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lunes, 6 de febrero de 2012

El parto de los montes



Sin que se sepa muy bien por qué, seguramente habrán sido muchos los que han respirado tras el final del riguroso suspense con el que se clausuró el conclave socialista, una reunión en la que lo único  que ha habido, por más que se le llame Congreso, ha sido la elección entre dos formas agónicas y artificiosamente enfrentadas del mismo zapaterismo, el  continuismo matizado por las devociones hacia el pasado anterior a Zapatero, representado por Rubalcaba, y la ridícula pretensión de renovar el zapaterismo que representaba Carmen Chacón.  Lo único positivo de este espectáculo tan insustancial ha sido que las votaciones se hayan hecho como debe ser, en secreto y no brazo en alto, norma elemental que debiera ser de obligado cumplimiento para los partidos pero que, una y otra vez, se saltan las cúpulas directivas para mejor controlar a quienes supuestamente les controlan a ellos, y que, a no dudar, Rubalcaba volverá a saltarse de nuevo en cuanto pueda.  La división en el seno del millar de delegados era de tal porte que no ha habido otro remedio que tomarse en serio  el derecho al  secreto del voto, aunque sea por una vez.

Vista la victoria de Rubalcaba por un margen tan estrecho e insignificante, no hay más remedio que decir que el PSOE no solo está derrotado, sino completamente dividido. Es verdad que los militantes suelen tener un alto sentido de la supervivencia, y acudirán raudos en auxilio del vencedor, pero el partido, obligado a una dolorosa y muy larga travesía del desierto, se ve obligado a empezar la marcha en las peores condiciones posibles. No es fácil hacer profecías ante andadura tan arriscada como la que les espera, pero no es difícil suponer que la unidad que tanto se proclama vaya a brillar por su ausencia, y que las facturas que unos y otros se van a girar tras esta escaramuza tan reñida no van a cesar en el corto plazo, ni mucho menos. No se trata de integrar a una minoría, sino de  acomodar a una buena mitad de dirigentes convencidos de que este triunfo de la vieja guardia va a suponer un retroceso aún más grave que el recientemente registrado en las urnas.
Aun sin mediar argumentos ni ideas, la lucha por el liderazgo ha sido un enfrentamiento radical de dos facciones que ahora mismo, y la situación se agravará con toda probabilidad después del 25 de marzo, no tienen un poder que compartir y que, en consecuencia, van a seguir luchando cuerpo a cuerpo en las innumerables escaramuzas que jalonan el desarrollo de la vida del partido, especialmente cuando la política se pretende hacer sin grandeza, sin ideas, sin generosidad y sin otro fin que mantenerse en el poder.
La división socialista es consecuencia de la derrota, desde luego, pero los socialistas deberán, cuanto antes, empezar a preguntarse en serio por sus causas, por las razones por las que más de un cuarenta por ciento de sus electores han preferido otra cosa. No lo harán, porque ello supone poner en serio riesgo toda la tramoya ideológica en la que se ha venido fundando el opíparo negocio político del PSOE, abrirse a una renovación que supondría, para empezar, la jubilación de la casi totalidad del personal político del PSOE, que en el caso de Griñán o de Rubalcaba apenas podría llamarse anticipada. El hecho de que ni siquiera se haya dejado adivinar la posibilidad de una tercera vía, es realmente dramático, por cuanto significa que Zapatero ha triunfado aniquilando por completo a las personas que hubieran podido encabezar una renovación. Es un sarcasmo que Chacón haya pretendido  enarbolar esa bandera en un partido que ha se ha sometido con impavidez y talante gallináceo a las ocurrencias del líder, contemplando cómo una política demente y absolutamente irresponsable iba arruinándonos a todos, aumentando las cifras del paro y dejando a la sociedad española en la peor situación desde hace décadas, sin esperanza, sin horizontes.
Que la solución que los socialistas proponen a los españoles consista en dar un cheque en blanco a uno de los políticos más gastados y desprestigiados de la democracia, indica la profundidad de la crisis socialista, su absoluta carencia de recambios, su incapacidad para la renovación, su ceguera a las realidades políticas y a los deseos de los ciudadanos. Todo indica que este Congreso se ha decantado finalmente merced a las habilidades secretas de personajes como Blanco o Zarrías, gentes sin ideas, sin un mínimo atractivo, pero que dominan eficazmente el arte de hacer propuestas que no se pueden rechazar a personas que se lo deben todo.
Este Congreso ha sido decepcionante porque en él no se han escuchado ni las razones de los votantes socialistas para  dejar de serlo, ni las disculpas de los responsables de ese inmensa e inaudito abandono por parte de los votantes. Todo se ha resuelto entre bambalinas, en secreto, sin razones, casi sin eslóganes, porque los dos candidatos han competido en decir idénticas vaguedades, en no dar ni una mínima muestra de razón política, en despreciar, en el fondo, aquello que no pueden controlar, la inteligencia y la voluntad de los electores  que no les deben nada. El horizonte socialista es casi tan sombrío como la biografía política de su nuevo líder. El futuro nos dirá si ese partido convulso y deshecho es capaz de renovarse y rehacerse por el bien de la democracia y de los españoles, pero, si no lo hacen, otros ocuparán el papel que ellos han desempeñado, y es muy posible que eso sea lo mejor para todos. 
La barbarie crece

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