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martes, 26 de julio de 2011

Mysterium iniquitatis



El progreso se ha basado en la presunción de que el bien y la  verdad marcharían siempre de la mano, de que los avances en el conocimiento habrían de conducir a que los seres humanos fuésemos sabios y, en consecuencia,  virtuosos, benéficos. Desgraciadamente, no es así, no ha sido nunca del todo así. La historia del siglo XX está marcada por los horrores que, entre otros,  causaron los líderes de una de las naciones más cultas del planeta, de modo que ya no debiera sorprendernos la enormidad de los crímenes que se cometen en nombre de lo más sagrado, pretendiendo defender verdades dignas y piadosas, además de los muy numerosos que, por supuesto, se cometen en nombre de principios que no merecen ningún respeto.
El Mal existe y, de vez en cuando, aunque lo llamemos locura para nuestro consuelo, aparece sobre la faz de la Tierra para llenar nuestros corazones de congoja, de temor y de desesperanza. No somos capaces de entenderlo,  porque, de otro modo, lograríamos dominarlo. Hay algo que se nos escapa y que nos cuesta reconocer porque contradice la mayoría de nuestras esperanzas, el orgullo del corazón humano.  El Mal existe y nos puede derrotar, puede convertir a cualquiera en una caricatura de lo que cree y defiende. No hay otro remedio que recurrir a Dios, como hace con toda sencillez el Padrenuestro, para pedirle que nos libre del Mal. Eso es lo que ha hecho la sociedad noruega, con enorme emoción y desconcierto, en la Misa celebrada en la catedral de Oslo.
Lo que se va sabiendo de quien parece ser el único asesino en esta criminal tragedia nos llena de estupor. Los médicos tal vez acierten, claro es que a toro pasado, a elaborar un perfil psicológico del sujeto que tratará de aquietar nuestro horror con la piadosa explicación de la locura.  Sería, en todo caso, una de esas locuras que tan hondamente caracterizó Chesterton: “El loco no es quien ha perdido la razón. El loco es el hombre que lo ha perdido todo excepto la razón”, porque el larguísimo texto explicativo que el criminal ha colocado en la red, como para explicar su acción criminal, es un confuso alegato que  contiene toda clase de cosas, desde recomendaciones tecnológicas hasta anotaciones personales, pasando, entre otras, por una amenaza bastante explícita al Papa, de modo que su autor se nos presenta como una  especie de loco razonador sin ninguna clase de empatía, sin aprecio alguno a la dignidad de los demás,  de aquellos a quienes teme y desprecia, como un racista que confunde la lógica con un rasgo cultural de los de su estirpe, y se olvida de que no puede haber razonamiento alguno que concluya en el asesinato.
Un razonador loco, alguien que carece de la menor humildad para poner en cuarentena sus obsesiones, puede tener más peligro que un mono con una ametralladora, que es en lo que se ha acabado convirtiendo, con perdón para los monos, el atildado racista, falso cristiano, masón o aficionado a sus ritos y relatos, que ha acabado con la vida de un centenar de víctimas inocentes. ¿Qué tendrá que ver este crimen tan abyecto con nada de lo que pueda invocar su autor? Una de las trampas con las que nos seduce la sinrazón es la de hallar causas ideológicas allí donde solo funciona el designio de la maldad, la pura voluntad de causar daño, que es lo que aquí parecemos haber encontrado, salvo que la policía noruega y el estudio a fondo de lo que atañe al caso acaben por entregarnos otra secuencia de hechos distinta a la que hoy se nos ofrece, el misterio del Mal operando con enorme agilidad en medio de la civilización, la libertad y la cordura.

martes, 20 de octubre de 2009

La lección de Katyn

Andrzej Wajda es un extraordinario director de cine, extraordinario, incluso, para ser polaco; lo digo porque no creo haber visto una mala película polaca, y recuerdo muchas de Kieslowsky, Kawalerowitz, Skolimowsky o Agnieszka Holland como verdaderas obras maestras. De Wajda hay que recordar, al menos, tres películas extraordinarias, El hombre de mármol (1977), El hombre de hierro (1981), Pan Tadeusz (1998) que, siempre un poco a trasmano, se han podido ver en España.

En 2007, a sus 81 años, filmó Katyn, que ahora se estrena entre nosotros, una reflexión sobre la matanza de millares de oficiales polacos a manos del ejército soviético. La película es una maravilla de equilibrio en todos los sentidos del término, una auténtica obra de arte desde las mismas imágenes que sirven de fondo a los títulos de crédito, unas nubes negras, metáfora de lo difícil y esforzado que siempre es el recuerdo de lo que se quiere y se ha perdido.

Lo que se nos cuenta tiene mucho que ver con la vida de Wajda. Su padre fue uno de los asesinados en Katyn y él, que estuvo unido a Walesa en Solidaridad, ha declarado que nunca pensó que pudieran librarse del poder soviético para ver una Polonia libre. Creo que esta película es algo que Wajda deseaba hacer, una celebración del error en que le hacía incurrir el miedo, y de que se puede hablar del pasado sin deformarlo, con cierta distancia y con respeto. La película retrata el procedimiento con el que los soviéticos se libraron de unos oficiales con los que seguramente nunca supieron qué hacer, con una frialdad y eficiencia que nos permitiría hablar de la banalidad del mal, por emplear el excesivamente manoseado título de Hanna Arendt.

Wajda, que seguramente pudiera tener motivos muy fuertes para hacer un retrato demagógico y destructivo de los soviets, no se deja llevar por esa venganza retrospectiva e ilusoria, y se esfuerza por retratar lo mejor que puede una crueldad específica dentro del marco horrible de una guerra total. El fondo de la narración es su propia vida, la vida de los polacos que dudan entre creer una verdad insoportable o someterse a una dictadura que les iba a robar la mayor parte de sus vidas, lo mejor de ellas.

Wajda ha hecho un homenaje a los millones de personas dignas que mueren sin apenas motivo, pero sin dejar que su corazón se llene de odio, sin permitir que su derecho a la justicia los convierta en un calco de lo que odian. Polonia aceptó su derrota con resignación, con tristeza, pero Wadja nos dice que, por debajo de esa humillación, el deseo de vida y de libertad supo mantenerse entero y hacer posible la esperanza.