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miércoles, 29 de febrero de 2012

Una triple

Que el resultado del triple proceso a Garzón iba a revestir la forma de un compromiso parecía estar fuera de duda, y así parece haber sido. Había que condenar y se condena; había que no quemarse, y se ha evitado el fuego; era peligroso tocar algunas coas, y se han evitado. Un gran ejercicio, pero un sabor algo estomagante para paladares con pretensiones. Bien hará el español de a píe, la inmensa mayoría, en no pensar que a él pueda sucederle tamaño prodigio: se ha restablecido el orden, pero la justicia puede esperar. 
Smartphones y su venta

martes, 28 de febrero de 2012

Un Gobierno que se mueve

Tengo que reconocer que el Gobierno está haciendo cosas que me gustan y que, francamente, pensé que no haría. Me alegra equivocarme, pero espero que no sea flor de un día, y que el ritmo con el que se han inaugurado continúe por mucho tiempo, porque el país necesita de buenas noticias y, tal vez, de algo más de esperanza, no sea que se pase Rajoy con la sinceridad y, sin querer, alimente un  pesimismo que no hace ninguna falta con lo que llevamos. 
Un gran invento

lunes, 27 de febrero de 2012

Urdangarín ante la Justicia


Con la declaración del Duque de Palma ante el Juez que instruye el proceso en  que se ha visto afectado, el mal llamado caso Urdangarín debería entrar en una vía de normalidad, lejos de la propensión a la justicia espectacular y a las penas de telediario a las que nos ha acostumbrado un funcionamiento habitualmente lento y deficiente de la justicia ordinaria. La conversión de la justicia en un espectáculo es un fracaso en sí mismo, como lo demuestra el hecho de que habitualmente se pierda de vista el sentido  último de los procesos, olvidando, por ejemplo, que, en este caso, no se está juzgando directamente al señor Urdangarín, sino que su presencia ante el Juez se produce a consecuencia de una de las múltiples derivadas de una compleja trama de corrupción política en la Comunidad Balear. El hecho de que el señor Duque de Palma haya aparecido en medio de una investigación tan escandalosa no debiera convertirle en el blanco principal del proceso, que está muy en otra parte, y, en concreto, en quienes usaron de manera absolutamente irresponsable y delictiva los fondos públicos con la disculpa de la eficacia, la celeridad o la urgencia, y lo hicieron perjudicando notablemente a los contribuyentes y enriqueciéndose de manera escandalosa.
Ya es penoso que un miembro de la familia del Rey haya aparecido implicado en artes tan escasamente ejemplares, y es claro que eso ha merecido ya una justificada condena moral que no debiera confundirse con la sustancia legal del proceso ni con la pena que le pueda caber a cada cual, cosa que deberá estar, exclusivamente, en manos del Juez, quien, por cierto, hará bien en esmerarse muy especialmente dadas las connotaciones gravemente escandalosas que ha ido adquiriendo este proceso.
El señor Urdangarín está todavía a tiempo de rectificar y de colaborar con la justicia; para empezar, su actitud con los medios de comunicación ha sido todo lo correcta que cabía esperar, y es ese precisamente la conducta que más le conviene, si es que quiere restaurar cuanto antes su prestigio  personal, para dejar de manchar con su actuación al Rey y a la Monarquía. El Duque de Palma está ahora frente a un juez y eso no debiera ser inquietante para nadie que esté en condiciones de acreditar convincentemente el alcance de sus actividades, y, en el caso presente,  de separar con toda nitidez sus extraños negocios del ámbito de la Casa Real. Para empezar, el señor Urdangarín ha reconocido paladinamente ante el Juez que se le advirtió  hace ya bastantes años de la inoportunidad de sus actividades, y de que debería dedicarse, exclusivamente, a ejercer los cargos, nada desdeñables, que ostenta en función de su matrimonio y absteniéndose, por tanto, de operaciones extrañas.
Más allá de la responsabilidad que se le pueda atribuir al señor Duque en este escandaloso proceso, es evidente que su mera presencia en el estrado ha causado un daño a la buena imagen de una Institución que cuenta con el reconocimiento y el aprecio de una gran mayoría de españoles, pero que está muy especialmente obligada a comportarse de manera excepcionalmente rigurosa y ejemplar, y a mantenerse absolutamente ajena a las chapucerías y los mercadeos de influencias que siempre acaban por perjudicar al sufrido contribuyente. Hay que esperar que este asunto se resuelva con claridad y con el respeto más estricto a la ley, para que resplandezca la Justicia a la que, como dijo el Rey, nadie puede permanecer ajeno.  

domingo, 26 de febrero de 2012

Modas un poco absurdas

La vida social está llena de convencionalismos que no siempre son razonables. La política no se libra de esta clase de falsas soluciones y sufren, a la vez, la libertad y la eficacia, aunque muchos hagan su carrera a base de equívocos eficientes. En las tecnologías también se instalan las modas con efectos que, a veces, son absurdos: modos difíciles de hacer algo más sencillo, aunque también pueda ser que esas complicaciones son el camino inevitable hacia algo mejor. El Youtube que les recomiendo hace una parodia cómica de una situación ejemplar de lo que hablamos: no toda innovación es necesariamente ni buena ni lógica. 
Una nube privada

sábado, 25 de febrero de 2012

Reservas

El proceso en el que anda implicado el señor Urdangarín suscita toda clase de reservas, y puede acabar convirtiéndose, en cualquier caso, en un experimentum crucis de la democracia española, de la voluntad de acabar con la corrupción política. El Gobierno puede pensar que tiene demasiados frentes abiertos como para meterse en éste, pero no se puede seguir sin un estatuto sobre las actividades y servicios de la Casa Real y del propio Rey, salvo que se pretenda que el grado de cinismo del público informado llegue a ser tan grande como el grado de inopia del público desinformado, que es lo que me parece entender pretenden los socialistas, a quienes se les entiende todo. 
WMC y Barcelona

viernes, 24 de febrero de 2012

Un gobierno a prueba


Artículo aparecido en El Confidencial
Como para ilustrar la verdad de que las alegrías del político son escasas y cortas, Rajoy ha pasado directamente de la exaltación congresual, tan merecida como inane, a padecer el acoso de la calle, las amenazas de unos aventureros, que algunos pretenden presentar  como inocentes jovenzuelos en plena edad mocosa, el acoso sindical, y una rotunda descalificación de todo lo poco que queda en píe del socialismo y de la izquierda. Si el Supremo puede ser tildado de fascista por una sentencia,  se trata de poner contra las cuerdas al gobierno, no sea que acabe creyendo que una mayoría parlamentaria signifique algo, sin ser de izquierdas.
Lo importante no es ni lo que ha pasado ni lo que se supone que pueda pasar, sino si el gobierno va a acertar a responder inteligentemente a unos desafíos tan inadecuados, tan intemperantes, tan precipitados y tan histéricos. La regla de oro debiera ser muy sencilla: si buscan que el gobierno pierda los nervios, habrá que mantener la calma y el ánimo impasible. Eso es lo que el gobierno está haciendo más allá de algunos deslices verbales fruto de la bisoñez, algo que se cura con cierta rapidez a nada que se tenga un mínimo de espíritu crítico.
Llama la atención el escaso aprecio que hacen de la calidad y el peso del gobierno los estrategas de un acoso tan prematuro como impetuoso. Lo normal será que se lleven un chasco bastante grande a no mucho tardar, porque es de esperar que el gobierno no se mueva ni un milímetro del programa trazado, y que el público advierta con extrema rapidez el gato encerrado en esta intentona de guerra relámpago. Si el PSOE se piensa que de este modo vaya a recuperar algo de la prestancia perdida está en un grave error. Este es tal vez el aspecto más preocupante de los recientes episodios, la ligereza de criterios de Rubalcaba, la nueva jefa de la cocina de Ferraz o del señor Madina y la nueva portavoz parlamentaria, una Soraya, por si cuela la comparación. Desde lo del caso Blanco no se recuerda en los anales parlamentarios una exageración tamaña, y eso que aquella vez los grises le arrearon estopa a un don Jaime socialista cántabro.  
Se ve que los dirigentes socialistas no están todavía en condiciones de pensar en lo que les ha pasado, porque bastaría un adarme de reflexión para caer en la cuenta de que si algo no necesita el futuro del socialismo es demagogia e improvisación, tratar de seguir viviendo del cuento de las perversidades de la derecha cuando, resulta que al país le da por votarla mayoritariamente y en todas partes, o casi, al menos de momento.
Es posible que esta paliza en los lomos de un gobierno a sonrisa batiente por lo de Sevilla les haga caer en la cuenta de lo inútiles que resultan ciertas cautelas, y de la urgencia de algunas cuestiones pendientes, como remozar una televisión capaz de dedicar cinco o seis veces más espacio a un funeral como el del congreso socialista que a la  exaltación rajoyana y cospedalesca, puestos a comparar.
Hay un gen sectario en la política española que habría que neutralizar para que podamos razonar con una cierta libertad y algo de sosiego y objetividad. El gen afecta a todos, pero en el caso de la izquierda su efecto se ve potenciado por la mezcla con otros cuadros patológicos, por una creciente sensación de desamparo, y por una falta de claridad respecto a los orígenes de sus males, y esa confusión siempre da en pensar que algo marcha mal en la democracia cuando resulta que gana la derecha, y más si es por mayoría, y se atreve a hacer cosas que guarden alguna relación con su programa.
Es realmente sorprendente que sin haber transcurrido ni siquiera los proverbiales cien días de gracia, se pretenda zarandear al gobierno y que Rajoy presente su  renuncia, por radical. La izquierda parlamentaria, si pretende continuar siéndolo, debiera considerar con calma su papel en todo este proceso, y poner en cuestión el esquema según el cual cuando ella gobierna, los sindicatos se han de limitar a hacer  seguidismo, mientras que, cuando gobierne la derecha, izquierda haya de entregarse  a  los piquetes sindicales  y antisistema, a los pelotones antigubernamentales. Si pretenden recuperar voto ciudadano con esta estrategia es que no hacen ni puñetero caso de sus sociólogos, gente competente.
La serenidad parece una de las virtudes del nuevo presidente y, por tanto, sabrá tomarse estos golpes con la debida distancia, aunque sin dejar que los aspirantes a Che se crean que todo el monte es orégano. Pero, además,  deberá acelerar las reformas porque está claro que sus rivales políticos no están en condiciones de apreciar delicadezas. Si acierta, tendrá mejores soportes cuando tenga que afrontar la irritación de las gentes de bien que se desesperan por la tardanza del cambio de ciclo, por lo mucho que se demoran las vacas gordas. Justamente por eso es mejor apretar el acelerador a fondo, ahora que las protestas operan en un clima de expectación y de incredulidad. 


Garantías de Chrome

miércoles, 22 de febrero de 2012

Diseñar un futuro

Este articulo que escribí conjuntamente con José Luis de la Fuente apareció en Cinco Días el pasado lunes.


Un lugar en el mundo 

Cuando se mira hacia atrás, la historia de las grandes naciones nos muestra de qué modo han sabido ocupar una posición en cada momento y cómo han sido las situaciones en que la han perdido. España perdió hace ya mucho tiempo su papel de privilegio y muchos españoles parecen haberse conformado con esa casi desaparición del escenario, con reducirse a un cometido irrelevante y minúsculo.
La historia de nuestros últimos doscientos años es la historia de la crisis interior de un país que no sabe encontrarse en un mundo en que se ha perdido. En cierto modo, aunque algo más tarde, eso mismo le ha pasado a Europa, y es bueno pensar en la crisis contemporánea a la luz de esa retirada europea del protagonismo histórico.
Lo verdaderamente relevante en la crisis actual es que ya no parece posible compatibilizar el mutis y el progreso, que se hace necesario participar en la definición del mundo que viene y luchar por un papel definido y activo si no queremos quedar reducidos a la insignificancia y al retroceso cultural, económico y político. España y Europa tienen que luchar por mantener un papel relevante y tienen medios para ello, pero no valen todas las estrategias para conseguirlo: hay que acertar. Por supuesto, el primer error sería no plantearse muy a fondo esta cuestión, dar por hecho que otros nos la darán por resuelta, y, además, favorablemente a nuestros intereses.
Se hace necesario reconocer que hay que poner fin al vacío de estrategia de medio y largo plazo de España y de la Unión Europea y de cuanto lo hace posible, tratando de acabar con el déficit de liderazgo político y de élites que nos está condenando a un alargamiento agónico de una crisis a la que no se le ve salida.
Bien está que Alemania sea el centro, pero un centro sin ideas y sin conciencia de cuanto de él depende no es un timón, sino un peso muerto. Ese gran país sigue atenazado por los terribles errores cometidos en el último siglo y no parece proclive a asumir de una vez por todas su responsabilidad en el continente y su parte del riesgo de liderar la titubeante nave europea.
La finalización de la guerra fría, la caída del muro de Berlín y el esta-blecimiento de la democracia liberal -con sus matices, como apunta Amartya Sen- como la forma de gobierno más aceptada en países que han alcanzado una cierta prosperidad, ha dado lugar a la muy discutible idea de Fukuyama según la cual estaríamos ya en el final de la historia, en la ausencia de política. Se trata de un inmenso equívoco que confunde el fin de un cierto eurocentrismo y de la devaluación de los valores occidentales con el fin del mundo, cuando lo que ocurre, en realidad, es que un nuevo mundo se está abriendo paso a nuestro derredor sin que aparentemente podamos frenarlo o sumarnos a él en condiciones favorables.
En el caso de España, desde nuestra incorporación a la Unión Europea y al euro, hemos gozado de una bonanza económica y de un bienestar difícilmente equiparable a ninguno anterior de nuestra historia. Como ahora estamos viendo, ese estado de prosperidad estaba fundado en bases muy débiles. Ese bienestar nos ha resultado engañoso porque ha ocultado por más tiempo del debido cuál estaba siendo nuestro lugar en el mundo, qué era lo que deberíamos hacer y hacia donde dirigirnos.
La época de vacas gordas, nos dispensó de pensar en términos estratégicos y solo unos pocos escogidos acertaron a hacer sus deberes mientras el país en su conjunto creía nadar en la abundancia eterna del referido fin de la historia al amparo de la Unión.
Todo ello hizo que nos olvidásemos con facilidad de lo más necesario, de definir una estrategia de medio y largo plazo de Estado moderno, dentro de la Unión Europea y de cara al resto del mundo, y cuáles deberían ser los pasos para crearla, qué políticas habría que implementar para ello, gobernase quien gobernase y cómo deberíamos financiarlas y llevarlas a efecto.
Más bien al contrario, contagiado por la dictadura del cortoplacismo del mundo empresarial, lejos del objetivo de mejorar nuestra competitividad, nos hemos centrado legislatura tras legislatura en apagar los fuegos generados por los gobiernos anteriores, en trastocar tácticamente con escaramuzas sin número lo definido por el adversario político, olvidando el interés general de la Nación, la estabilidad, sostenibilidad, seguridad y progreso de nuestro orden económico, y las estrategias de defensa de los intereses de nuestra clase media -en clara regresión-, que, a la postre, es quien permite la existencia y la viabilidad del Estado mismo.
Mientras nosotros estábamos en esas, con falta de ideas y de análisis, tanto por parte de la izquierda como de la derecha, pero también por parte de una sociedad civil muy poco activa, buena parte de los países de la Unión Europea y gran parte de las democracias de todo el mundo hacían mejor que nosotros sus deberes. En consecuencia, ellos han soportado la crisis mucho mejor que nosotros y también se han visto menos afectados por la errática, titubeante y ambigua estrategia de la Unión Europea.
A nosotros nos toca ahora mover ficha inexcusablemente para tratar de recuperar el terreno perdido. Es verdad que estamos en una situación realmente terrible, pero también es cierto que son estas, precisamente, las circunstancias que obligan a repensar muy a fondo nuestro porvenir: ¿sabremos hacerlo? ¿Seremos capaces de definir una estrategia política y económica que nos asegure un papel relevante en Europa y en el mundo?
No somos decisivos, pero tampoco somos insignificantes como no lo hemos sido nunca en la historia, y esta crisis lo ha puesto sobradamente de manifiesto. Lo que está en cuestión es si sabremos pensar y actuar de modo tal que nos garanticemos un papel digno en el nuevo orden global, un diseño económico y político que nos permita prosperar internamente y participar e influir en la definición del mañana, dejando de estar a la vera del camino por el que pasa la historia. La tarea y oportunidad son formidables.


El valor de la ciencia

martes, 21 de febrero de 2012

Sindicatos

Ahora que comienza a haber líos en la calle, aunque espero que no duren, es bueno pensar un poco sobre los Sindicatos. 
Que la democracia española ha heredado un sistema que no lo fue, es cosa bien sabida.  Que cierta izquierda haya llegado a ver en ese origen una lacra original, ha sido moda reciente y, por cierto, enormemente hipócrita, porque lo más curioso de esa moda es que no ha subrayado una de las características más notables de nuestro sistema político, a saber el lugar de privilegio que ocupan los sindicatos.  No es posible negar que el papel político que desempeñan los sindicatos españoles, su forma de financiarse y su incrustación en muy diversas instituciones, constituye una de las más evidentes formas de pervivencia del franquismo, la continuación de una especie de estado corporativo que resiste a la democracia a través de muchas instituciones y reglas de juego que se han incrustado en el nuevo orden constitucional.
No es razonable discutir ni la existencia de los sindicatos ni su derecho a discrepar, ni siquiera ese derecho a la ceguera que les lleva a identificar las políticas de izquierdas como las más convenientes  para quienes se supone defienden. Es lógico que haya un poder sindical y sería muy conveniente que se desarrollase al margen e independientemente de la dinámica política ordinaria, pero eso no es lo que sucede en España. Con muy escasas excepciones, nuestros sindicatos son unas corporaciones burocratizadas que viven exclusivamente de los caudales públicos, que los administran con un opacidad que no presagia nada bueno ni decente, y que actúan conforme a una lógica política enteramente ajena a los intereses reales de los trabajadores, aunque muy coherente con los intereses corporativos de la cúpulas directivas, un grupo bien nutrido e impermeable de dirigentes que se perpetúan en sus puestos al tiempo que reciben suculentos ingresos de los órganos corporativos en que se han enquistado.
Solo un país ciego se negaría a establecer la evidente relación que existe entre este tipo de instituciones sindicales, la rigidez de nuestro mercado laboral y el terrible azote del paro que está a punto de colocar a la economía española al borde del abismo. Solo una hipocresía redomada sería capaz de ocultar la anormalidad que supone que la legislación laboral pueda estar secuestrada de modo que sea materia vedada a los órganos que representan la soberanía, salvo que el Parlamento y las fuerzas políticas obtengan previamente un visto bueno de una cúpulas sindicales, un grupo de personajes que no se representan más que a sí mismas y a sus abundantes privilegios. Un corolario inaudito de todo esto es que los sindicatos se crean legitimados para discutir en la calle, mediante el alboroto y la violencia disimulada, los cambios, tal vez más tímidos que prudentes, que pretende introducir un gobierno que acaba de obtener una notoria mayoría absoluta y un mandato político bastante explícito a este respecto.
El poder sindical ha conseguido mediante el amedrentamiento y la complacencia de la izquierda, que no tengamos todavía una Ley de huelga, un instrumento absolutamente esencial para frenar el aventurerismo de los más radicales y para garantizar que los derechos de los trabajadores no se ejerzan pisoteando los derechos comunes del resto de los ciudadanos, trabajadores también, aunque con un derecho innegable a librarse del sometimiento a la dictadura sindical.
El gobierno de Rajoy tendrá que actuar con prudencia y es seguro que lo hará, pero perderá una oportunidad histórica de normalizar el marco político español si evita la revisión indispensable de los privilegios sindicales, si no saca adelante una ley razonable de huelga y si no acaba con la presencia de las burocracias sindicales en órganos perfectamente inútiles e incongruentes con cualquier democracia. La izquierda, naturalmente, se opondrá a estas reformas, porque sabe que siempre puede contar con los sindicatos para disimular sus errores o para incrementar su control social. Zapatero, el mayor destructor de la economía y el empleo de toda nuestra historia reciente, ha tenido a los sindicatos a sus órdenes. Que estos señores que no han movido un dedo frente a la irresponsabilidad política del anterior gobierno pretendan impedir ahora que el nuevo gobierno arregle los disparates económicos y corrija el mercado laboral es un índice inequívoco de cuáles son los intereses que les guían.
El inmovilismo sindical es un auténtico cáncer de la economía española, un tumor que o se ataja o irá a más. Hay instituciones, como las Universidades, lo que constituye un caso casi único en el panorama internacional, en las que el poder sindical ha adquirido un protagonismo desmedido que explica, en buena medida, el abismo de mediocridad en el que se están hundiendo nuestras universidades, cada vez más lejos de los modelos de excelencia que se abren paso en los países razonables. A medio y largo plazo, nuestra economía no tendrá remedio si hemos de seguir pagando tributo a nuestro peculiar, endogámico, ineficaz y egoísta poder sindical.

lunes, 20 de febrero de 2012

Rajoy, ten cuidado

El Congreso del PP ha sido casi una ceremonia de canonización, ¡qué se le va a hacer! Lo malo sería que estos fastos que uno mismo se organiza le sirvieran para olvidar algunas cosas elementales. Una externa: que sus rivales le van a atacar con razón y sin ella, de manera que, puestos a irritarles, no debiera andarse con medias tintas, que no le van a servir de nada. Aplíquese la fórmula, por ejemplo, a la reforma laboral.
Otra interna: por cómodo que se sienta con Cospedal en la secretaria general, se trata de un error, de una mala fórmula: un presidente de Autonomía, tal como está el patio, no debiera ser el secretario general de todo el partido. Además de que, aunque no haya que exagerar con las incompatibilidades, ninguno de los dos puestos es solo para media jornada, evidentemente. Puede haber sido cómodo para Rajoy no cambiar de segundo en este momento, pero la fórmula es mala, sean cuales fueren las virtudes de la señora Cospedal, a quien no tengo el gusto de conocer. 
Un dato asaz elocuente

domingo, 19 de febrero de 2012

El Congreso del PP en Sevilla



Mariano Rajoy y el PP se dan un baño de multitudes y parabienes, un homenaje, sin duda, merecido. El PP está a punto de alcanzar su máxima cota de poder, especialmente si se confirma lo previsible, su mayoría absoluta en Andalucía.  Si se compara la situación que actualmente vive el PP con la que caracterizó el Congreso de Valencia, algo que casi nadie querrá recordar, su mejora ha sido espectacular, como lo es la diferencia que hay entre tratar de explicar una derrota dolorosa y administrar una victoria casi apabullante. Tanto Rajoy como Cospedal pueden presentar, por tanto, una hoja de servicios que les garantice una continuidad indiscutible, y tienen toda la legitimidad del mundo para dirigir el partido en la dirección que les convenga, lo que no significa que vayan a acertar hagan lo que hagan. En política, según indica la experiencia, lo sensato es ponerse siempre en lo peor,  y, precisamente por ello, tomar las medidas oportunas cuando el viento es muy favorable, porque es obvio que esa es una tendencia que, más tarde o más temprano, se tornará contraria. El PP debe aspirar, por tanto, a fortalecerse internamente, a democratizarse, a sacar el mayor partido posible de su auténtico capital, de los millones de votantes que le han confiado nuestro destino político.  Los partidos tienen una irrefrenable tendencia a caer en manos de muy pocos, a empobrecerse, a convertir su actividad en un trámite que siempre beneficie a quienes los dirigen, pero, si se actúa así, el partido, además de incumplir su misión constitucional como cauce de participación, corre el peligro de convertirse en un selecto club de amigos a punto de perder el poder.
El PP tiene que encontrar una fórmula que le permita fortalecerse como partido a pesar del desgaste que le traerá, inevitablemente, su responsabilidad, casi universal, de gobierno en toda España. Hay muchos caminos para  hacerlo, y es responsabilidad del Congreso encontrarla. No puede haber muchas dudas, sin embargo, de que lo que no sea abrir más el partido a la participación, fomentar el debate interno para encontrar las fórmulas políticas que mejor satisfagan las aspiraciones comunes, y mejorar los sistemas de selección de liderazgo en todos los niveles son objetivos esenciales para un partido que debe afrontar enorme multitud de problemas en muy distintas situaciones, sin renunciar a un mensaje común, a una política nítida, coherente y bien defendida.
La petición de coherencia es una demanda básica de los ciudadanos frente a organizaciones que tienden a posponerla en función del interés inmediato y de tácticas incomprensibles. La lucha contra la corrupción es otra exigencia elemental en la que el partido debe evitar su lógica tendencia a la autoprotección y al cultivo de su imagen. Se trata, en resumidas cuentas, de que el PP aproveche el Congreso de Sevilla  no solo para remachar su compromiso con Andalucía, sino para fortalecer su cohesión, su democracia interna y su capacidad para servir mejor a los intereses de España y de los españoles.
Ganar el poder es el fin al que dedican sus energías todos los partidos, pero los ciudadanos no ganarían nada con esa victoria cuando los partidos no ponen su poder al servicio de los ideales ciudadanos, de las razones ideológicas, culturales y políticas que han legitimado su victoria. En otro caso, los partidos acaban defraudando a sus electores, y perdiendo el poder mucho antes de lo imaginable en momentos de gloria como los que se vivan en Sevilla. 
Un recorte que saldrá muy caro

viernes, 17 de febrero de 2012

La libertad y las burlas

Es muy frecuente que artistas y otras gentes de vida airada, sindicalistas, políticos sin mucho que ganar, etc. hagan determinadas manifestaciones que pueden ofender, y, al parecer, ofenden, a determinadas personas, o a la religión, a la patria o a cualquier otro ideal respetable, que son muchos. Me gustaría convencer a todo el mundo de que carecen por completo de sentido las reacciones represivas, los castigos, las amenazas, lo que fuere. Mientras estemos hablando de libertad de expresión, creo que lo lógico es no darse por afectado, es decir, hacer exactamente lo contrario de lo que pretenden los provocadores. Creo que la libertad consiste, como dijo Hayek de manera insuperablemente breve y clara, en que los demás puedan hacer cosas que no nos gusten, y que lo inteligente no es reaccionar haciéndose el ofendido, sino, gracianescamente, no hacer aprecio. Además, hay que tener un criterio interpretativo lo más abierto y tolerante que se  pueda, de manera que se alcance a ver que lo que pueda parecer ofensivo no siempre lo sea. Claro es que a la gente le gusta mandar, pero eso también debe moderarse cuanto se pueda.
Android n

miércoles, 15 de febrero de 2012

La educación y las clases


Hace muchos años, Ortega advirtió sobre el cúmulo de mentiras que rodeaban a la educación. La situación no ha variado: la mezcla de retórica y de intereses que se produce  en torno a cualquier cuestión educativa es muy espesa, e impide que se reconozcan deficiencias básicas de nuestro sistema. Ahora, a diferencia de hace unas décadas, disponemos de indicadores que muestran que su marcha no es precisamente esplendorosa; pese a ello, la opinión pública no se ha hecho cargo todavía del significado de esos índices, de la evidencia de que, por ejemplo, no existe correlación entre incremento del gasto y mejora de la calidad. Los españoles siguen pensando que la educación funciona como un instrumento de igualación social, sin darse cuenta de que ya no es así, y de que hace falta plantearse otras metas.
Es bastante absurdo, por ejemplo, que tengamos más de medio centenar de universidades mientras que, para citar solamente los últimos diez años, la mejor de las universidades españolas ha descendido cerca de cien puestos en los ranking internacionales de calidad, no porque las españolas hayan empeorado, sino porque están varadas, mientras que las demás se esfuerzan por escalar posiciones en el panorama internacional que es el que cuenta. Muchos se consuelan afirmando que esos ranking están mal hechos, y es verdad que no son perfectos, pero es indiscutible que indican, al menos dos cosas, que nuestras universidades no son competitivas, y que, salvo excepciones, que las hay, no promueven la excelencia.   
Es muy significativo que haya habido un cierto debate sobre el llamado proceso de Bolonia, sin advertir que todo lo que gira en torno a las titulaciones oficiales es perfectamente inane, y que el único significado realmente interesante de la autonomía universitaria debería ser que las universidades pudieran, como ocurre en el mundo anglosajón, dar títulos con libertad, seguras de que la sociedad sabría valorarlos. Cuando un título vale por su marchamo oficial, y no por el prestigio de quien lo otorga, la competencia  es un imposible.
Uno de los peores males que afecta al conjunto de la educación es su politización, lo que hace recaer sobre el funcionamiento de la enseñanza una espesa capa de burocracia perfectamente inútil y que se pretende justificar aludiendo a la necesidad de controlar. La idea de que quienes se dedican a la enseñanza han de ser controlados por castas funcionariales de mayor rango es de las cosas más tontas que afectan a la imagen pública de la educación, y carece de paralelo en cualquier otro sector. Así se ha extendido el tópico de que los profesores trabajan poco, lo que da pábulo al error de mayor bulto de cuantos afectan a la educación, la idea de que todo consista en horas de clase, en largos planes de estudios, en echarle mucho tiempo para simular que se ha hecho algo realmente difícil. Asistir a clase se convierte así en la única actividad significativa, y con ello se olvida lo  esencial, que el alumno, de cualquier nivel, tiene que estudiar y que el profesor, de cualquier nivel, tiene que ocuparse de que el alumno aprenda, y no meramente en darle clases. Controlar las horas de clase se ha convertido en un trasunto de la educación misma, y, como toda idea desquiciada, ha conducido a innumerables absurdos y disparates, además de contribuir a que se hayan acrecentado las técnicas de simulación con las que los centros educativos engañan a sus controladores haciéndoles creer que realizan una actividad que, en muchas ocasiones, es meramente nominal. Es casi indescriptible, por ejemplo, la burocratización en que se ha incurrido con el proceso de homologación de títulos y méritos a cargo de agencias pintorescas. Sin embargo, aprobar a todo el mundo y suprimir los exámenes de grado y las revalidas se han convertido en norma inexcusable, lo que explica muy bien la confianza que los centros tienen en los resultados de su trabajo.
Es muy penoso que la educación se vea sólo como un problema político, cuando nos plantea algo mucho más complejo y profundo. No nos damos cuenta de hasta qué punto estamos perdiendo oportunidades, tiempo y dinero con un sistema basado en la pura repetición y gobernado como si se tratase de un registro administrativo. Los malos hábitos en este terreno lo contaminan todo y, así, vamos cada vez peor.
Los estudiantes se olvidan de estudiar, y gastan su tiempo en asistir a clases; los profesores se olvidan de investigar, y gastan su tiempo asistiendo a clases o a reuniones sobre las clases, todo es presencial y rutinario. Afortunadamente, empieza a cobrar cuerpo la conciencia sobre lo inútil de este sistema y de las actitudes que lo nutren. Mucho tienen que cambiar las cosas para que una nueva educación se ponga en marcha, pero es una de las pocas armas con que contamos  para abrirnos paso en un mundo cada vez más complejo, más exigente y menos tolerante con la mediocridad. 
Misterios de los aparatos

martes, 14 de febrero de 2012

Siempre tienen razón

Hoy he estado en una reunión académica, un trabajo conjunto de varios especialistas en torno a un documento de trabajo. No es la primera vez que saco esta impresión, un poco penosa, a saber, que son muchos los que se empeñan en contestar a las objeciones que se les hace dando la sensación de que nada se les escapa. Es falso, y resulta aburrido, pero el ambiente académico es así de hipócrita. Yo me di cuenta de lo que valía el que fue el mejor de mis profesores cuando ante la pregunta de un alumno contesto: no le puedo responder, por la sencilla razón de que no lo sé. 

lunes, 13 de febrero de 2012

Otra de agentes de la CIA

Ayer hube de ver, una vez más, Los tres días del Cóndor, para atender una invitación de Juan Manuel de Prada y sus Lágrimas en la lluvia, y acababa de ver Safe House, de Daniel Espinosa, que, salvando los más de treinta años de distancia, va de lo mismo. Una mera anotación histórica, en la excelente película de Pollack, el recurso a la prensa como solución final a tanto disparate, está levemente en duda, se anota un cierto escepticismo. En la pieza hodierna, bien hecha, desde luego, hay un mayor optimismo. No creo que esté justificado, la verdad. Tal vez sea inevitable creer que, en general, la prensa es más decente que las agencias, pero no conviene exagerar.
Una de turismo

domingo, 12 de febrero de 2012

El Gobierno ha dado un  paso adelante con la reforma laboral, pero también ha cedido a varias cautelas demasiado complacientes con los poderes fácticos, sindicales, por supuesto. Lo que no es fácil de saber es si el gobierno no se ha atrevido a más, o es que cree que más es peor, y, la verdad, no sé a qué carta quedarme. 

viernes, 10 de febrero de 2012

Lo siento por Garzón

Porque no le deseo mal a nadie, ni siquiera a los muy perversos. No digo yo que no se lo hiciera, porque siempre somos capaces de cualquier cosa, pero no tengo otro remedio que alegrarme de una sentencia que le pone en su sitio, como a un auténtico juez de la ley del embudo. La libertad, que no goza de tanto aprecio como a veces se cree, ha sido reforzada con la condena a un señor que se pasaba los derechos de sus investigados por salva sea la parte, esto es, que hacía lo que está prohibido hacer. Eso ha quedado muy claro. Cierta izquierda, muy abundante, pretende que las libertades consistan en que siempre se haga lo que ellos creen. Ellos son el Bien, nosotros la peste, más o menos eso dicen. Por eso me alegro de que haya habido un buen número, siete, de jueces que no se han dejado intimidar por los bandoleros del embudo y que han acordado algo que es puramente obvio, que a Garzón  la ley, cada vez que se interponía entre él y sus objetivos, le ha importado siempre un pito. 
Sobre el tamaño adecuado

jueves, 9 de febrero de 2012

Los guiñoles franceses

Muchos españoles, incluso algún ministro, han mostrado su enfado, o algo más, por la burla guiñolesca de una TV francesa respecto al éxito de nuestros deportistas. A mi no es que me haya encantado, pero me parece ridículo ponerse tan solemne como se han puesto algunos y hablar de ataque a España y tal y cual. Deberíamos tener un poco más de tolerancia y de sentido del humor, especialmente cuando el humor no sea de nuestro gusto. Se empieza por criticar al guiñol francés y al final todos quietos, que no se mueva nadie. De todas maneras ojalá fuese cierto que los franceses nos tienen envidia, sería la primera vez, y por algo se empieza. 
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miércoles, 8 de febrero de 2012

Peces Barba y el Rey

Pocas escenas son tan iluminadoras sobre lo que ocurre en España como la del profesor Peces Barba, explicando al agresivo reportero de la Sexta lo muy inocente que es el Rey en cuanto concierne al caso Urdangarin, y lo perverso que ha sido este sujeto que no ha tenido a bien escuchar las paternales advertencias de su suegro. Según el profesor, líder moral de toda una izquierda que se tiene por incorruptible, lo que el buen Rey le decía a su yerno le entraba por una oreja y la salía por otra: ¡qué cosas! Peces Barba se cree tan listo que nos toma por tontos, y lo más sangrante es que muchos le aplauden por ser tan crítico. Este profesor es un portento porque no tiene empacho en definirse como   amigo del Rey, teniendo en cuenta el listado habitual,  gente muy propensa a visitar los juzgados, naturalmente sin mayores consecuencias.
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martes, 7 de febrero de 2012

Divididos tras la derrota, y a la espera del finiquito


El Congreso del PSOE no ha tenido a bien emitir ninguna clase de información sobre lo que vaya a ser su política; en esa ausencia de explicaciones podría verse un cierto desdén hacia los electores, que lo hay, sin duda, pero lo que realmente explica ese mutismo ideológico es el hecho de que el socialismo ha dejado de ser algo coherente y que pueda explicarse sin temores. Hace ya tiempo que es imposible de todo punto definir a los socialistas con los recursos clásicos de la teoría política, y en consecuencia, ha sido necesario recurrir a una definición extrañamente circular de esa política según la cual, socialismo no es otra cosa que lo que hacen los socialistas. El problema de una definición tan de andar por casa, es que los socialistas llevan décadas haciendo cosas distintas y contradictorias, a veces en una misma legislatura, como ha ocurrido con Zapatero.
De hecho, la tentación de Rubalcaba ha sido definirse como alguien distinto a Zapatero para acentuar el parecido de su rival con el singular líder anterior, ahora convertido, según parece, en voluntario inspector de nubes: se trataba de ganar, y los delegados han demostrado, al menos, la inteligencia suficiente como para entender que elegir a una lideresa capaz de presumir de fidelidad al zapaterismo podría resultar excesivo.
Está claro, por tanto, que van a tratar de hacer algo distinto a lo hasta ahora visto, y el felipismo del Gal y las Filesas siempre puede ser un fondo inspirador, aunque al precio de olvidarse de su patético final. Nadie, tampoco Rubalcaba, está en condiciones de saber qué podría ofrecer ahora el PSOE, más allá de unas políticas con cierto aire contestatario y vagamente radical para congraciarse, con el electorado perdido. Parodiando un viejo y escasamente piadoso chiste, cabría decir que el mejor negocio del mundo consiste en comprar a un socialista por lo que hace y venderlo por lo que dice que hace. Este es el negocio que parece haber querido hacer el nuevo líder del PSOE al tratar de vender su nueva ejecutiva, pero su éxito no ha sido clamoroso, ya que no ha convencido ni siquiera a la totalidad de los inmediatos beneficiarios de  la operación. 
El veterano secretario general no lo va a tener fácil, porque tras hacer cánticos a la unidad y poner en la presidencia a Griñán, uno de sus rivales más encarnizados, que se caerá del sitial el 26 de marzo, su primera propuesta a los más comprometidos y cercanos no ha superado el listón del ochenta por ciento de los votos. Son más que los que él obtuvo, pero muestran muy claramente que un largo veinte por ciento de los delegados no quieren que se interprete que se sienten representados en la nueva ejecutiva, una curiosa mezcla de habituales e insignificantes, en la que están claramente ausentes las personas con una mínima capacidad de opinión propia.
Con la moral típica de los partidos, Rubalcaba tratará ahora de que el PSOE parezca una balsa de aceite para afrontar de la mejor manera posible la crucial cita del 25 de marzo en Andalucía. Si la cosa sale mal, hasta el más fanático reconocerá que este Congreso no ha servido para otra cosa que para demostrar lo muy divididos que están respecto a qué se haya de hacer en el futuro y a quiénes se quedan con la bandera antaño victoriosa. Será la hora del finiquito, y solo un improbable milagro les librará de trance tan doloroso. 
Los editores y el dinero

lunes, 6 de febrero de 2012

El parto de los montes



Sin que se sepa muy bien por qué, seguramente habrán sido muchos los que han respirado tras el final del riguroso suspense con el que se clausuró el conclave socialista, una reunión en la que lo único  que ha habido, por más que se le llame Congreso, ha sido la elección entre dos formas agónicas y artificiosamente enfrentadas del mismo zapaterismo, el  continuismo matizado por las devociones hacia el pasado anterior a Zapatero, representado por Rubalcaba, y la ridícula pretensión de renovar el zapaterismo que representaba Carmen Chacón.  Lo único positivo de este espectáculo tan insustancial ha sido que las votaciones se hayan hecho como debe ser, en secreto y no brazo en alto, norma elemental que debiera ser de obligado cumplimiento para los partidos pero que, una y otra vez, se saltan las cúpulas directivas para mejor controlar a quienes supuestamente les controlan a ellos, y que, a no dudar, Rubalcaba volverá a saltarse de nuevo en cuanto pueda.  La división en el seno del millar de delegados era de tal porte que no ha habido otro remedio que tomarse en serio  el derecho al  secreto del voto, aunque sea por una vez.

Vista la victoria de Rubalcaba por un margen tan estrecho e insignificante, no hay más remedio que decir que el PSOE no solo está derrotado, sino completamente dividido. Es verdad que los militantes suelen tener un alto sentido de la supervivencia, y acudirán raudos en auxilio del vencedor, pero el partido, obligado a una dolorosa y muy larga travesía del desierto, se ve obligado a empezar la marcha en las peores condiciones posibles. No es fácil hacer profecías ante andadura tan arriscada como la que les espera, pero no es difícil suponer que la unidad que tanto se proclama vaya a brillar por su ausencia, y que las facturas que unos y otros se van a girar tras esta escaramuza tan reñida no van a cesar en el corto plazo, ni mucho menos. No se trata de integrar a una minoría, sino de  acomodar a una buena mitad de dirigentes convencidos de que este triunfo de la vieja guardia va a suponer un retroceso aún más grave que el recientemente registrado en las urnas.
Aun sin mediar argumentos ni ideas, la lucha por el liderazgo ha sido un enfrentamiento radical de dos facciones que ahora mismo, y la situación se agravará con toda probabilidad después del 25 de marzo, no tienen un poder que compartir y que, en consecuencia, van a seguir luchando cuerpo a cuerpo en las innumerables escaramuzas que jalonan el desarrollo de la vida del partido, especialmente cuando la política se pretende hacer sin grandeza, sin ideas, sin generosidad y sin otro fin que mantenerse en el poder.
La división socialista es consecuencia de la derrota, desde luego, pero los socialistas deberán, cuanto antes, empezar a preguntarse en serio por sus causas, por las razones por las que más de un cuarenta por ciento de sus electores han preferido otra cosa. No lo harán, porque ello supone poner en serio riesgo toda la tramoya ideológica en la que se ha venido fundando el opíparo negocio político del PSOE, abrirse a una renovación que supondría, para empezar, la jubilación de la casi totalidad del personal político del PSOE, que en el caso de Griñán o de Rubalcaba apenas podría llamarse anticipada. El hecho de que ni siquiera se haya dejado adivinar la posibilidad de una tercera vía, es realmente dramático, por cuanto significa que Zapatero ha triunfado aniquilando por completo a las personas que hubieran podido encabezar una renovación. Es un sarcasmo que Chacón haya pretendido  enarbolar esa bandera en un partido que ha se ha sometido con impavidez y talante gallináceo a las ocurrencias del líder, contemplando cómo una política demente y absolutamente irresponsable iba arruinándonos a todos, aumentando las cifras del paro y dejando a la sociedad española en la peor situación desde hace décadas, sin esperanza, sin horizontes.
Que la solución que los socialistas proponen a los españoles consista en dar un cheque en blanco a uno de los políticos más gastados y desprestigiados de la democracia, indica la profundidad de la crisis socialista, su absoluta carencia de recambios, su incapacidad para la renovación, su ceguera a las realidades políticas y a los deseos de los ciudadanos. Todo indica que este Congreso se ha decantado finalmente merced a las habilidades secretas de personajes como Blanco o Zarrías, gentes sin ideas, sin un mínimo atractivo, pero que dominan eficazmente el arte de hacer propuestas que no se pueden rechazar a personas que se lo deben todo.
Este Congreso ha sido decepcionante porque en él no se han escuchado ni las razones de los votantes socialistas para  dejar de serlo, ni las disculpas de los responsables de ese inmensa e inaudito abandono por parte de los votantes. Todo se ha resuelto entre bambalinas, en secreto, sin razones, casi sin eslóganes, porque los dos candidatos han competido en decir idénticas vaguedades, en no dar ni una mínima muestra de razón política, en despreciar, en el fondo, aquello que no pueden controlar, la inteligencia y la voluntad de los electores  que no les deben nada. El horizonte socialista es casi tan sombrío como la biografía política de su nuevo líder. El futuro nos dirá si ese partido convulso y deshecho es capaz de renovarse y rehacerse por el bien de la democracia y de los españoles, pero, si no lo hacen, otros ocuparán el papel que ellos han desempeñado, y es muy posible que eso sea lo mejor para todos. 
La barbarie crece

domingo, 5 de febrero de 2012

Desmemoria de un gran español


A pesar de existir una sociedad estatal que habría de velar por este tipo de cosas, en 2011 se han cumplido doscientos años de la muerte de uno de los mejores españoles del siglo XIX, don Gaspar Melchor de Jovellanos, en medio de un silencio inexplicable. Soy de los que cree que el olvido de Jovellanos es muy significativo, que no es mera desmemoria, que se trata de un español incómodo.
Jovellanos, fue un patriota cabal, un hombre que vio con absoluta claridad que, aunque compartiese  los puntos de vista de los ilustrados y simpatizase con sus ideas políticas, eso no podía ser razón suficiente para ser un afrancesado, para prestarse a ser súbdito de un rey ajeno, porque entendía que, más allá de las ideas están las cosas, y España era una realidad histórica que no se podía ni confundir con Francia ni subordinar a los designios del emperador:  "Yo no sigo un partido, sino la santa y justa causa que sostiene mi patria". Haber defendido con constancia y con convicción ideas que no cuadraban bien ni con unos ni con otros, ser independiente y honesto, no ha ayudado a que su memoria sea honrada por todos en una España demasiado inclinada al maniqueísmo, al odium theologicum.
A fuer de raro, Jovellanos fue, entre un sinfín de cosas importantes, un extraordinario memorialista, un testigo puntual de lo que veía y lo que pasaba. Leer sus Diarios, que ahora son afortunadamente accesibles en la página web de su bicentenario, nos proporciona una experiencia impagable. Jovellanos sostiene una mirada atenta al paisaje, a los seres humanos, a los testimonios de la historia y del arte que él describe con ojos primerizos, antes de que se hubiese codificado el gusto artístico por lo histórico. Es un enorme placer pasearse por aquella España de la que casi no  queda ya ni el paisaje, esa tierra que él amaba y quería convertir en asiento de una forma superior de vida y de convivencia. Reformista convencido, no deja de sugerir continuamente todo lo que se podía hacer y estaba por hacer, porque “la patria la hacen los caminos”, una sentencia que hay que interpretar no solo como que los lazos de unión son esenciales, sino en el sentido de que de nada sirven ni las leyes ni las instituciones si no se ven reflejadas en formas de comunidad, de cultura, diríamos hoy, efectivas y comúnmente respetadas.
Esta dimensión de Jovellanos es la que me parece de mayor actualidad. En un país con mucha propensión al arbitrismo, Jovellanos representa un torrente de buen sentido, de paciencia, de empeño razonable, pero en nada dispuesto a claudicar. Cuando pienso en los problemas y las carencias que tanto nos atosigan en nuestra vida política, siempre termino recordando a Jovellanos, al patriota paciente y decidido que sabía que nada se arregla con meras leyes, aunque sean justas y necesarias, que  la patria se construye día a día, con el trabajo de cada quien, con la ambición de todos, sin confiar en ninguna fórmula mágica sino en el deseo de convivir, de prosperar, de llevar un vida digna, ejemplar, como hizo, en medio de incomprensiones, injusticias y deslealtades, ese gran español cuya obra les invito a visitar. No saldrán defraudados.

sábado, 4 de febrero de 2012

Por lo menos han votado en secreto

No se discutía nada que tuviese interés general, o no se discutía como si lo tuviese, que es lo mismo, aunque lo que ha ocurrido tendrá consecuencias. El PSOE, como, desgraciadamente, el resto de los partidos, convierte en asunto de exclusiva competencia de una pandilla cuestiones de interés nacional, así estamos, y las discute como si se tratase de una subasta entre particulares. Al menos, y hay que decirlo en su honor, han votado en secreto, y no a mano lazada como se hace en casi todas las ocasiones en que los partidos discuten algo que interesa a los que mandan. Es un avance, pero no sé si cundirá el ejemplo, y tampoco si durará mucho.  
La perversidad de lo gratuito

viernes, 3 de febrero de 2012

La anemia política del socialismo


Al ciudadano de a píe, casi todo lo que tiene que ver con los partidos políticos le produce una mezcla desagradable de irritación, vergüenza y asco. Hay dos razones para que, pese a ello, los españoles no sean más explícitos en su descontento; en primer lugar, evitar que su crítica se convierta en una desestimación de la democracia, en la que la mayoría sigue confiando, y, en segundo lugar, se dan cuenta de que los partidos no son peores que la mayoría de las instituciones; por si fuera poco, cuando están a punto de perderles por completo el respeto, aparece el señor Botín y se dispone a encabezar la manifestación (“los políticos tienen la culpa de todo”) y, claro,  la comparación con los banqueros se convierte en una bicoca.

Que los partidos no están a la altura de las esperanzas que, unos y otros, hemos puesto en ellos es evidente. Por ejemplo, hace falta ser un auténtico fanático para no sentir vergüenza, propia o ajena, ante el espectáculo que el PSOE nos prepara en Sevilla. Que un partido de decenas de miles de militantes, de más de cien años de historia, con más de dos décadas de gobierno sobre sus espaldas, no sea capaz de hacer otra cosa, tras su estrepitoso fracaso reciente, que discutir si los galgos de Rubalcaba o los podencos de doña Carmen es realmente de aurora boreal. Es demasiado pronto para que un partido digiera completamente las consecuencias de tan sonoro desastre, que se ampliará, casi con seguridad, en las próximas elecciones andaluzas, pero es realmente llamativo que, una vez que todos son conscientes de que lo que está en juego no se arregla en unas semanas, no sean capaces de ofrecer el ejercicio de autocrítica y de esperanza que se merecen sus votantes. Desgraciadamente, todo va a desarrollarse como si aquí no hubiese pasado nada, y es que, en realidad, ni a Rubalcaba, ni a Chacón, ni a ninguno de sus pretorianos, les ha pasado nada, ni les va a pasar gran cosa. El partido ha quedado reducido a su mínima expresión, a un núcleo de dirigentes irremplazable, que, una vez victoriosos en la liturgia congresual, seguramente ofrecerá a sus rivales de opereta la oportunidad de incorporarse a la dirección del negocio para fortalecer la indestructible unidad del socialismo.  Si nadie se atreve a evitarlo, el congreso podría empezar con un “Todo está atado  y bien atado” y culminar, como el soneto cervantino, con el “fuese y no hubo nada”.
Es singularmente grave que el núcleo dirigente del PSOE apueste por esta estrategia de disimulo, por esta despolitización vergonzosa de su fracaso. Hace ya tiempo que todos los que cuentan algo se han puesto de acuerdo en echar la culpa al empedrado, a la crisis convertida en una especie de deus ex machina, supuestamente omnipotente y perfectamente capaz de volverles al poder a nada que se ocupe debidamente de quienes, coyunturalmente, están en las miles del triunfo.
Los partidos españoles tienen una pertinaz tendencia a expulsar a la política de su seno, a oponer el debate a la eficacia, a sugerir que pensar es inútil y perjudicial, y a proclamar que, como en los antiguos trenes de la Renfe,  asomarse al exterior es sumamente peligroso. Al hacerlo así están jibarizando la democracia y entronizando un autoritarismo político que en España no necesita especiales condiciones para florecer y fructificar. La mera idea de que se pueda discutir, analizar la situación política, y discrepar sobre las estrategias a seguir produce risa nerviosa en un porcentaje altísimo de nuestros dirigentes, y esto se está viendo ahora de manera paladina en el supuesto debate que está desarrollando el PSOE. Todo se reduce a atacar al enemigo, a tratar de mostrar quién es más fiero con el PP, porque del acoso y derribo del correligionario ya se ocupan los servicios especiales, para simular de modo completamente hipócrita una unidad inexistente entre los compañeros. Se atreven a pedir el apoyo de sus militantes sin que importe ni poco ni mucho ni lo que piensan, si es que lo hacen, ni lo que han hecho, ni lo que se proponen hacer, algo que queda siempre oculto tras un cínico “ya se verá” completamente vacío de contenido.
Nuestra principal asignatura pendiente es la llegada de la democracia a los partidos, absolutamente inexistente diga lo que diga  el texto constitucional. El PSOE puede perder una oportunidad de oro de encabezar una verdadera refundación de la democracia, porque es precisamente cuando no hay urgencias de poder inmediato cuando se pueden contemplar con cierta serenidad las cuestiones de principio, el diseño del sistema, la discusión política en serio. La democracia es trabajosa y lenta, pero no es imposible, aunque pueda llegar a serlo a base de preterirla. El egoísmo miope de una minoría torpe y fracasada no debería empeñarse en arruinar las esperanzas de todos, reduciendo la democracia a un juego con las cartas marcadas, y trocando un Congreso que debiera ser decisivo en un trámite gris para que nada cambie y todo siga igual. 
Cercanía y redes sociales

miércoles, 1 de febrero de 2012

El safari de Madrid

El ayuntamiento de esta ciudad está dispuesto a cazar a sus ciudadanos a cualquier precio; lejos de procurar que vivan libres y, si pueden,  felices, se las arregla para que caigan en sus redes. Es como una gran araña cruel y perezosa a la espera de moscas despistadas. Hoy he caído en una trampa, y ayer caí en otra. La de ayer: zona verde, pero debidamente poco visible una prohibición de carga y descarga, total 90 euros. La de hoy:  quería aparcar en el parking de la plaza de Santa Ana, y atravesé la calle del Prado, prohibida a la circulación salvo hoteles y servicios,  porque pensé que lo del parking era un servicio, pero no, debería haber sabido que sólo se puede entrar a ese parking desde la calle del Príncipe. No sé cuanto me caerá, pero debería sentirme feliz de vivir bajo la protección de un Ayuntamiento tan eficiente y tan poco arbitrario, de manera que, como no lo estoy, se demuestra que soy un tipo raro y antisocial. Quedan advertidos.
Lo que vale Facebook