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lunes, 23 de agosto de 2010

De libros y números

Google ha llevado a cabo una de esas acciones imposibles para el universo mundo, y muy difíciles para la propia Google: ha establecido el número de libros distintos, u obras singulares, que existían en un momento determinado. Su cuenta afirma que hay (o había en ese momento del 5 de agosto) un total de 129.864.880 libros distintos. Tengo que reprimirme para no comentar aquello del que vio por primera vez el mar y dijo: “pues no me parece tan grande”. Se trata de una cifra inmensa, que sigue creciendo día adía a buen ritmo, pero no hay que ser muy avisado para suponer que todos esos libros, casi sin excepción, van a estar, más pronto que tarde, en formato digital y a disposición de cualquiera que pueda necesitar o desear consultarlos. En comparación con las posibilidades que se abren ante esta eventualidad, las dificultades, nada pequeñas, que traerá consigo el acceso a esa biblioteca universal, de la que ya hace años que hablamos Karim Gherab Martín y yo, van a ser cosa menor, sin duda.
No hace mucho tampoco que Nicolas Negroponte, un profeta que se ha equivocado lo justo, que ha atinado siempre en los sustancial, estimó que la vida que le queda al libro de papel no pasará de cinco años. Me gustaría que Negroponte no se equivocase, lo digo totalmente en serio, pero temo que está siendo ligeramente optimista, que está subestimando las fuerzas del oscurantismo papelista y literario. De cualquier manera, es cada vez más claro que la lectura digital se irá imponiendo a través de dispositivos cada vez más amigables y eficientes, aunque siempre quedarán los obsesos del papel de los que conozco, y soporto pacientemente, a unos pocos. Como español puedo predecir y predigo que seremos los últimos en hacer cierta la profecía negropontina, cosa de la raza.    

jueves, 6 de agosto de 2009

Tiempo de lectura

Incluso los más reacios a este deporte tienen que reconocer que el verano es tiempo de lectura. A mi me parece tan evidente, que casi estoy dispuesto a establecer una relación inversa entre el número de llamadas telefónicas (que en verano escasean, lo que es una de sus poquísimas ventajas frente a estaciones más civilizadas), y el número de líneas leídas. Hay quienes no comprenden que leer sea una actividad, y te dicen eso de “¿por qué no dejas de leer y te pones a hacer algo?” Los vagos lectores oímos esa pregunta con cierta extrañeza, que, en mi caso, llega al pasmo cuando lo que se te propone es que dejes el libro (o el ordenador o el lector electrónico) para irte, por ejemplo, a la playa.

Bueno, todo esto es una mera divagación veraniega para recomendar a los escasos pero selectos lectores que se interesen por los libros y por lo que los libros dicen, que se den un paseo por dos breves notas de Georges Dyson sobre la catedral de Türing y sobre la Biblioteca universal. Son dos breves excursiones que merecen la pena. ¡Cuidado con el sol!