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miércoles, 2 de enero de 2013

Hablar para no decir nada

Supongo que, como cualquier extremo, la insistencia en que buena parte de las cosas que habitualmente se dicen carecen de cualquier contenido mínimamente interesante, creíble o razonable, será mala, pero es inevitable cuando se escuchan o, peor, se leen explicaciones que no añaden sino oscuridad a lo que supuestamente tratan de aclarar. ¡Que difícil es reconocer que no se entiende bien algo, que no se sabe todo, que poner en circulación un término no indica que hayamos entendido nada! Uno se siente inclinado a ser escéptico, pero eso está muy caro para personas que presuman de intentar usar la razón, así que no me rindo en un asunto en el que hasta el Antiguo Testamento está conmigo: hay casi tantos tontos como tonterías, son infinitos de la misma dimensión, si se me permite la pedantería.

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