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viernes, 16 de septiembre de 2011

Un escenario político enrarecido



Es frecuente acudir a la comparación entre las circunstancias políticas del cambio de gobierno de  1996, el fin del largo período felipista, y las que se adivinan ahora frente al presumible triunfo del Partido Popular. Se trata, sin embargo, de una analogía bastante poco ajustada. Es verdad que el PP heredó una crisis económica muy grave, pero todo indica que lo de ahora es bastante peor, también en el plano puramente político. La posibilidad de incorporarnos al euro, como coronación de nuestra integración en Europa, iluminaba en 1996 el difícil escenario económico con matices favorables al esfuerzo por alcanzar unos objetivos tan ambiciosos; ahora, por el contrario, el sentimiento predominante es el del miedo, sin apenas espacio para la ilusión colectiva. Cuando se sabe que nuestra economía, y algo más, está intervenida, y no hay certeza de que se pueda llegar a la fecha electoral con un mínimo de normalidad, es muy difícil encandilarse con metas de cualquier tipo.
Desde el punto de vista político, a la pujanza del PP de 1996 se contraponía un PSOE desgastado, pero sin fisuras importantes, y todo lo demás estaba en su sitio. Ahora, el PP puede alcanzar la victoria,  pero el escenario político que le espera ofrece numerosos signos inquietantes. El PSOE no se encuentra, simplemente, desconcertado por una bicefalia asimétrica y estrafalaria, sino que se halla, realmente, frente a una amenaza de naufragio, frente a un revés de proporciones históricas. Los optimistas tendemos a pensar que esa pudiera ser una ocasión inmejorable para que se produzca una auténtica transformación de la izquierda, pero no hay signo alguno que haga verosímil una eventualidad semejante. Un PSOE que, al margen de los ataques de pánico del presidente que le han llevado a hacer cosas tan precipitadas y extrañas como la modificación urgente de la Constitución, es capaz de votar una propuesta de los nacionalistas más radicales para tocar las narices al poder judicial, no ofrece el más leve signo de que pueda reformarse de manera inmediata, aunque las derrotas son muy pedagógicas.
Los nacionalistas, por su parte, además de no renunciar ni al último segundo para sacar tajada, parecen haberse echado al monte, aunque muchos vuelvan a casa por la noche a dormir con comodidad. No es necesario dar muchos más detalles, pero bastará con recordar que el ex secretario general del PP, y presidente de Asturias, señor Álvarez Cascos, presenta un lista rival del PP por Madrid para darse cuenta de que el escenario político está profundamente alterado.
Así las cosas, el panorama con el que se va a  encontrar Mariano Rajoy, si, en efecto, gana las elecciones, probablemente con muy baja participación y con amplia mayoría, será bastante más complicado que el de 1996, y va a exigir algo más que unas políticas de ajuste eficaces, rápidas y creíbles. Un factor determinante será la solidez de su grupo parlamentario, que se habrá de enfrentar con amenazas y situaciones inéditas, y otro su capacidad de establecer una alianza de fondo con el PSOE para afrontar una reforma política y constitucional que permita poner el orden y la austeridad imprescindibles para que la recuperación económica pueda ser sólida y duradera. Es obvio que lo que quede del PSOE para esa fecha podrá sentir la tentación de negarse a colaborar, pero, al menos a mi entender, eso sería clavar el último clavo en su propio ataúd político, y no será fácil que Rubalcaba, si sobrevive, se preste a ello. 
Me parece, sin embargo, que en este panorama tan poco halagüeño, va a existir un factor con el que se suele contar poco, y que convendría tener muy presente, la hartura de un altísimo número de españoles frente a tanto disparate, su convencimiento de que nuestra situación económica exige cambios drásticos, y su escasa disposición a seguir las presumibles consignas revolucionarias de sindicatos, indignados y desplazados de los beneficios de un sistema tan dadivoso como insostenible. Creo que una amplísima mayoría de españoles se pondrá detrás de un gobierno decente y razonable, que acometa sin dilaciones las reformas necesarias, y que se proponga poner coto a la infinita variedad de disparates políticos y económicos que, poco a poco pero sin pausa, hemos ido conociendo en los últimos meses y que han desangrado las arcas públicas hasta extremos lamentables. Es evidente que una nueva política va a exigir un tono moral muy distinto, y es lógico que algunos puedan sentir temor a las resistencia, pero la confianza de los ciudadanos se gana con determinación y con coherencia. Habrá que hacer una poda bastante radical, y eso va a resultar molesto para algunos, pero no  para cuantos saben que no se puede seguir viviendo del cuento, ni de las subvenciones hasta para pedirlas. Claro es que si Rajoy quiere triunfar ante esta difícil tarea, habrá de empezar predicando con el ejemplo, disciplinando a los suyos, y ni siquiera eso será fácil.

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