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martes, 20 de abril de 2010

El estúpido prestigio de la ambigüedad

Una de las costumbres más idiotas de una buena mayoría de políticos, y hay donde escoger, es la de hablar de una manera indeterminada cuando es obvio que se refieren a una situación particular. Yo no sé exactamente que pretenden, pero sí estoy cierto de que han conseguido que esa estúpida manera de hablar se imite y se contagie.
Por ejemplo: uno del PP está hablando de corrupción, y en lugar de decir que también hay casos en el PSOE, dice algo así como “no somos los únicos afectados, porque también hay casos en otros partidos que se han financiado ilegalmente, lo que no es nuestro caso”, aunque, en general, lo dirán de manera más embarullada y menos comprensible. Lo normal sería que dijesen simplemente: “el PSOE debiera estar callado porque en esto de la corrupción son imbatibles”, pero eso debe parecerles poco general, escasamente ilustre.
Amando de Miguel inventó el término politiqués para referirse al extraño lenguaje de la tribu partidaria. La cosa no ha cesado de empeorar dese entonces. Para que vean que no exagero, les cuento lo que he leído hoy en un blog de El Confidencial: un forero hablaba de que “se están quemando sedes de partidos” cuando se refería, obviamente, a que se había tirado un coctel Molotov contra una sede del PP, concretamente en Galicia. Me viene a la cabeza la broma del gran Miguel Gila : "Aquí alguien ha matado a alguien y a mi no me gusta señalar". En este país tan raro, la imprecisión, la ambigüedad, el barroquismo chapucero, la generalización sin ton ni son, y el hablar de oídas, siguen teniendo premio: así nos va. Lo único que hay detrás de todo esto, además de estupidez, es miedo.

jueves, 25 de febrero de 2010

Muerte en La Habana

[Orlando Zapata, foto tomada de Libertad digital]

Orlando Zapata, un trabajador y un hombre valiente, ha muerto en la cárcel de la cárcel que es la isla de Cuba en manos de Fidel y sus secuaces. Es terrible que quienes se levantaron en armas para defender cosas en las que se podía creer, aunque fuesen falsas, hayan acabando siendo carceleros, verdugos, traidores, asesinos.

Pero quizás es más terrible todavía que en esta España, que tanto debiera saber de lo indigno que es vivir sin libertad, haya quienes diciendo ser demócratas entren en la obscena ceremonia del disimulo, que miren para otro lado, que hablen, como hizo la vicepresidenta primera de este gobierno complaciente con los tiranos cubanos, de un “lamentable desenlace”.

Es posible que no se pueda pedir a todo el mundo la dignidad, el coraje y la determinación heroica de Orlando, pero sí se debería exigir a todos los que se dicen demócratas que alzasen el grito contra un régimen inicuo y miserable que trata a los cubanos como si fuesen esclavos, que los deshonra y los aflige con la miseria y la mezquindad de una vida sin horizontes, sin esperanza.

Me avergüenzo de padecer un gobierno tan hipócrita, incapaz de reaccionar con dignidad ante una acción deleznable, por miedo. Por miedo a un dictador de opereta, y por miedo a unos votantes ciegos y fanáticos que, aún siendo muy pocos, a Dios gracias, les pueden hacer falta para continuar en sus poltronas.

Yo sé que mi homenaje no vale nada, pero tengo que admirar la valentía de quienes resisten a un sistema minuciosamente perverso, y tengo que gritar contra la afectada indiferencia de los hipócritas que condenan en abstracto pero que hacen negocio con el dolor, la miseria y la dignidad de los cubanos.


jueves, 4 de febrero de 2010

El veneno del populismo

En uno de los discursos de su Teatro crítico universal, titulado Voz del pueblo, argumenta Feijóo contra el error, y la malicia, de tomar la opinión de los más como regla de verdad. Se trata de un argumento que sirve tanto en el aspecto teórico como en el moral. A este respecto no se anda Feijóo con chiquitas respecto a sus compatriotas y escribe con rotundidad: “Toda provincia es Iberia para producir venenos”.

He recordado este pasaje a propósito del escándalo que se está organizando en España con las propuestas, si es que lo fueren, del Gobierno para retrasar la edad de jubilación y medidas similares. El macizo de la raza y la cultura barroca de una inmensa mayoría de españoles reacciona con indignación, cuando lo oportuno sería el cálculo. La mayoría se resiste a reconocer el costo de los errores cometidos en su nombre, pero va a dar igual, porque la verdad es la verdad, la diga Agamenon o su porquero, aunque ya sabemos que éste, tantas veces vapuleado, es un poco suspicaz y aparenta ser incrédulo.

La democracia inmadura con la que nos decimos libres, está sometida a censuras absolutamente inadecuadas, a pruebas de limpieza de sangre, a legitimismos de lo más variopinto. Por eso el Gobierno no se atreve a ser consecuente con los desastres que no ha sabido evitar, y la oposición tiene miedo a decir que, cuando rectifica, el gobierno se acerca a lo correcto. El PP tiene pavor a que se le identifique con políticas antisociales, si es que eso significa algo.

Pero sin liderazgo, sin valor, sin poner el destino común por encima de las conveniencias, sin olvidar que pueda ser peor ganar con trampas que perder con argumentos y con convicciones, no se acabará con el predominio de la demagogia populista, un terreno en el que el PSOE siempre irá por delante, aunque sea hacia el abismo.

Mientras el PP no consiga evitar la sensación de que tienen a su victoria personal (Mariano&Cospedal) como el bien supremo, y que, por tanto, sacrificarán a ella lo que pudiere hacer falta, no saldremos de esta, salvo milagro.

jueves, 17 de septiembre de 2009

La paradoja del (político) mentiroso

Una de las más celebres paradojas lógicas lleva precisamente el título de esta columna. Se pueden dar muchas versiones de ella, pero tal vez la más breve sea la siguiente: ¿debe creerse a quién diga que está mintiendo? Si miente, dice la verdad, puesto que miente, y, si no miente, está mintiendo, puesto que no dice la verdad. Los lógicos se las han arreglado para librarnos de la paradoja con algunas técnicas no demasiado complejas que dan lugar a problemas llenos de intriga e interés; en teoría, se sabe, por ejemplo, cómo reconocer la verdad cuando se habla con dos personas, una de las cuales miente siempre y otra siempre dice la verdad, sin que sepamos quién es quién, con solo hacer una única pregunta a cualquiera de ellos. Lo lastimoso del caso es que ninguna de estas reglas nos sirve de gran cosa cuando nos encontramos con que los mentirosos son legión, y con que el hábito de la mentira no tiene ninguna sanción social.

Los españoles nos hemos acostumbrado con enorme facilidad a la mentira; no creo que se trate, con todo, de un fenómeno reciente, aunque sí me parece que ha llegado a ofrecer características extraordinariamente graves. Los españoles aceptan la mentira porque no son suficientemente valientes para exigir la verdad, para rebelarse contra el que impone la patraña. No es el afán de ser engañado, sino el miedo a no sobrevivir si se lucha porque la verdad se abra paso, lo que explica la favorable acogida de la mentira y de los mentirosos en la política española.

Aunque tuvo que ser un excéntrico inglés el que formulase la idea de que, para estar seguro del significado de algo, “lo importante es saber quién manda”, esa regla de comportamiento viene siendo cosa corriente entre nosotros de manera secular. Antes de que Lewis Carroll imaginase tal respuesta de Humpty Dumpty a la ingenua Alicia, los profesores de la Universidad de Cervera ya se habían postrado ante Fernando VII diciéndole aquello de “lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir”, que ha traído el “trastorno de imperios y religión”. Los sabios catalanes de Cervera expresaban de modo magistral la paradójica afición a la mentira, a la hipocresía y al disimulo, que ha hecho fortuna en la sociedad española. Se trata, por encima de todo, de mantener el orden, de que no haya ningún listo al que se le ocurra decir algo que pueda poner en riesgo el régimen imperante.

Sé que el lector podrá poner otros miles de ejemplos de su propia cosecha, pero déjeme que le recuerde dos de los más recientes y notables ejemplos de mentira coronados por el éxito social y político. El ministro Rubalcaba, un auténtico maestro en el ejercicio de la hipocresía, pasa por ser uno de os políticos más inteligentes de España porque, casi sin querer, identificamos la inteligencia con el poder, como si los necios no pudiesen ser poderosos, y el poder con la capacidad de decir la última palabra, que, al parecer, es de lo que se trata: su reconvención al Tribunal Constitucional para que no se oponga a un parlamento es digna del mejor Goebbels. El presidente Zapatero, por su parte, no ha tenido jamás el más mínimo rubor para afirmar, sin apenas descanso, cualquier cosa y su contraria, convencido como está de que la realidad no existe más allá del horizonte de su conveniencia.

Alguno podrá pensar que la mentira y la sumisión tengan poco que ver, pero no es fácil explicar la mansedumbre con la que los españoles aceptamos que se nos engañe. Entre nosotros la expresión político sincero, alguien capaz de reconocer sus errores y sus limitaciones, puede ser un ejemplo clarísimo de oxímoron. Nuestros políticos nos mienten porque nos desprecian, y la prueba de que aciertan es que les seguimos dando lo único que necesitan de nosotros, nuestro voto esclavo de unas convicciones en las que nadie que no sea un completo memo puede creer a pie juntillas.

No debiera de extrañarnos la situación porque somos herederos un larguísimo período de autoritarismo. Tras el breve paréntesis de libertad que supuso la transición, nuestros presidentes han mostrado una peligrosísima tendencia a la autocracia apoyada por el disimulo general y por la venia con la que se despachan las mentirosas proclamas de democracia. Debiéramos ser conscientes de que solo con un mínimo de libertad de opinión y de respeto a las reglas del diálogo civilizado puede tener futuro un ideal político que, al menos entre nosotros, está en grave riesgo por todos los flancos. La mentira política nunca circula sola; se acompaña de la mentira financiera, de la mentira judicial, de la mentira periodística: un paisaje surrealista que es el que ahora se divisa. Es una desgracia que la mayoría de los españoles piensen que la democracia consista en que ganen los suyos y que, si es para ese fin, se dé por válido cualquier disparate. Las ovejas son mansas porque siempre se creen aquello de que viene el lobo; por eso el pastor se las arregla con un cayado y un perro viejo.

[Publicado en El Confidencial]