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martes, 27 de abril de 2010

Palizas antifascistas

Esto de ser antifascista está empezando a ser un chollo, porque puede emplearse, incluso, como justificación para pegar palizas. Yo creía que los fascistas eran aficionados a pegar palizas, pero veo que ahora se empieza a llevar que quienes se tienen por antifascistas imiten a sus dilectos enemigos. Magnífico argumento para mostrar cómo se construye al otro: tú vas por la calle, o en el metro, y ves a un tipo con cara de fascistilla, y la emprendes a golpes porque eres pacifista y antifascista. Ver para creer.

martes, 20 de octubre de 2009

La lección de Katyn

Andrzej Wajda es un extraordinario director de cine, extraordinario, incluso, para ser polaco; lo digo porque no creo haber visto una mala película polaca, y recuerdo muchas de Kieslowsky, Kawalerowitz, Skolimowsky o Agnieszka Holland como verdaderas obras maestras. De Wajda hay que recordar, al menos, tres películas extraordinarias, El hombre de mármol (1977), El hombre de hierro (1981), Pan Tadeusz (1998) que, siempre un poco a trasmano, se han podido ver en España.

En 2007, a sus 81 años, filmó Katyn, que ahora se estrena entre nosotros, una reflexión sobre la matanza de millares de oficiales polacos a manos del ejército soviético. La película es una maravilla de equilibrio en todos los sentidos del término, una auténtica obra de arte desde las mismas imágenes que sirven de fondo a los títulos de crédito, unas nubes negras, metáfora de lo difícil y esforzado que siempre es el recuerdo de lo que se quiere y se ha perdido.

Lo que se nos cuenta tiene mucho que ver con la vida de Wajda. Su padre fue uno de los asesinados en Katyn y él, que estuvo unido a Walesa en Solidaridad, ha declarado que nunca pensó que pudieran librarse del poder soviético para ver una Polonia libre. Creo que esta película es algo que Wajda deseaba hacer, una celebración del error en que le hacía incurrir el miedo, y de que se puede hablar del pasado sin deformarlo, con cierta distancia y con respeto. La película retrata el procedimiento con el que los soviéticos se libraron de unos oficiales con los que seguramente nunca supieron qué hacer, con una frialdad y eficiencia que nos permitiría hablar de la banalidad del mal, por emplear el excesivamente manoseado título de Hanna Arendt.

Wajda, que seguramente pudiera tener motivos muy fuertes para hacer un retrato demagógico y destructivo de los soviets, no se deja llevar por esa venganza retrospectiva e ilusoria, y se esfuerza por retratar lo mejor que puede una crueldad específica dentro del marco horrible de una guerra total. El fondo de la narración es su propia vida, la vida de los polacos que dudan entre creer una verdad insoportable o someterse a una dictadura que les iba a robar la mayor parte de sus vidas, lo mejor de ellas.

Wajda ha hecho un homenaje a los millones de personas dignas que mueren sin apenas motivo, pero sin dejar que su corazón se llene de odio, sin permitir que su derecho a la justicia los convierta en un calco de lo que odian. Polonia aceptó su derrota con resignación, con tristeza, pero Wadja nos dice que, por debajo de esa humillación, el deseo de vida y de libertad supo mantenerse entero y hacer posible la esperanza.

sábado, 28 de marzo de 2009

¿Puede haber moralistas o sólo hay hipócritas?

Leo, una vez más, un inteligente comentario de Alejandro Gándara ("En esas estamos") en su blog. Le he hecho una pequeña apostilla, y aquí amplío el asunto.

Hay una enorme dificultad en percibirse a uno mismo bajo las categorías con que calificamos a los demás. Se trata, desde luego, de una vieja advertencia. Luego está el hecho de que una supuesta mentalidad científica nos permite hablar del mundo como si no existiéramos en él. No sé si por eso puede decirse que el viejo topo, cualquier especie de viejo topo que queramos analizar, avanza a ciegas, es decir, que nos pasan cosas que no sabemos cómo comenzaron a pasarnos.

¿Cómo puede escapar a esas limitaciones el lenguaje moral? ¿Tendremos que afirmar que nada hay que decir? El problema es que no es fácil encontrar el fondo o el límite de la moralidad y que, si no creemos, de alguna manera, en una suerte de naturaleza universal, entonces estamos a merced de un mercado que, como todos los mercados, pasa de continuo por momentos de histeria.

Me refiero, claro está, al mercado de los sentimientos. Todos los mercados son secundarios respecto a los valores en trueque y con los sentimientos pasa exactamente eso: que cada cual puede creer que sabe muy bien lo que siente, pero está al albur de unas modas que pueden ser, y de hecho son, bastante tornadizas.

Creo que no es ocioso recordar a Aristóteles y recordar que nada puede sustituir al juicio de prudencia, que no hay una moral que pueda imponerse con la evidencia de la ciencia, tómese como metáfora. También es vieja la advertencia de que no poseeremos una ciencia del bien y del mal. Lo malo es que vivimos en una época en que actuamos como si el único poder espiritual legítimo, por decirlo de alguna manera, fuese el que esgrimen las muchedumbres, poco dadas al matiz y menos a la prudencia. Las muchedumbres son moralistas sin saberlo y son, por ello, totalitarias. Por eso me asombra el que se quiera defender verdades que solo se perciben en la habitación de Pascal a golpe de manifestaciones.