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viernes, 18 de noviembre de 2011

Una campaña fallida


Algunos estrategas de los grandes partidos tienen una idea muy pobre de las posibilidades intelectuales del electorado. Esta presunción, sin demasiado fundamento, actúa como una de esas profecías que se auto-cumplen porque, al plantear campañas pobres, maniqueas y con un guión archigastado, arruinan de manera deliberada el rédito político que pudiera obtenerse con ellas. Es muy interesante preguntarse por las razones de esta elípsis de un debate realista y sincero cuando ninguno de los partidos principales tiene razones de peso que le hagan temer por su papel predominante. Si cualquiera de ellos estuviese seriamente amenazado por una alternativa en lo que consideran como terreno propio, podría tener sentido una actitud tan conservadora, pero, no siendo así, es difícil entender su resistencia a innovar, a hacer política de cara al público, a plantear a los electores españoles problemas reales y alternativas verosímiles en lugar de tratar de entretenerles, vanamente, con argumentos de parvulario.
El origen de todo pudiera estar en la imagen goyesca de la política que se ha hecho dominante: me refiero a la Riña a garrotazos, esa pintura negra del aragonés en la que seguramente quiso simbolizar la lucha fratricida entre liberales y absolutistas que desangró nuestro siglo XIX. Lo sorprendente es que cuando la sociedad española da signos obvios de madurez, pacifismo y serenidad política, los grandes partidos sigan teniendo interés en mantener una  simbología tan arcaica, tan disfuncional, y que, entre otras cosas, hace que tiendan a apartarse de la política las personas con un cierto nivel de exigencia intelectual y moral.
Nadie podrá negar que la ocasión era pintiparada para que el desempeño de la campaña hubiese podido ser un poco más sutil, menos aparatoso y más interesante. Al fin y al cabo, muy poco antes de la campaña los dos grandes partidos hicieron conjuntamente una cambio constitucional bastante significativo, como prueba de que ambos compartían el empeño de mantener a España en el núcleo esencial de la Europa del euro. Ambos habían pactado además, según se dice y ha podido parecer, apartar la discusión de ETA de la campaña, cosa de la que es posible que no se haya enterado Rubalcaba. Disponían, pues, de un amplio campo de acuerdos básicos para ponerse a discutir sobre medidas concretas, sobre ajustes, sobre lo que cada uno de ellos considerase necesario hacer. Podían, en suma, haber hablado de política y haberse dejado de retóricas apolilladas. Es obvio que si cualquiera de ellos hubiese empezado a hacerlo habría obligado al otro a entrar en el debate. Es particularmente notorio el error de Rubalcaba porque, aunque parte, se supone, desde el Gobierno, ha decidido actuar como un candidato de la oposición, renunciando a todo lo que no sea acusar a su rival de hacer lo que él mismo ha hecho, un escamoteo en toda regla  de cualquier discusión política con un mínimo de realismo. Al actuar así, Rubalcaba ha cometido seguramente su mayor error, porque aunque se pretenda que su estrategia está destinada a conseguir el control del partido, no se ha atrevido a hacer lo que habría hecho cualquier líder político con valor, lo que habría hecho, por ejemplo, un Felipe González, coger el toro por los cuernos y, apoyándose en el giro obligado del Gobierno, en lo que ha retirado a Zapatero de la escena, ofrecer un panorama de reformas y de políticas creíbles y atractivas.  No diré que fuese fácil intentarlo, pero Rubalcaba ha actuado más como un oportunista a la baja que como un auténtico líder, y seguramente no obtendrá nada de lo que habría podido ambicionar.   Dicho a la manera de Churchill, ha preferido la irrelevancia al desastre, y tendrá doble dosis de cada.
Creo que la actitud de Rajoy al no plantear ciertos debates es también equivocada, porque ha podido privarle de un plus de legitimidad que hubiese obtenido sin demasiado riesgo, pero, al menos, sus apelaciones al diálogo y a la confianza, además de ser necesarias, le colocan inequívocamente en el camino de moderación que insensatamente ha querido arrebatarle su adversario. 

La pereza y el conformismo que están debajo de esta estrategia de perpetuación de una estúpida batalla entre buenos y malos no tardará en pasar cuentas a quienes persistan en ella. Haya que suponer que tras estas elecciones nos abriremos a un panorama distinto, porque una democracia no puede prosperar sin libertad, sin debate, sin política, sin hablar de verdad de lo que nos pasa; dar gato maniqueo por liebre democrática puede acabar resultando muy caro a los tramposos. El 15M no fue más que un intento, muy manipulado por la izquierda radical, de mostrar la insatisfacción de nuevas capas de población joven con el clima político vigente. Se trata de una tendencia que no va a aquietarse a cambio de nada, aunque solo sea porque el público ya está al cabo de la calle sobre la escasez de los milagros, y detesta los supuestos debates ad usum delphini.
Publicado en El Confidencial

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