotarse en el paseo del Prado.
No había que ser un futurólogo eximio para adivinar que, tras el fracaso del PSOE en las elecciones municipales y autonómicas,  a alguien se le ocurrirían iniciativas de este estilo, y no deja de ser sorprendente la cercanía de esa declaración de intenciones a la esperada convocatoria de generales. ¿Será posible que a Rubalcaba o a alguno de sus colaboradores se le haya escapado una confidencia hacia la mano que mece la cuna de estos indignados residuales, resistentes y radicales?
El anuncio de movilizarse contra la visita papal muestra muy claramente el oportunismo de lo que queda como resto de lo que pudo haber sido, y no lo fue, un intenso movimiento de renovación cívica: queda el sectarismo, el fanatismo, el odio a la libertad, es decir, la misma extrema izquierda que estuvo en sus orígenes y que, por las bravas y como suele, se ha erigido en administrador único de una herencia bastante más plural. Es absolutamente inaudito que se decidan a combatir la visita del Papa y eso muestra muy claramente su faz más intransigente y brutal.
Las autoridades no debieran tolerarlo, pero lo harán porque les viene bien una pizca de crispación, como confesó Zapatero a Gabilondo, cuando creía que no les oía nadie. Se dice que Zapatero solía repetir a los suyos, a la hora de tomar una medida supuestamente  impopular, una frase que podría resumirse así: “no os preocupéis, que ya nos lo arreglará la derecha”. Es obvio que lo que desearían quienes vayan a hostigar la visita del Papa es que hubiese algo así como una yihad católica, pero, a Dios gracias, no hay tal. Tendrán que conformarse con los aspavientos de algunos que no entienden que lo que busca la izquierda radical es una reacción especular a sus agresiones para identificrla con la derecha y con el PP, la vieja magia del “que viene el Dobermann”.
Naturalmente las autoridades, con plena conciencia de ser cesantes, no van a manchar lo que consideran ser su limpia ejecutoria reprimiendo algo que, en el fondo, les viene muy bien. Ya se las apañarán para encontrar disculpas, pero es seguro que la policía no va a impedir que haya incidentes con la cínica excusa rubalcabiana de que se trata de evitar males mayores. Soy plenamente consciente de que la comparación no es del todo adecuada, pero ¿se imagina alguien que se autorizase una manifestación de ultras para contraprogramar los fastos del orgullo gay? Está claro que cuando se tiene una idea sesgada de la democracia, cuando se cree que si mando yo vale todo, no hay límites a lo que se puede llegar a hacer para evitar la perdida del poder, o para aminorar sus daños. Los socialistas, Zapatero y Rubalcaba, coinciden decisivamente en este punto, les conviene que haya jaleo, que los ánimos se encrespen y que se deje de hablar, en último término, del concienzudo desastre al que nos han llevado. Ojala se equivoquen, porque ya es hora de que todos los españoles podamos darnos el gusto de discutir sobre los asuntos comunes sin que los trileros de la política nos obliguen a discutir sobre fantasmas, sobre rencores, sobre memorias afeitadas y leyendas tan falsas como supuestamente vivas.
Los españoles que deseamos un triunfo amplio y nítido del Partido Popular, que es lo único que, a día de hoy, puede evitar nuestro deslizamiento al desastre financiero y a una larguísimo jornada de empobrecimiento y decadencia, haríamos bien en no entrar a ninguna de estas provocaciones. Es lamentable que las autoridades sean tan sectarias que no sepan preservar para la buena imagen de nuestro país un acto como el de la Jornada Mundial de la Juventud, pero ya se sabe lo poco que a estos señores les importa nuestro destino común en relación con lo mucho que aprecian sus poltronas. Desearía vivir en un país en que la policía cumpliese civilizadamente con sus obligaciones, y mantuviese el orden público sin sectarismo, pero eso va a ser muy difícil con un gobierno que se retira cabizbajo y que no duda en echarle a quién sea la culpa de sus disparates, aunque sea al Papa, que viene a España a rezar con jóvenes de todo el mundo. 


Vuelva usted mañana

viernes, 5 de agosto de 2011

La convocatoria fallida

Zapatero ha cometido tantos errores de apreciación y de pronóstico a lo largo de su mandato que no tiene nada de particular que a la hora de convocar las elecciones de manera anticipada se hay quedado corto, se haya equivocado una vez más. Solamente un superdotado para las pifias podría conseguir lo que ha hecho Zapatero, tratar de cerrar su ciclo presidencial con una anticipación tardía. Muchos españoles, notablemente hartos de su Gobierno, respiraron al conocer el adelantamiento, pero ni siquiera esa alegría podría ocultar el disparate partidista que supone dejar al país cuatro largos meses al pairo para que el compañero Rubalcaba componga una faena de aliño.
Como era de esperar, la reacción del mercado ha sido pésima. Es normal que se inquieten unos señores que saben que está en riesgo el cobro de sus intereses ante la pachorra de quien no hace nada por demostrar que vaya a poder pagarlos, y además se toma con toda la calma del mundo la tarea de poner el poder en manos más expertas y decididas. No es verdad que los especuladores estén atacando la solidez económica de España, lo que ocurre es que los tenedores de deuda se asustan al ver la increíble irresponsabilidad de quien no se conforma con haber sido incapaz de enderezar la economía española  sino que da muestras de su absoluta incompetencia pretendiendo dejar al país sin una dirección política definida durante casi medio año, y mientras resulta evidente que la capacidad de compra de los mercados está reducida por saturación. El Gobierno ha puesto cara de que iba a hacer grandes cosas, pero los mercados ya se han dado cuenta de que este Gobierno miente más de lo que habla, ha dicho que iba a hacer, pero no ha hecho nada que le supusiera realmente un desgaste, a parte de castigar a pensionistas y funcionarios, y ahora pretende seguir sesteando durante cuatro meses al abrigo de una calma inexistente. Los mercados saben que todavía no se ha hecho nada medianamente serio que indique que podamos empezar a crecer y a disminuir el coeficiente de los ingresos del Estado que ahora hemos de dedicar a pagar los intereses de la enorme deuda que ha generado el presidente más incompetente de la historia de la democracia. Está claro, por tanto, que la amenaza económica es tan fuerte que es incompatible con este falso adelanto, con una de esas simulaciones que no sirven para nada. Las circunstancias económicas son tan graves que la única solución que nos queda es ir a elecciones el primer día que se pueda, a primeros de octubre y no a finales de noviembre.
Desde el punto de vista político, este moroso adelantamiento es también un disparate, parece hecho a la medida para que los indignados puedan preparar con calma sus nuevas representaciones, esta vez claramente urdidas en comandita con el candidato Rubalcaba,  lo que supondrá generalizar una imagen de la situación española que no favorece en nada la estabilidad de nuestra economía, la estampa de un país con una dirección política irresponsable y demagógica, en la que unos señores desarrapados y sucios se adueñan de la calle por las bravas para quejarse porque los ahorradores pretenden que se les devuelva lo prestado.   
Zapatero sabe que su salida del poder no será especialmente brillante, pero está a punto de evitar, todavía, que resulte completamente deshonrosa si, por una vez, tiene reflejos y convoca las elecciones de manera inmediata, sin ninguna demora, como haría cualquier político decente si comprendiera que su continuidad supone un riesgo inasumible para la patria.
El único problema de los e books

jueves, 4 de agosto de 2011

Cuestiones simbólicas

Un alcalde de CiU se ha sentido molesto porque el Delegado del Gobierno le ha exigido que ponga la bandera nacional en el Ayuntamiento de su localidad. Además de alegar que la había quitado por razones no políticas, el alcalde listillo ha dicho que lamenta que el Gobierno se preocupe de cosas simbólicas en lugar de preocuparse de la crisis económica. El argumento es de coña, y más viniendo de quien viene. Buena parte de nuestra crisis económica se debe al exceso de simbolismos nacionalistas, y a que unos y otros se dediquen a vaciar las ubres del Estado, el bolsillo de todos, con argumentos identitarios, casi siempre bastante peregrinos. Esta vez el Gobierno ha hecho lo que debía, y si lo hubiese hecho más veces tendríamos menos problemas simbólicos, y menos problemas económicos, porque nunca es barato pasarse la ley por salva sea la parte con el bello motivo de que uno es de no se dónde o se siente no sé cómo. No es simbolismo, es la ley, que es también un símbolo. 
Escaramuzas legales contra el éxito de los Androides

miércoles, 3 de agosto de 2011

Ante las urnas


Tras una buena serie de afirmaciones contrarias finalmente desmentidas, tal y como es norma del personaje, Zapatero ha convocado las elecciones generales para finales de noviembre. No son fáciles de entender ni la fecha escogida, ni el largo período de campaña, apenas aliviada por los calores, que nos espera. Algunos, bien informados para nuestra desgracia, sugieren que en agosto podrían crujir más de la cuenta las cuadernas económicas, pero seguramente no faltará quien impute el posible desastre a la inminencia de la llegada de Rajoy a la Moncloa, pues ya se sabe que siempre hay gente dispuesta a todo.
El legado que deja Zapatero es realmente espantoso. Ya se puede preparar el próximo Gobierno porque le va a costar mucho doblar el Cabo de la Buena Esperanza, con la mar muy bravía, y sin que se adivine ninguna calma inmediata.
Mi impresión es que, aunque parta de favorito en las encuestas y en los deseos de muchos, el papel que ha de jugar Rajoy en estos meses va a ser singularmente difícil. Su primera aparición tras la noticia de la convocatoria tuvo altura y serenidad, pero cometió el error, a mi gusto, de prometer algo que difícilmente vaya a poder mantener, de ponerse la venda antes de la herida. Se trata de un error muy común en la derecha que da, sin mayores precauciones, por buenos los pronósticos que le proporciona la izquierda. La teoría de la izquierda dice lo siguiente: Zapatero ha perecido porque, valiente y gallardo, se negó a hacer recortes sociales, y cuando tuvo que hacerlos, perdió definitivamente su prestigio político, se condenó a la retirada. En consecuencia, si la derecha, que es perversa, hiciere lo que ha debido hacer, inexcusablemente y por patriotismo, la izquierda, su hegemonía se acabaría en horas veinticuatro. Así pues, respondiendo a esa curiosa teoría, el señor Rajoy se ha apresurado a decir que él no hará recortes sociales.
La verdad, sin embargo, es que los recortes sociales los ha hecho Zapatero a lo largo de seis largos años de política económica irresponsable que nos ha llevado casi hasta los cinco millones de parados, y que ha hecho, por ejemplo, que para pagar los intereses de la deuda en el año 2011 sea preciso destinar más del 75% de los ingresos por el IRPF.
Rajoy tendrá que decirle a los españoles la verdad en unas circunstancias difíciles, dramáticas, pero me parece que sería un error pensar que quienes le pueden votar vayan a asustarse por lo que se les diga: el verdadero susto lo llevan en el cuerpo cuando ven lo que les pasa, y cuanto ocurre a su alrededor, y su miedo mayor es a que alguien les siga engatusando mientras les conduce al abismo.
Rajoy tiene que empezar a hablar a los españoles de tú a tú, descubrir que hay gente dispuesta a oírle y deseosa de que tenga éxito. Tiene que encontrar un tono que no es fácil de manejar, pero que no puede ser lisonjero ni halagador, aunque esté inspirado en la esperanza que merece el esfuerzo extraordinario que habremos de hacer. Tiene que mostrar que si los españoles llegamos a depositar su confianza en él es porque confiamos en nosotros mismos, sin esperar a que nadie nos resuelva un problema que hay que abordar con más empeño, más sacrificios y más paciencia que nunca.
Rajoy está demasiado acostumbrado a reñir al Gobierno, y a fe que no han faltado motivos para hacerlo, pero ahora tiene que convencer a los españoles de que España tiene solución y que merece la pena pelear por un porvenir brillante y atractivo, pasar por los malos ratos que se hayan de pasar hasta poder asomar la cabeza de nuevo. Como dijo en una memorable ocasión Francisco Umbral, Rajoy tiene que dedicarse a hablar de su libro, de un programa que no podrá reducirse a una serie de recetas temerosas sino que tiene que ser un ambicioso proyecto político de restauración del pacto constitucional, y de reconstrucción de un hogar común casi enteramente destruido por la insensatez, pero que es una condición imprescindible para que podamos tener de nuevo una economía próspera. Este programa ha de tener la suficiente energía como para hacer posible lo necesario, ha de proponer unas políticas muy distintas a las socialistas, a las clásicas y a las de Zapatero, pero sin romper los moldes de un sistema en el que siempre tendrá que haber lugar para la alternancia, para la libertad, de tal modo que aunque el PSOE lo haya hecho tan rematadamente mal en estos años, pueda reinventarse y encontrar de nuevo un espacio necesario, y cómodo, en el marco constitucional.
Se trata, pues, de algo mucho más delicado y sutil que llevar la contraria, de conseguir que los españoles sepan que, por fin, podrán tener un Gobierno que no sienta la necesidad de mentirles porque está cierto de que ellos son los más interesados en tener un buen diagnostico y aplicarse la terapia, aunque sea dolorosa, y que eso se puede hacer sin que se tenga la sensación de que siempre son los más los que pagan los platos rotos por la irresponsabilidad de los menos.


Los ordenadores nos arruinan la memoria, y nosotros sin hacer nada

martes, 2 de agosto de 2011

ZP no le quita ojo a la crisis, ¡qué horror!

En verano la prensa no suele dar grandes sustos, políticos, me refiero, porque las catástrofes parece que siempre andan al acecho. Este agosto nos enfrentamos con una situación económica muy crítica y eso se refleja en la fiebre que le entra a nuestra prima de riesgo, y en las renovadas amenazas de hecatombe. Ahora bien, lo que me ha puesto los pelos de punta ha sido enterarme de que Zapatero no se va de vacaciones para estar  atento a la evolución de la crisis de la deuda. ¿No sería mejor que se fuera como si no pasase nada? ¿No era esto de la crisis un problema de confianza? A mi Zapatero me inspira mucho más confianza descansando que trabajando, que conste.
La tienda de Vodafone no tiene teléfono o cómo sobrevivir de milagro

lunes, 1 de agosto de 2011

España y EEUU no se parecen en nada, me temo

Hoy he almorzado con un amigo sabio que me ha estado contando cómo, a su manera de ver, los partidos españoles se han lanzado a esto de las redes sociales y FB y todo lo demás, como si eso fuese decisivo y él creía que no lo es; yo tampoco lo creo; tengo mis dudas de que lo haya sido en EEUU, como se repitió tanto a propósito de Obama, y ya ven, pero estoy seguro de que aquí no es sino una forma más de perder el tiempo y de gastar el dinero a las que tan aficionados son algunos de los chicos listos que hay en las cúpulas de los partidos, por decir algo. Ayer comenté en mi blog de cultura digital la lectura de un artículo de Malcolm Gladwell que acaba de publicar la Revista de Occidente y que era muy crítico con las supuestas influencias decisivas de las redes: no resumiré lo que dice, para que no se diga que no recomiendo la lectura de papel, pero me parece que su argumentación es perfecta (también en digital, aunque en inglés). A mi, cuando me he reunido con expertos de esta clase de actividades, siempre me ha llamado la atención que las cifras que dan de sus clientes, y que les parecen grandes, son en realidad, muy cortas en relación con las poblaciones concernidas, de manera que creo que estamos ante un fenómeno de exageraciones mutuas, y lo dice un convencido de la importancia de la tecnología digital, pero por razones muy distintas, y en parte por llegar, que las de las redes o la moda anterior de la Web 2.0 que también sirvió para dar bastante la tabarra. ¿Creían ustedes que iba a hablarles de las diferencias entre EEUU y España?, con lo dicho me parece que ya les he dado una pista. 


A propósito de Vargas Llosa y Nicholas Carr