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domingo, 14 de agosto de 2011

Huelgas en el césped



A muchos españoles se les hace difícil comprender la huelga de futbolistas. La razón de ese rechazo no debiera depender de que los futbolistas, al menos los más conocidos, ganen mucho dinero, pues lo obtienen merecidamente y en un mercado muy reñido, sino de que parece absurdo que el mundo del fútbol tenga que recurrir a un procedimiento tan radical para arreglar sus problemas. Para desgracia general, los sindicatos, pero no solo ellos, ahí está la asombrosa y extemporánea huelga de las farmacias de Castilla la Mancha para recordarlo, nos han acostumbrado a que el recurso a la huelga se haya convertido con demasiada frecuencia en un instrumento al servicio de ciertos privilegios.

Las huelgas las suele pagar, con sospechosa frecuencia,  quienes no tienen culpa alguna, terceros completamente ajenos al conflicto. Es lamentable que los aficionados, de cuyo interés viven tanto los jugadores como la Liga Profesional, tengan que ver frustrada su expectativa de entretenimiento por las malas artes y las escasas capacidades de negociación de todos. No es que no se pueda vivir sin fútbol, que naturalmente se puede, sino que resulta particularmente indefendible el desprecio a los espectadores que se oculta tras las amenazas de no saltar al campo, para empezar, durante las dos primeras jornadas de Liga. El fútbol es un negocio que, aunque pudiera parecerlo, no es de la exclusiva propiedad de quienes lo administran y más se lucran con él.  No es de recibo, por lo tanto, la demagogia de las partes que hablan del fútbol como algo de su exclusiva propiedad, ni tampoco la presentación de este conflicto ante la opinión pública como un asunto en el que se ponen en juego intereses vitales de trabajadores o empresarios. Es inadmisible que ni la Liga ni la AFE sean capaces de comprender que, más allá de sus derechos, que nadie niega, tienen la obligación de servir al público, y que es bastante difícil asumir que puedan existir unos problemas que no son capaces de resolver sin recurrir a medidas tan extremas. Que no les quepa duda de que están dando una imagen de irresponsabilidad e incapacidad de gestión que resulta muy penosa en unos momentos en que son millones los españoles que sí padecen unas circunstancias especialmente difíciles, y que no está en sus manos poder cambiar. Debiera bastar esta somera consideración de respeto al público para que unos y otros comprendieran que es de su interés, y del de todos, resolver de manera razonable los problemas que les afectan, sin echar sobre las espaldas del público un conflicto al que es enteramente ajeno. No estaría de más, tampoco, que los deportistas de mayor nivel económico arbitrasen fórmulas que permitieran proteger, al menos temporalmente,  a sus compañeros más débiles de la incompetencia e irresponsabilidad de algunos directivos: al fin y al cabo, sus éxitos se asientan en la existencia de una pirámide de muy amplia base, y debieran sentir una cierta obligación de ser ejemplares, también en la solidaridad con sus compañeros más modestos.

Las causas del conflicto derivan en último término del lamentable confusionismo y vacío legal en el que se mueven muchas oscuras actividades de algunos oportunistas e irresponsables que se han hecho con los derechos de ciertos equipos. Ya sabemos que este Gobierno es bastante inútil y ha resultado completamente incapaz de resolver razonablemente los problemas de nuestra economía, pero ese Ministro del Deporte que ha recogido tantas Copas debería ser capaz, al menos, de evitarnos este espectáculo.

1 comentario:

David dijo...

Querido José Luis: No puedo estar más de acuerdo contigo en la valoración de la situación, y en la adjudicación de responsabilidades, desde los implicados directos hasta el Ministerio; y sobre todo estoy de acuerdo con la vía que propones a modo de norma de código deontológico que debería existir tanto en el fútbol como en otros ámbitos: la aplicación de fórmulas mediante las cuales los futbolistas de mayor nivel ayudaran a los más modestos. Se trata de un ejercicio de responsabilidad y de justicia, porque, como dices, los de la cúspide de la pirámide deben su posición al resto de la estructura que los sustenta. Esto es así en la sociedad en general (y por eso no entiendo a quienes se oponen a introducir impuestos más elevados a quienes tienen mucho más dinero del que necesitan razonablemente para vivir con comodidad, u otras fórmulas más o menos directa o indirectamente redistributivas). Desde luego, hace falta un cambio de mentalidad que nos haga a todos más solidarios, no sólo por puro altruismo, sino por ser conscientes de lo que debemos a la sociedad por lo que tenemos. El mismísimo Warren Buffet lo entiende, afortunadamente, y dona la mayor parte de su fortuna a fundaciones (sobre todo a la de Bill Gates, creo), porque, según dice, él no se engaña a sí mismo sobre lo que merece personalmente del dinero que ha podido conseguir: como lo expresa él mismo, él ha sido un afortunado al que los mecanismos que ha puesto a su disposición la sociedad han permitido concentrar una fortuna muy importante, y por lo tanto tiene una responsabilidad proporcional para con aquélla.

Esto me lleva a algo que has comentado de pasada: que los futbolistas más conocidos merecen la gran cantidad de dinero que ganan. Aquí no puedo estar de acuerdo. Nadie (ni futbolistas, ni banqueros, ni...) merece ganar semejantes cantidades como las que se manejan hoy, ni aunque salvara a la humanidad entera de una hecatombe planetaria. Nadie merece administrar en su propia persona cantidades semejantes de recursos, que no sabrían ni qué hacer con ellos en varias vidas, y así los gastan en lujos absurdos (y no estoy diciendo que todo lujo sea absurdo, pero en algunos casos se han sobrepasado todos los límites razonables). Como mucho entendería que se asignaran recursos económicos por encima de lo que se considerara razonable para el uso personal a personas que, por la naturaleza de actividad por la que se ofrece la contraprestación económica, se pudiera suponer que fuera a invertir el "excedente" de manera responsable en favor de la sociedad (no es el caso del fútbol, claramente, por mucho que lo queramos romantizar - más sobre esto pronto...). Para esto, de nuevo, haría falta un cambio de mentalidad por el que la sociedad reconociera mejor determinadas actividades, y que también los ciudadanos tuvieran un mayor sentido cívico, de la responsabilidad y altruista.

Un abrazo,
David