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domingo, 19 de febrero de 2012

El Congreso del PP en Sevilla



Mariano Rajoy y el PP se dan un baño de multitudes y parabienes, un homenaje, sin duda, merecido. El PP está a punto de alcanzar su máxima cota de poder, especialmente si se confirma lo previsible, su mayoría absoluta en Andalucía.  Si se compara la situación que actualmente vive el PP con la que caracterizó el Congreso de Valencia, algo que casi nadie querrá recordar, su mejora ha sido espectacular, como lo es la diferencia que hay entre tratar de explicar una derrota dolorosa y administrar una victoria casi apabullante. Tanto Rajoy como Cospedal pueden presentar, por tanto, una hoja de servicios que les garantice una continuidad indiscutible, y tienen toda la legitimidad del mundo para dirigir el partido en la dirección que les convenga, lo que no significa que vayan a acertar hagan lo que hagan. En política, según indica la experiencia, lo sensato es ponerse siempre en lo peor,  y, precisamente por ello, tomar las medidas oportunas cuando el viento es muy favorable, porque es obvio que esa es una tendencia que, más tarde o más temprano, se tornará contraria. El PP debe aspirar, por tanto, a fortalecerse internamente, a democratizarse, a sacar el mayor partido posible de su auténtico capital, de los millones de votantes que le han confiado nuestro destino político.  Los partidos tienen una irrefrenable tendencia a caer en manos de muy pocos, a empobrecerse, a convertir su actividad en un trámite que siempre beneficie a quienes los dirigen, pero, si se actúa así, el partido, además de incumplir su misión constitucional como cauce de participación, corre el peligro de convertirse en un selecto club de amigos a punto de perder el poder.
El PP tiene que encontrar una fórmula que le permita fortalecerse como partido a pesar del desgaste que le traerá, inevitablemente, su responsabilidad, casi universal, de gobierno en toda España. Hay muchos caminos para  hacerlo, y es responsabilidad del Congreso encontrarla. No puede haber muchas dudas, sin embargo, de que lo que no sea abrir más el partido a la participación, fomentar el debate interno para encontrar las fórmulas políticas que mejor satisfagan las aspiraciones comunes, y mejorar los sistemas de selección de liderazgo en todos los niveles son objetivos esenciales para un partido que debe afrontar enorme multitud de problemas en muy distintas situaciones, sin renunciar a un mensaje común, a una política nítida, coherente y bien defendida.
La petición de coherencia es una demanda básica de los ciudadanos frente a organizaciones que tienden a posponerla en función del interés inmediato y de tácticas incomprensibles. La lucha contra la corrupción es otra exigencia elemental en la que el partido debe evitar su lógica tendencia a la autoprotección y al cultivo de su imagen. Se trata, en resumidas cuentas, de que el PP aproveche el Congreso de Sevilla  no solo para remachar su compromiso con Andalucía, sino para fortalecer su cohesión, su democracia interna y su capacidad para servir mejor a los intereses de España y de los españoles.
Ganar el poder es el fin al que dedican sus energías todos los partidos, pero los ciudadanos no ganarían nada con esa victoria cuando los partidos no ponen su poder al servicio de los ideales ciudadanos, de las razones ideológicas, culturales y políticas que han legitimado su victoria. En otro caso, los partidos acaban defraudando a sus electores, y perdiendo el poder mucho antes de lo imaginable en momentos de gloria como los que se vivan en Sevilla. 
Un recorte que saldrá muy caro

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